EL RETORNO DE MI
AMIGO EL GENIO
Raúl es su nombre. Y aunque ya lo
he mencionado alguna vez lo repito ahora, como preámbulo para presentar su más
reciente genialidad.
“Hola Sandoval, ¿sabes que he
inventado dos ciencias?”
Esas fueron las primeras palabras
que le escuché por teléfono una lejana noche de los años noventa. No nos
habíamos comunicado por 10 o 15 años y no se le ocurrió mejor idea que reanudar
así nuestra conversación.
Nos conocimos cursando el último
año de secundaria en la Gran Unidad Escolar Bartolomé Herrera, y nuestra mutua
afición por las matemáticas fue el factor que selló nuestra amistad hasta ahora.
Y hasta siempre.
Estudió ingeniería mecánica y
eléctrica en la UNI, como yo, pero por alguna razón que ya no recuerdo, él se
retrasó un año, aunque siempre nos frecuentábamos. Terminamos la carrera y cada
uno siguió su camino y nos perdimos de vista salvo esporádicas veces; hasta que
recibí esa llamada inusual.
Conversamos por media hora para
ponernos al día sobre nuestras vidas. Él había viajado a Holanda a estudiar
ingeniería naval. Había aprendido el idioma en tres meses (le creo), había
construido barcos, había ganado mucho dinero y todo lo invirtió en un proyecto
de grúas pórtico en la época dorada de la pesca, cuando Perú se convirtió en el
primer país del mundo en pesca de anchoveta y otras especies. Hasta el colapso
de la industria en los años setenta.
Lo perdió todo, pero él ya estaba
embarcado en otros proyectos originales: galletas a base de polvo de pescado
libre de histaminas, para alimentar a los niños de Biafra y el hambre en otras
partes del mundo; el diseño y construcción de una máquina agrícola apropiada
para los minifundios del Perú, ¡una máquina que no iba a rodar sino a caminar!;
la fabricación artesanal de licores (me obsequió una botella de cerveza para mi
santo); la utilización del camote chancho que se arrojaba en las chacras de la
costa, para convertirlas en alimento
para humanos; y en varias cosas más.
Nuestros encuentros vía
telefónica o presenciales siempre fueron así de informales. A veces semanales o
mensuales y otras veces anuales, como ahora. Y en alguna de esas ocasiones me
alcanzó copia de sus elucubraciones que aún conservo y que terminaron de convencerme
de que no me estaba “hablando piedras”. Tenía, y tiene, una vasta cultura en
ciencias, tecnología, matemáticas, filosofía, antropología e historia, que han
sido el soporte de todos sus proyectos e inventos.
Pero, hay algo que lo traiciona
cuando uno lo ve y lo escucha. Es negro, y su aspecto y comportamiento no
auguran algo extraordinario sino, más bien, despiertan los prejuicios que
tenemos arraigados contra personas extravagantes como él. A él no le importa,
pero conspira en su contra. Sólo cuando uno se gana su confianza y demuestra genuino
interés por los temas que aborda, su conversación resulta fluida y amena y hace
olvidar el transcurso del tiempo. No es un soñador ni un idealista sino alguien
sumamente práctico. Es un ingeniero.
Y si alguien me preguntase cuáles
son las dos ciencias que había inventado mi amigo yo respondería: Filosofía de Máquinas
y Antroponomía. Así las bautizó él y así han quedado para su propio recuerdo y
el mío. Y no sé si alguna de estas dos ciencias le habrá servido para
conquistar a las muchas chicas que conoció en sus buenos tiempos. Porque al fin
y al cabo los genios también son seres humanos, aunque tengan sus
excentricidades.
Le he pedido permiso para
difundir su último invento. Es un video casero de una máquina deshuesadora de
anchoveta o pejerrey (Ver el video en archivo aparte). Me dice que le ha tomado
6 años en desarrollarla. Ustedes dirán si ha valido la pena y yo le he
preguntado ¿Cuál es el siguiente paso? Creo que ni él mismo lo sabe; y yo he
llegado a la conclusión de que lo que lo motiva es el puro placer de someter a
prueba su talento.
Pero también me pregunto si mi
amigo no es uno de los tantos genios desperdiciados que tiene nuestro Perú.
Petronio 22 de abril de 2021
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