BOMBA, EL DEL ESTADIO
¡Cuantos
recuerdos! ¡Y cuantas coincidencias! Escojo una al azar.
Un día
de esos, diez años antes de la tragedia del Estadio Nacional, los chicos de la
cuadra 18 del Jirón Huaraz, en Breña, jugábamos en la calle con una pelota nueva
de jebe que alguien había conseguido por ahí.
A media cuadra quedaba el Jirón Pedro Ruiz que marcaba (y aún marca) el
límite con el distrito de Pueblo Libre. Pedro Ruiz no sólo era el límite de dos
distritos sino también marcaba el límite de la civilización pues más allá se
extendían grandes corralones y muchas chacras de japoneses. Pero también era la ruta que los fines de
semana tomábamos los muchachos del barrio para ir de aventura por tapias y
caminos de herradura hacia las huacas, que en gran número se elevaban por ese
entonces por Azcona, Maranga y Pando, de las cuales la más cercana para
nosotros era Mateo Salado. Pues bien, en
Pedro Ruiz, a la vuelta de la esquina vivía un negrito algo mayor que nosotros
a quien ya por ese entonces era mejor conocido como el Negro Bomba. Como era usual en él, se coló en nuestro
partido sin pedir permiso ni importarle nuestras protestas. Finalmente, cuando
la cosa se estaba poniendo fea y nuestras protestas se hicieron más fuertes, el
Negro Bomba detuvo el juego, meditó y cual moderno Salomón, dijo: “Muy bien, ni
pa’ uno ni pa’ otro.” Y de un tremendo puntapié
mandó la pelota por los techos, y se fue con su conciencia tranquila (supongo).
Dos o
tres años más tarde, habiendo ya formado una pequeña pandilla tuvo la fortuna
de sacarse un premio menor de la lotería.
¿Y qué creen que hizo con parte de su dinero? A los pocos días las calles del barrio se
vieron alegradas por un colorido grupo de muchachos, correctamente uniformados
con ropas tropicales, interpretando sones y guarachas y pregonando la venta de
tamales que arrastraban en una gran canasta.
En su favor podemos decir que esa, al menos, era una actividad lícita y
no las que tiempo después lo fueron desviando hacia el mundo del delito.
Y
finalizo. Con respecto a la tragedia del
Estadio, un dilecto amigo mío cuyo padre era comisario de Breña por ese
entonces, atendiendo a los requerimientos de su lavandera para que le
consiguiera empleo decente a un hijo descarriado, le consiguió un trabajo de
guardián o vigilante en el Estadio. Ese
hijo era Bomba y el día de la tragedia, un 24 de mayo de 1964, no estuvo allí como simple aficionado;
se podría decir que él vivía allí.
Nosotros lo conocimos con el nombre de Víctor y a raíz de la tragedia
los periodistas dijeron que se llamaba Melesio.
Su apellido creo que era López; pero eso poco importa, pues el nombre con
el que ha pasado a la historia como el iniciador de la mayor tragedia deportiva
en nuestro medio es: Bomba, el del Estadio.
(Dicho sea de paso y según algunos entendidos, los muertos no habrían
sido 300, como oficialmente ha quedado registrado, sino alrededor de 500, si se
consideran los desaparecidos).[1]
Los 24
de Mayo de cada año, los periodistas suelen recordar este infausto
acontecimiento “deportivo”, acumulando datos y versiones desde diferentes
ángulos y perspectivas, que al final sólo consiguen convertir un hecho de la
vida real en una de las tantas leyendas urbanas que circulan por esta Lima que
tantos recuerdos nos trae y de cuya historia ya vamos formando parte.
Petronio 19 de
octubre de 2006
[1] Como se sabe, la tragedia se inició por un gol anulado
al equipo peruano ante la escuadra argentina.
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