A LA CUARTA VA LA VENCIDA
El 20 de septiembre de este año 2019 se venció mi
licencia de conducir la que no pienso renovar, tanto por decisión propia para
reducir el estrés causado por el tráfico endemoniado de Lima como para darle tranquilidad
a mis hijos quienes, al enterarse de mi decisión, dieron un suspiro de alivio
que me sorprendió en un principio pero que entendí después.
Por esa razón, el viernes pasado tomé un taxi para
acudir al taller de Escribidores en Aljovín, a una cuadra de Larcomar. Tomé uno
que por siete soles se ofreció a llevarme desde la cuadra 39 de la Avenida Arequipa
a mi destino. El chofer era un hombre joven quien, comparado con mi edad, era
casi un muchacho; aunque después me enteré de que tenía 34 años. Trabamos
conversación y cuando se enteró de que yo escribía historias, voluntariamente se
ofreció a contarme la suya.
Adelante -le dije, y él
empezó a hablar con un lenguaje simple, llano y fluido. Debido al corto trecho
del viaje su relato fue relativamente breve y bastante resumido.
No pudo seguir una carrera universitaria y lograr una
profesión; pero en cambio desarrolló una habilidad innata con los números lo
que, unido a su firmeza de carácter y una honestidad a toda prueba, le valió
mucho para ganarse la voluntad de sus jefes y compañeros de trabajo. Allí
conoció a una chica con la que al cabo de un tiempo contrajo matrimonio; y allí
también tuvo su primera gran decepción: su mujer lo traicionó, se fue con otro
y con el hijo de ambos.
Pero nuestro amigo no se amilanó y siguió adelante
hasta que luego de un tiempo volvió a enamorarse sinceramente y emprendió su
segunda aventura matrimonial. Segundo fracaso, calco y copia del primero. Otro
hijo, otra traición y otro abandono.
Acusó el golpe, pero no se derrumbó y volvió a
recomponer su vida con el mismo entusiasmo de siempre. No intentó, al menos
hasta la fecha, otra incursión seria en las lides del amor; pero en cambio en
sí en el mundo de los negocios. Buscó a un viejo amigo de la infancia como
socio y ambos fundaron una empresa que al poco tiempo fracasó llevándolo a la
quiebra, y el amigo y socio quedándose con lo que quedaba de capital y de
material. No fue ahora una mujer quien lo traicionó sino su mejor (sic) amigo.
Cero y van tres.
Al igual que en veces anteriores superó este tercer
fracaso y continuó trabajando, esta vez como taxista. ¿Lo traicionaría ahora
algún pasajero? Difícil.
Ya próximos a llegar a mi destino, nuestro amigo chofer
me hizo una confidencia. Lo que más le dolía de este tercer fracaso no era la
pérdida del negocio, sino que su madre no
creyera en su versión de los hechos. ¡La madre creía más en la versión del amigo
que en la de su propio hijo! Cómo para llorar. Pero, aunque nuestro amigo no ha
llorado, tiene clavada como una lacerante espina en el corazón la errada
opinión de su madre.
Como podrá apreciarse, nuestro amigo tiene una
voluntad a prueba de balas para superar los golpes que le da la vida; pero una
supina incapacidad para leer o intuir mínimamente el alma de la gente. Demasiada bondad, demasiada ingenuidad para
vivir en este mundo falso y ruin.
Pero nuestro amigo no está vencido ni amargado. Sigue
optimista y tiene sueños y proyectos para el futuro. Antes de bajarme del carro
tengo tiempo para darle un par de consejos: tiene que aprender a ser menos
confiado y saber elegir a sus compañeros de ruta; y también tiene que aprender
a usar todo lo que los teléfonos inteligentes guardan en su interior. Al
parecer, no está muy familiarizado con estos dispositivos y con todo lo que las
aplicaciones pueden hacer en beneficio de sus usuarios.
Le pago y me despido con la convicción de que no será
a la tercera sino a la cuarta o la quinta la vencida; pero que, de una u otra
forma, él está destinado a ser un ganador y no un perdedor. Carácter y empeño
no le faltan, sólo requiere un poco más de discernimiento para tratar con las
personas y también un poquito más de buena suerte.
Y ya a punto de reemprender la marcha me dice que
espera ver escrita su historia en el libro que estoy escribiendo y yo le
contesto que sí estará. Estoy cumpliendo con mi promesa, amigo taxista, y
deseando vivamente que a la cuarta sea la vencida. Te lo mereces.
Petronio 6
de octubre de 2019
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