EPISTEMOLOGIA
[1]
Curiosa
palabra esta, por decir lo menos.
La primera
vez que me tropecé con ella fue un día ya lejano a principios de los años sesenta
en la Biblioteca Nacional. Aficionado a resolver crucigramas me hice adicto al Geniograma,
novedad que el diario El Comercio había lanzado hacía poco. Para resolverlo
había que recurrir no solo a la memoria sino también al ingenio y a los libros
que uno podía tener en casa. Pero, para las palabras o frases más difíciles no
había más remedio que acudir a las bibliotecas. Las dos más visitadas por mí
eran la del Senado en la Plaza de la Inquisición y la Biblioteca Nacional en la
Avenida Abancay. La Internet y los teléfonos inteligentes estaban todavía inaccesibles
en el futuro.
Con mi
hoja de Geniograma Gigante a medio llenar, me dirigía al enorme edificio de la
Biblioteca Nacional, subía al segundo piso e ingresaba a un gran salón en el
que en doble hilera estaban dispuestas unas grandes mesas alargadas en donde los
lectores leían en silencio los libros solicitados a la encargada. Los que yo
sacaba eran los volúmenes de la Enciclopedia Espasa Calpe. Pedía uno, buscaba
lo que me interesaba, lo devolvía y solicitaba otro. Y así, hasta completar la
tarea.
Uno de
esos días, mientras yo repetía mi rutina, noté que frente a mí un caballero de
edad avanzada, rostro enjuto y cabello cano se enfrascaba en la lectura de un
único libro. De vez en cuando y de reojo yo miraba su libro abierto de par en
par y lograba distinguir algo de su contenido que despertaba mi curiosidad. Y,
en una de esas idas y venidas, al encontrar temporalmente vacío su lugar, no
pude resistir la tentación; me acerqué y pude leer fugazmente el título: EPISTEMOLOGÍA. ¿Qué era eso? Me
pregunté. ¿De qué trataba? y ¿Quién era ese hombre interesado en leer un libro
tan raro?
La
inquietud me persiguió durante varios días hasta que decidí salirle al frente. Volví
a la Biblioteca, solicité dicho libro y empecé a hojearlo. No puedo decir que
lo leí y menos que lo entendí. Hablaba de cosas que no me habían enseñado en la
escuela o la universidad y de personajes ilustres cuyos nombres me eran
desconocidos. Pero, lo que sí puedo afirmar es que, lejos de saciar mi
curiosidad o de atenuar mi inquietud, estas se acentuaron y me han estado persiguiendo
por el resto de mi vida, hasta la fecha.
En la
reciente Feria del Libro de Lima, al pasear por los stands repletos de tantos libros
interesantes, uno de ellos llamó mi atención porque tenía un título familiar: Epistemología. Lo compré, lo estoy
leyendo y creo estarlo entendiendo un poco más que en ese entonces. No tiene
respuestas definitivas a las preguntas que los hombres se han venido haciendo a
lo largo de la historia; para las cuales hay mil explicaciones, pero ninguna
completamente satisfactoria: ¿Qué es la Ciencia? ¿Qué es el conocimiento? ¿Cómo
se adquiere? ¿Qué sabemos de la realidad? ¿Qué es la verdad?
No he
vuelto a visitar la Biblioteca Nacional desde ese entonces. No sé si todavía
existirá esa gran sala con sus mesas rectangulares dispuestas en doble hilera.
Pero quiero imaginarme a mí mismo sentado en una de sus sillas, ensimismado en
la lectura de este libro y frente a mí a un joven haciéndose las mismas
preguntas que yo me hacía hace más de medio siglo frente a un anciano.
Petronio 17 de agosto de 2017
No hay comentarios:
Publicar un comentario