EL ÚLTIMO MIAU
El pasado 22
de junio, a una edad muy avanzada, falleció Tama-chan, Jefa de Estación del
Ferrocarril de Kishi en Japón. A su funeral acudieron miles de personas y el
presidente de la compañía matriz declaró que sería honrada como una diosa y
enterrada en un santuario Shinto.
Allá por el
2006 la estación de Kishi era una de las 12 paradas obligadas de un tren rural
entre las ciudades de Wakayama y Kishigawa, pero perdía 500 millones de yenes anuales.
Todo apuntaba a que debía ser cerrada; pero sus clientes, los pasajeros, se
opusieron y dijeron no. De manera que fue vendida a la Wakayama Electric
Railway (WER), que despidió al último empleado en Kishi y designó al bodeguero
de la estación como guardián informal de la misma. Al año siguiente, Tama-chan
fue nombrada Jefa de Estación.
Trabajó todos
los días de su vida de 9:00 a.m. a 5:00 p.m., excepto los domingos. Por su figura
excepcional y sus buenos modales fue ganándose la simpatía de los pasajeros del
tren y como consecuencia el tráfico del ramal de Kishi incrementó en un 10% el
primer año y a partir de allí siguió haciéndolo todos los años. Los turistas
acudían de todos los confines de Japón para conocer a tan extraordinaria
personalidad. El presidente de la línea ferroviaria estimaba que gracias a ella
la economía local había crecido en más de mil millones de yenes.
En el 2009 un
tren, el Tama-densha, denominada en
su honor, empezó a recorrer la vía con su imagen en todos los asientos. Al año
siguiente la estación fue reconstruida con la forma de su cabeza y una
cafetería abrió con su retrato perennizado en cada cupcake que vendía. Una tienda de regalos ofrecía bolsas Tama,
libretas, llaveros, figurines y todo tipo de suvenires con su imagen.
En
reconocimiento por su contribución a los ingresos de la compañía, Tama-chan fue
promovida a súper-jefe de estación, luego a jefe honorario de división, oficial
operativo de la WER y, finalmente, a vicepresidente de la compañía matriz.
Ostentando ese alto cargo, el pasado 22 de junio, Tama –chan cerró sus ojos
verdes y lanzó su último suspiro o, para decirlo con mayor propiedad, su último
miau. Tenía la avanzada edad de 16 años.
Cuando
Tama-chan nació en un rincón de la sala de espera de la estación de Kishi, su
futuro no auguraba nada brillante. Sin embargo, apenas abiertos sus ojos, rodó lánguidamente
sobre su espalda, torció su cuello para lamerse el lomo y contempló la hermosa
combinación de parches alternados negros y marrones que le indicaban que no era
una gata cualquiera sino alguien perteneciente a una raza muy especial
apreciada y venerada desde antaño en todo Japón por sus dones para alejar los
malos espíritus, proteger a los necesitados y atraer la buena fortuna.
Ahora, en la
otra vida, Tama-chan, la Divina, debe estar gozando de las delicias del paraíso
gatuno cazando ratones; pero en ésta, su sucesora Nitama (la Segunda Tama) ha
asumido sus funciones y responsabilidades, no sólo con los pasajeros del Tama-densha sino además con los del Tren de
Juguete y el Tren Fresa; porque, al fin y al cabo, la vida continua y los
negocios también.
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