EN EL PARAISO
Una alegre y
buena amiga mía cayó víctima del coronavirus y fue a dar al cielo, porque había
sido una buena persona durante su vida en la tierra.
Apenas llegada,
fue conducida por un grupo de ángeles ante la presencia del Dios Padre quien la
recibió con una amable sonrisa de bienvenida.
-
Bienvenida al Paraíso, hija mía -se le escuchó
decir con una voz sublime que llenaba todos los rincones del inmenso recinto.
-
Se lo agradezco, Señor. Es una dicha inmensa estar
aquí y en su presencia -atinó a decir mi amiga.
-
Tú te lo has ganado, hija mía. El mérito es
todo tuyo. Y esta es tu recompensa.
-
Gracias, Señor.
-
Pero, dime ¿Qué es lo que hacías en tu vida
terrenal? ¿A qué te dedicabas?
-
Yo, Señor. Yo bailaba. Toda mi vida he bailado.
-
¡Qué interesante! Entonces, debes bailar muy
bien.
-
Bueno, Señor. Es que siempre he sido una persona
alegre y creo haberle dado alegría a la gente. A toda la que he podido.
-
Estoy seguro de que así ha sido, hija mía. Y es
por eso por lo que estás aquí. Pero, dime ¿podrías darnos una muestra de tus habilidades
de bailarina?
-
Claro que sí, Señor. Sería un honor incomparable
poder hacerlo, pero… -respondió emocionada mi amiga, dudando un poco antes de proseguir.
-
Yo siempre bailo acompañada y… ¿Podría sacarme a
bailar?
Desconcertado por ese pedido que
no esperaba, el Padre Eterno guardó silencio por unos segundos y le respondió
así:
-
Tú sabes, hija mía, que yo soy Eterno y tú
necesitas a alguien más joven que yo para bailar -y levantando un poco la
voz llamó:
-
¡Jesús! -y al instante éste apareció, se
acercó a mi amiga, la tomó delicadamente del talle y de la mano, y para deleite
del Dios Padre y de los ángeles allí presentes, empezaron a bailar al compás de
una melodía celestial.
Así empezó mi amiga, su primer
día en el Paraíso.
Petronio 11 de abril de 2020
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