jueves, 5 de agosto de 2021

 

UNA TRADICION DE TRADICIONES

Breve reseña. Este relato está compuesto tomando como base los títulos de algunas Tradiciones de don Ricardo Palma  que se muestran a color, y tratando de copiar el estilo del ilustre tradicionista. La historia es por supuesto, ficticia. 

             El tío Monolito era Un señor de muchos pergaminos; pero también Un incorregible seductor que siempre estaba detrás de La fruta del cercado ajeno. Y esta vez le había echado el ojo a una linda hija de estas tierras que solía decir con legítimo orgullo: Pues bonita soy yo, la Castellanos. Y en verdad no le faltaba razón; esa mujer era Hermosa entre las hermosas.

           La Castellanos no era una Mosquita muerta ni una Agua mansa, sino todo lo contrario. Era  Una moza de rompe y raja que, con su Altivez de limeña, siempre estaba en la boca de todos, ya sea por su forma de vestir, por los lugares a donde iba o las personas que frecuentaba; como su mejor amiga Juana la Marimacho o el excéntrico Santiago “Volador”. Este último, estaba empecinado en querer volar con unas alas que estaba construyendo para lanzarse desde el Cerro San Cristóbal y confundirse con las golondrinas o los gallinazos que poblaban el cielo limeño.  Según la opinión de los vecinos de esta tres veces coronada villa Santiago era un loco de atar, se burlaban de él y no le hacían caso convencidos de que su pretensión no era otra cosa que Una chanza de inocentes.

        Pero lo cierto es que , loco o no, Santiago tenía otra pretensión mucho más seria: su amiga, la Castellanos. Cuando ella se enteró, se vio entre la espada y la pared, teniendo que decidir entre El tío Monolito y el “loco” de Santiago. ¿A quién creen que prefirió la Castellanos? No es necesario recurrir a El virrey de la Adivinanza para saberlo. Por supuesto que no fue a Santiago, y tal fue su furia por el desplante sufrido que en un arranque de celos le puso la mano encima, ignorando aquello que por desgracia se olvida: No se pega a la mujer.

Lo que ocurrió entonces fue algo inaudito. Santiago “Volador”, presa de los Delirios de un loco  y tomando Al pie de la letra eso de que El hábito no hace al monje, decidió entablar Un proceso contra Dios que, como era de esperar, dio lugar a un Un litigio original en esta apacible ciudad, provocando de paso una descomunal Batalla de frailes. 

Durante el proceso salieron a relucir referencias y argumentos a cuál más disparatados y absurdos como: Los jamones de la Madre de Dios, El ombligo de nuestro padre Adán, Las balas del Niño Dios, La misa negra y otras linduras por el estilo. La ciudad estaba alborotada; pero los limeños estaban sumamente divertidos.

A medida que transcurrían los días la cosa se enredaba más, haciendo la delicia de los limeños que se alineaban a favor de uno u otro de los protagonistas. Unos opinaban que todo eso no era sino Cosas de frailes. Otros decían que todo se había originado por un Capricho de limeña. Y no faltaban aquellos que opinaban que el lío era una Maldición de mujer y la palmaria demostración de una falta de autoridad; por lo que exigían Las orejas del alcalde.

   Y no fue hasta que Lucas el sacrílego, que había sido Un predicador de lujo y a la vez era Sabio como Chavarría, decidió Cortar por lo sano y Rudamente, pulidamente, mañosamente logró que el alcalde timorato emitiera un decreto ordenando:  ¡A la cárcel todo Cristo! 

   Una frase salvadora pues, como se supo después, la cosa se iba poniendo color de hormiga y amenazaba con llegar a mayores estando a punto de estallar un Motín de limeñas. Y de sobra sabemos que una conspiración de mujeres es más peligrosa que La conspiración de la saya y manto.

    Al final, El que pagó el pato fue Johan de la Coba quien, aunque no tuvo arte ni parte en todo este embrollo, ya tenía malos antecedentes y previsoramente  tomó las de Villadiego y huyó del país. De otro modo podría haber terminado como Reo de Inquisición y quizás en las manos de Pancho Sales el verdugo.

    Y ustedes se preguntarán con toda razón ¿qué pasó con La Castellanos y el Tío Monolito? Pues, en verdad no lo sé y contestaré como lo hiciera alguna vez nuestro insigne tradicionista: ¡Averígüelo, Vargas!

 

Petronio                                                                                                    20 de junio de 2019

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