Miscelánea de relatos, ensayos, comentarios, reflexiones y remembranzas escritos para dejar testimonio de mi paso por este mundo.
viernes, 6 de agosto de 2021
LOS JÓVENES
El primero fue Aurelio, el segundo Saturnino,
el tercero Leonardo, el cuarto Emilio y el último Floro. Eran cinco hermanos, como en el tango de
Gardel; y de los cinco, presumo que sólo el último podría estar vivo al momento
de hacer esta evocación. Eran jóvenes entonces, cuando llegaron desde las
lejanas tierras ayacuchanas a la casa de mis padres en Breña a principios de
los cuarenta. Y siguieron siendo eternamente jóvenes en nuestro recuerdo, cuando
uno a uno fue sucumbiendo al paso del tiempo.
De Aurelio muy poco me acuerdo: una figura
fina como artista de cine mudo, nariz aguileña, un sombrero de ala ancha y…prácticamente
nada más.En realidad, nunca se alojó en
el cuarto que mis padres les subarrendaban. Yo tendría por ese entonces siete
años de edad y muy de vez en cuando se asomaba por la casa para visitar a sus
hermanos. Un día de esos dejó de venir y nunca más lo volví a ver.
Al que más traté y de quien más recuerdos
tengo fue Saturnino. De él aprendí, entre otras cosas, a apreciar los tangos;
sobre todo los de Gardel. El tango Silencio era su favorito y lo cantaba con
cierta frecuencia con su voz de barítono. La letra hablaba de la guerra[1],
de Francia, de la madre que perdió a sus cinco hijos y de otras cosas tristes. Gardel
había muerto en un accidente aéreo en Colombia el año en que yo nací,1936; pero
su voz y sus tangos seguían escuchándose por la radio y en las películas que
filmó.[2]
Leonardo era una persona más simple,
jovial y espontánea; cualidades que conservó hasta sus últimos días. Le
gustaban las canciones mejicanas popularizadas por los artistas del momento, Jorge
Negrete, Tito Guízar. Las cantaba a voz en cuello y desafinaba; pero eso a él
le tenía sin cuidado. Muy amiguero; a su sepelio, ocurrido en el 2003, acudió
un mar de gente, entre familiares, vecinos y amigos.
Emilio era bajo de estatura, pero de
complexión robusta. Era uno o dos años mayor que yo y por ser el más joven lo
recuerdo más, sobre todo por un incidente que estuvo a punto de dejarme tuerto.
Yo tendría once años y estaba en el techo de mi casa ocultándome de los otros
chicos que permanecían en tierra. Desde el patio, que estaba cubierto por unas
esteras, Emilio me divisó y se le ocurrió dispararme con una honda pensando que
no me haría daño; pero lo hizo. Aún me queda una leve cicatriz en el pómulo
izquierdo donde impactó la piedra que me lanzó, causando una herida de la que
manó mucha sangre.
Floro llegó al final, cuando en el
año1950 nos mudamos a Chacra Colorada en Breña. Por ese motivo, no nos
frecuentamos mucho, aunque años después nos volvimos a ver cuando él también se
había ido a vivir al naciente distrito de Independencia.
Al igual que mi padre, todos ellos
trabajaron como obreros en la fábrica textil San Jacinto que quedaba en la
Avenida Brasil, a cuatro cuadras de la casa; y cosa curiosa de la que no vine a
percatarme sino en épocas recientes, es que las industrias de ese entonces, acicateadas
por la prosperidad que paradójicamente traen las épocas de guerra, trabajaban
en turnos continuos sin parar. Eran los días de la Segunda Guerra Mundial y los
Estados Unidos habían lanzado su política de Buena Vecindad.[3]
El esfuerzo de guerra, requería de la cooperación decidida de todos los países
de la región y la demanda de alimentos y de pertrechos era enorme.
Los Jóvenes trabajaban de noche y
dormían de día; pero nosotros, los chicos, no sabíamos nada de estas cosas.El mundo natural en que nos movíamos era muy
claro y simple: la noche era para dormir y el día para estudiar en la escuela o
jugar en casa o en la calle.Lo que se
traducía en bulla, gritos y algarabía. De vez en cuando nuestros padres nos
reconvenían por no dejar descansar a los jóvenes.Pero; como se dice, los consejos nos entraban
por un oído y nos salían por el otro.
Aún recuerdo el día en que
jugando en el patio de la casa frente a la habitación que ocupaba Saturnino, éste
abrió las ventanas de madera, asomó su rostro con los ojos entrecerrados
tratando de acostumbrarlos a la luz del día y con una voz lastimera nos
suplicó: “Por favor, chicos, déjenme dormir, por amor de Dios”. Guardamos
silencio por algunos minutos; pero al poco rato la algarabía continuó. Que
lejos estábamos de comprender que la gente mayor tenía que ganarse la vida y
muchos como Saturnino lo hacían trabajando de noche y durmiendo de día.
Parte de los recuerdos de mi
niñez están asociados a estos jóvenes provincianos que vinieron a Lima, como
muchos otros, en busca de un mejor porvenir. Ellos fueron la vanguardia de lo
que poco después sería esa avalancha incontenible de gente provinciana que
invadió los cerros y los desiertos que rodean la capital, cambiando para
siempre la fisonomía y la historia de Lima y del Perú. Por ese entonces, el
antropólogo José Matos Mar aún no había escrito su clásico libro premonitorio Crisis del Estado y Desborde Popular.
Y así como vinieron, también
se fueron yendo. Aurelio fue el primero. Nunca supimos cómo; simplemente se
esfumó. Saturnino le siguió, luego de una larga batalla perdida contra el
cáncer. Luego le tocó el turno a Leonardo y finalmente a Emilio. Sus restos fueron
cremados y sus cenizas las guardaba su familia en una urna que permanecía en una
esquina de su sala (¿).
A Floro le perdí el rastro.
Tal vez un día de estos me cruce con él y no nos reconozcamos. O tal vez sí, y
podamos rememorar los días lejanos y reconstruir parte de nuestra historia.
Mientras tanto, cada vez que los
evoco, invariablemente resuena en mis oídos la voz de Saturnino Antay Pareja cantando:
[1] Probablemente la Gran Guerra de 1914 o quizás la Guerra
Civil Española, premonitoria de la Segunda Guerra Mundial.
[2] En el ambiente artístico se le conoció como El Zorzal
Criollo y en la Argentina, por muchos años y aun ahora, cuando se pasa una
canción de él no falta alguno que repita la frase que se ha hecho inmortal: cada
día Gardel canta mejor.
[3] Producto de esa política fueron dos marchas muy
populares en toda América: el Himno de las Américas (que se cantaba todos los
días en las escuelas) y Guitarra de América, una hermosa composición que aún
recuerdo.
[4] Esta evocación ha sido escrita y reescrita más de una
vez. La primera fue hace unos treinta años; ésta, hace uno.
Nota final.- Este año 2021 me enteré que Floro, el último de los 5 hermanos sucumbió al COVID.
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