UN DIA MIERCOLES
No de miércoles, porque esa
mañana, los integrantes del Taller de Literatura del CAM La Molina, hicimos la
presentación virtual de nuestra segundo número del Boletín Nueva Vida en una
ceremonia virtual que nos dejó a todos sumamente satisfechos por el esfuerzo
realizado y los resultados y elogios que estamos obteniendo.
Para la ocasión, celebración
del Bicentenario de nuestra Independencia, cada uno se puso su mejor ropa.
Generalmente, en esta etapa de pandemia y de cuarentena forzada no me preocupo
por mi apariencia y, en consecuencia, no me afeito, no me peino el poco pelo
que me queda y me quedo la mayor parte del día en pijama. Pero no esta vez.
Esta era una ocasión especial.
De modo que empleé un par de horas en acicalarme y “ponerme tiza” para quedar presentable
porque la ceremonia se iba a hacer vía Zoom. Incluso tuve que pegar bien la
corona de un diente delantero que a cada rato se me cae.
Finalmente tuve que desempolvar
mi mejor terno azul marino, quitarle dos o tres polillas y buscar una camisa blanca
y una corbata roja, con los colores patrios. Debo confesar que ya me había
olvidado de como se hace el nudo de la corbata y pasé un cuarto de hora para
que me quedara presentable. Tanto me demoré que casi no me alcanzó el tiempo
para tomar desayuno pues el evento empezaba a las 11 en punto.
Con algunos contratiempos,
propios del caso, la presentación resultó exitosa y estamos recibiendo
múltiples felicitaciones por el evento y por el contenido del Boletín
extraordinario, que por su contenido y volumen es prácticamente una revista
multimedia.
Al final y con cargo a
reunirnos próximamente para celebrar en algún restaurante, no se pudo concretar
en esta ocasión y cuando ya me disponía a cambiarme de ropa me dije: ¿Tanto
tiempo invertido para vestirme y quedar “decente” y no aprovechar para una
celebración aunque sea personal? Y me persuadí a salir a un restaurante y comer
algo diferente que sopa de sobre, un arroz a la cubana, una hamburguesa, un
atún y duraznos de lata.
Dicho y hecho. Salí a la calle
y encaminé mis pasos a la Av. Santa Cruz, doblé y caminé unas cuantas cuadras
hasta el Ovalo Gutiérrez; pero antes de llegar me detuve en el puesto de
periódicos que, como siempre, despliega las portadas de diarios y revistas.
Hildebrandt en sus Trece, llamó mi atención, y también National Geographic y,
por último, La Razón.
Como desde que empezó la
pandemia no compro diarios en la calle, no estoy al tanto de los precios. Le
pregunté a la señora del kiosco cuánto costaba La Razón y me respondió, 70
centavos. Realmente me sorprendió lo bajo del precio y le comenté a la señora
que el precio estaba bien barato y agregué: “la razón está por los suelos, con
razón estamos así en el Perú”. La señora entendió mi ironía y ambos nos echamos
a reír. Pero sólo unos instantes porque cuando quise sacar dinero para pagarle
no encontré ni mi cartera ni mi monedero. Los había olvidado en casa. Al
haberme cambiado de ropa para la ocasión no había cargado esos dos implementos
tan comunes y necesarios.
Le pedí disculpas y no tuve
más remedio que regresarme con el rabo entre las piernas, aunque aliviado
porque, me puse a pensar, qué habría pasado si llegaba al restaurante, comía
opíparamente y a la hora de cancelar la cuenta no tendría con qué pagar. Y,
aparte de la vergüenza no tendría más remedio que lavar platos, aunque en esto
tengo bastante experiencia desde chiquito y también ahora que vivo sólo en mi
departamento.
Lo que me hizo recordar ese
viejo chiste ocurrido en un bar (salón) del lejano oeste.
Llega un vaquero y
apresuradamente le dice al barman: “Un vaso de whisky antes de que empiece la
pelea”. El barman le sirve, el parroquiano se lo toma de un sorbo y le dice al
barman: “Otro vaso de whisky antes de que empiece la pelea”. Nuevamente le
sirve y otra vez se lo toma de un sorbo y repite: “Otro vaso de whisky antes de
que empiece la pelea”. El barman entre amoscado y curioso le pregunta: “Oiga
amigo ¿De qué pelea me está hablando?” A lo que el vaquero le contesta: “A la
que se va a armar cuando se entere de que no tengo plata para pagarle”.
En mi caso yo tampoco habría
tenido plata y no sé si me habrían creído; pero gracias a Dios no hubo pelea de
por medio.
Camino a casa hubo algo que me
levantó el ánimo. A lo largo del camino junto al Wong y al Banco Continental se
ubican normalmente varios pordioseros y vendedores de caramelos, mascarillas o,
a veces… nada. Pasaba por allí raudamente y una señora sentada en la vereda,
exclamó, no la clásica petición de una limosna sino: “Adiós, guapo”. No
me lo esperaba. Quise darle algo, pero no tenía nada. Prometí regresar. Me
enderecé, saqué pecho y ensayé una sonrisa kolynosista. Realmente me levantó el
ánimo.
Como el camino a casa era
cuesta arriba, estaba con terno y lo hice aprisa, cuando llegué a mi
departamento y subí por la escalera, terminé hecho una sopa, sin ganas de
regresar, y quedarme para disfrutar de mi clásico almuerzo; pero le había hecho
una promesa a la limosnera. Lo primero que hice fue colocar en mi bolsillo la
billetera y el monedero, porque me ha ocurrido más de una vez que regreso por
ellas y me salgo sin ellas. Así estamos.
Nuevamente por la Av. Santa
Cruz, y al llegar donde la limosnera le doy un billete de 10 soles y, en
retribución, recibo otro piropo y una sonrisa. Lo que me hizo recordar aquella ocasión
pre pandemia cuando caminando rumbo a casa observé que la gente, especialmente
las chicas que venían en sentido contrario me miraban y sonreían. Por supuesto que
eso me llenaba de satisfacción, pues era una clara señal de que todavía
conservaba algo del sex-appeal de años ha. Hasta que llegué a casa y a la hora
de cambiarme de ropa me di cuenta de que no me había subido el cierre de la
bragueta. Todo el sex-appeal que me quedaba se me vino al suelo y di gracias a
que ninguna dama me hubiera denunciado por exhibicionista.
Lo que me convenció de que ya había
llegado a la tercera etapa de la vejez. (Para los que no lo saben, la vejez
tiene cuatro etapas: en la primera se te olvidan los nombres, en la segunda te
olvidas los rostros, en la tercera no te subes el cierre de la bragueta y en la
cuarta ni siquiera te lo bajas, ¡así, nomás! ¡Ni te das cuenta!
Bueno. Proseguí mi caminata y
en la esquina de Pardo y Aliaga no pude encontrar el Restaurante Paseo Colón de
San Isidro.. Tuve que ir al frente, comerme una hamburguesa, pagar una burrada
de plata y regresar a mi casa. Mal negocio.
¿Día de miércoles? No. Un día como cualquier otro en estos tiempos
de pandemia, cuarentena, fin de proceso electoral, aceptación forzada de los
resultados, incertidumbre e incongruencias de los dos partidos y candidatos que
han disputado la segunda vuelta.
Pero, al menos, todavía hay
motivos para darle gracias a la vida y alegrarse, por ejemplo, de un trabajo
bien hecho por un grupo de adultos mayores que siguen creyendo en el futuro.
Jaime Sandoval Espinoza Jueves, 22
de julio de 2021
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