lunes, 2 de agosto de 2021

 

UN DIA MIERCOLES

No de miércoles, porque esa mañana, los integrantes del Taller de Literatura del CAM La Molina, hicimos la presentación virtual de nuestra segundo número del Boletín Nueva Vida en una ceremonia virtual que nos dejó a todos sumamente satisfechos por el esfuerzo realizado y los resultados y elogios que estamos obteniendo.

Para la ocasión, celebración del Bicentenario de nuestra Independencia, cada uno se puso su mejor ropa. Generalmente, en esta etapa de pandemia y de cuarentena forzada no me preocupo por mi apariencia y, en consecuencia, no me afeito, no me peino el poco pelo que me queda y me quedo la mayor parte del día en pijama. Pero no esta vez.

Esta era una ocasión especial. De modo que empleé un par de horas en acicalarme y “ponerme tiza” para quedar presentable porque la ceremonia se iba a hacer vía Zoom. Incluso tuve que pegar bien la corona de un diente delantero que a cada rato se me cae.

Finalmente tuve que desempolvar mi mejor terno azul marino, quitarle dos o tres polillas y buscar una camisa blanca y una corbata roja, con los colores patrios. Debo confesar que ya me había olvidado de como se hace el nudo de la corbata y pasé un cuarto de hora para que me quedara presentable. Tanto me demoré que casi no me alcanzó el tiempo para tomar desayuno pues el evento empezaba a las 11 en punto.

Con algunos contratiempos, propios del caso, la presentación resultó exitosa y estamos recibiendo múltiples felicitaciones por el evento y por el contenido del Boletín extraordinario, que por su contenido y volumen es prácticamente una revista multimedia.

Al final y con cargo a reunirnos próximamente para celebrar en algún restaurante, no se pudo concretar en esta ocasión y cuando ya me disponía a cambiarme de ropa me dije: ¿Tanto tiempo invertido para vestirme y quedar “decente” y no aprovechar para una celebración aunque sea personal? Y me persuadí a salir a un restaurante y comer algo diferente que sopa de sobre, un arroz a la cubana, una hamburguesa, un atún y duraznos de lata.

Dicho y hecho. Salí a la calle y encaminé mis pasos a la Av. Santa Cruz, doblé y caminé unas cuantas cuadras hasta el Ovalo Gutiérrez; pero antes de llegar me detuve en el puesto de periódicos que, como siempre, despliega las portadas de diarios y revistas. Hildebrandt en sus Trece, llamó mi atención, y también National Geographic y, por último, La Razón.

Como desde que empezó la pandemia no compro diarios en la calle, no estoy al tanto de los precios. Le pregunté a la señora del kiosco cuánto costaba La Razón y me respondió, 70 centavos. Realmente me sorprendió lo bajo del precio y le comenté a la señora que el precio estaba bien barato y agregué: “la razón está por los suelos, con razón estamos así en el Perú”. La señora entendió mi ironía y ambos nos echamos a reír. Pero sólo unos instantes porque cuando quise sacar dinero para pagarle no encontré ni mi cartera ni mi monedero. Los había olvidado en casa. Al haberme cambiado de ropa para la ocasión no había cargado esos dos implementos tan comunes y necesarios.

Le pedí disculpas y no tuve más remedio que regresarme con el rabo entre las piernas, aunque aliviado porque, me puse a pensar, qué habría pasado si llegaba al restaurante, comía opíparamente y a la hora de cancelar la cuenta no tendría con qué pagar. Y, aparte de la vergüenza no tendría más remedio que lavar platos, aunque en esto tengo bastante experiencia desde chiquito y también ahora que vivo sólo en mi departamento.

Lo que me hizo recordar ese viejo chiste ocurrido en un bar (salón) del lejano oeste.

Llega un vaquero y apresuradamente le dice al barman: “Un vaso de whisky antes de que empiece la pelea”. El barman le sirve, el parroquiano se lo toma de un sorbo y le dice al barman: “Otro vaso de whisky antes de que empiece la pelea”. Nuevamente le sirve y otra vez se lo toma de un sorbo y repite: “Otro vaso de whisky antes de que empiece la pelea”. El barman entre amoscado y curioso le pregunta: “Oiga amigo ¿De qué pelea me está hablando?” A lo que el vaquero le contesta: “A la que se va a armar cuando se entere de que no tengo plata para pagarle”.

En mi caso yo tampoco habría tenido plata y no sé si me habrían creído; pero gracias a Dios no hubo pelea de por medio.

Camino a casa hubo algo que me levantó el ánimo. A lo largo del camino junto al Wong y al Banco Continental se ubican normalmente varios pordioseros y vendedores de caramelos, mascarillas o, a veces… nada. Pasaba por allí raudamente y una señora sentada en la vereda, exclamó, no la clásica petición de una limosna sino: “Adiós, guapo”. No me lo esperaba. Quise darle algo, pero no tenía nada. Prometí regresar. Me enderecé, saqué pecho y ensayé una sonrisa kolynosista. Realmente me levantó el ánimo.

Como el camino a casa era cuesta arriba, estaba con terno y lo hice aprisa, cuando llegué a mi departamento y subí por la escalera, terminé hecho una sopa, sin ganas de regresar, y quedarme para disfrutar de mi clásico almuerzo; pero le había hecho una promesa a la limosnera. Lo primero que hice fue colocar en mi bolsillo la billetera y el monedero, porque me ha ocurrido más de una vez que regreso por ellas y me salgo sin ellas. Así estamos.

Nuevamente por la Av. Santa Cruz, y al llegar donde la limosnera le doy un billete de 10 soles y, en retribución, recibo otro piropo y una sonrisa. Lo que me hizo recordar aquella ocasión pre pandemia cuando caminando rumbo a casa observé que la gente, especialmente las chicas que venían en sentido contrario me miraban y sonreían. Por supuesto que eso me llenaba de satisfacción, pues era una clara señal de que todavía conservaba algo del sex-appeal de años ha. Hasta que llegué a casa y a la hora de cambiarme de ropa me di cuenta de que no me había subido el cierre de la bragueta. Todo el sex-appeal que me quedaba se me vino al suelo y di gracias a que ninguna dama me hubiera denunciado por exhibicionista.

Lo que me convenció de que ya había llegado a la tercera etapa de la vejez. (Para los que no lo saben, la vejez tiene cuatro etapas: en la primera se te olvidan los nombres, en la segunda te olvidas los rostros, en la tercera no te subes el cierre de la bragueta y en la cuarta ni siquiera te lo bajas, ¡así, nomás! ¡Ni te das cuenta!

Bueno. Proseguí mi caminata y en la esquina de Pardo y Aliaga no pude encontrar el Restaurante Paseo Colón de San Isidro.. Tuve que ir al frente, comerme una hamburguesa, pagar una burrada de plata y regresar a mi casa. Mal negocio.

¿Día de miércoles? No.  Un día como cualquier otro en estos tiempos de pandemia, cuarentena, fin de proceso electoral, aceptación forzada de los resultados, incertidumbre e incongruencias de los dos partidos y candidatos que han disputado la segunda vuelta.

Pero, al menos, todavía hay motivos para darle gracias a la vida y alegrarse, por ejemplo, de un trabajo bien hecho por un grupo de adultos mayores que siguen creyendo en el futuro.

Jaime Sandoval Espinoza                                    Jueves, 22 de julio de 2021

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