CONVERSACION ENTRE DIOS Y FRANCISCO
-
¡Francisco! ¡Francisco!
Una
Voz que parecía provenir de todas partes y de ninguna llenó la amplia
habitación donde un hombre dormía plácidamente, hasta ese momento. Se revolvió
entre la suavidad de su ropa de cama, dio un profundo suspiro y … continuó
durmiendo.
-
¡Francisco! ¡Francisco!
Se
volvió a escuchar la Voz en un tono más potente pero afectuoso. Esta vez el
durmiente abrió los ojos, se sentó en la cama, sacudió su cabeza para despercudirse
y casi mecánicamente respondió:
-
¿Sí? ¡Ah! Sos Vos, Señor.
-
Sí Francisco. Yo soy. Debes estar
muy cansado porque he tenido que llamarte dos veces.
-
Disculpame, Señor. Tenés razón.
Acabo de retornar a Roma luego de una intensa jornada pastoral por varios
países; el último de los cuales ha sido Perú. Una jornada extenuante, pero a la
vez sumamente grata. Y aunque los años pesan, Señor, me siento muy feliz.
-
Lo sé, Francisco. Lo sé. Y por eso
te he llamado. Para decirte que estoy muy complacido con tu labor pastoral y para
darte ánimos y la fortaleza necesaria para la labor que todavía tienes por
delante.
-
¿Aún más, Señor? – pregunta el
hombre mientras termina de vestirse.
-
Aún más, Francisco. Hasta el
último día. Hay todavía muchísimo que hacer, como decía un poeta peruano que
ambos conocemos.
-
Que se haga Tú voluntad Señor; no
la mía.
La Voz, entonces, adoptó
un tono más íntimo y coloquial.
-
¿Sabés, Francisco, que sigo paso a
paso tus andares y observo complacido cómo, a lo largo de tu camino, la gente
se alegra con tu presencia, se conmueve con tu palabra y se llena de esperanza?
-
Dones que vos me has dado, Señor.
-
Y que tú usás muy bien. Pero,
decime Francisco. Tengo una curiosidad. Ahora que has retornado ¿Cómo fue tu
paso por Lima? ¿Has revisado bien tus cosas? ¿No te faltá nada? ¿El anillo, la
billetera, el celular?
-
No, Señor. Nada me falta… creo. –
responde Francisco un tanto confundido por la pregunta.
-
Pues no te sorprendas, Francisco.
¡Los milagros ocurren! Y éste ha sido uno de marca mayor. Yo sólo quería escucharlo
de tus propios labios.
-
Tenés razón, Señor. No se me había
ocurrido. Pero; sacame de una duda. Yo soy argentino, pero vos no. ¿Por qué
entonces hablás como argentino?
-
Te olvidás Francisco de que Yo
poseo el don de lenguas y que tú eres el primer argentino que tengo como
vicario. ¿No te parece que es una buena oportunidad
para practicar?
-
Tenés razón, Señor. Y si querés
podemos hablar en lunfardo también -dijo Francisco entrando un poco más en confianza.
-
Podríamos, Francisco; pero por
ahora es suficiente. Tal vez en otra ocasión. Pero, cuéntame – dijo la Voz
recobrando el tono solemne - Parece que no te fue muy bien en Chile. Te
hicieron pasar un mal rato. ¿Verdad?
-
Bueno, Señor. Es cierto; pero eso
no fue nada comparado con lo que Tu Hijo sufrió cuando pasó por este mundo. Y,
además, el recibimiento que tuve en Perú compensó con creces la frialdad y
hostilidad del pueblo chileno.
-
¿Y qué crees que podríamos hacer
para avivar un poco más la fe de ese pueblo?
-
Ahora que lo mencionas, hemos
estado pensando en eso seriamente y en una tormenta de ideas que promoví,
alguien sugirió que tal vez un terremotito de grado 8 podría…
-
¡Ni se te ocurra! Francisco. ¡Ni
se te ocurra! – interrumpió la Voz. Hace ya mucho tiempo que abandonamos esos
métodos, por crueles, indiscriminados e ineficaces. Eso se lo hemos dejado a la
competencia.
-
Lo entiendo, Señor. Y perdoname
por siquiera haberlo mencionado.
-
No te preocupes Francisco. Sé que
tú eres incapaz de pensar en una cosa semejante; pero te sugiero que deberías
preocuparte por conocer un poco más a quienes te asesoran. Sin embargo; algo
hay que sí puedes hacer por ese pueblo. ¿Qué te parece una segunda visita?
-
Señor ¡Aparta de mí ese cáliz! Yo ya hice lo
que pude. Si hay necesidad de otra visita te ruego que se lo pidás a mi
sucesor. Yo ya tuve suficiente.
-
Ah, mi querido Francisco. Sólo era
una broma. Sabes que también sé hacer bromas de vez en cuando. ¿Verdad?
-
Sí, Señor; pero por un momento
pensé que estabas hablando en serio. Y hablando en serio ¿Puedo pedirte un
favor?
-
El que quieras Francisco. Dime.
-
Señor. Tú sabés que me gusta el
fútbol y que soy hincha del San Lorenzo de Almagro desde niño. Y que vamos en
segundo puesto en la tabla de posiciones, muy cerquita de Boca. Los muchachos
son buenos jugadores; pero una pequeña ayudita de tu parte no nos vendría mal.
-
¡Francisco! ¡Qué me estás
proponiendo! – dijo la Voz, alzando el tono de voz.
-
Perdoname, Señor. No me malinterpretes
y miralo desde este punto de vista. Todo el mundo sabe de mis preferencias en
el fútbol y en Argentina todos creen que, ahora que soy tu representante en la
tierra, puedo hacer algo por el equipo de mis amores. ¿Te podés imaginar lo que
ocurriría si San Lorenzo no alcanza el campeonato? Sería una enorme decepción
para la hinchada e incluso para el resto de los argentinos. Y eso afectaría mi
imagen y credibilidad. Y, me atrevería a decir que, también la tuya. Tú sabés
cómo somos los humanos.
-
¡Francisco! ¡Francisco! Posees una
argumentación formidable y un poder de convencimiento únicos; pero sabes bien que
yo no hago distingos ni tengo preferencias por nadie, ni hago trampas; pero
algo se me ocurrirá, o tal vez a ti. Yo confío en tu imaginación y perspicacia,
y si tienes algo en mente, te doy mi absolución por adelantado. Yo me haré el de
la vista gorda.
-
Gracias, Señor. Gracias. Y… ¿Puedo
pedirte un último favor?
-
Claro que sí mi querido Francisco.
¿No sabes acaso de que el que pide al Cielo y pide poco es un loco? Y a pesar de que el mundo parece estar vuelta
de cabeza con sus problemas, tú no estás loco todavía ¿verdad? Dime, Francisco.
¿Qué es lo que me quieres pedir?
-
Sólo una cosa más, Señor. ¡Reza
por mí!
Petronio 23 de enero de 2018
No hay comentarios:
Publicar un comentario