UNA
HISTORIA ANONIMA
En un lejano país, no hace
mucho, el gobierno se propuso mejorar la educación, dado que diversos estudios de
la realidad nacional llegaban a la misma conclusión: los graves problemas que
arrastraban durante décadas, tal vez siglos, tenían su raíz en ese rubro.
De manera que, con buen
criterio, decidieron realizar las reformas necesarias empezando por mejorar el
nivel de sus maestros.
Encargaron el asunto a una
comisión de alto nivel, la que luego de largos meses, produjo un voluminoso documento
en el que volcaron todas las medidas destinadas a mejorar la educación, entre
ellas, el nivel académico y salarial de los maestros por medio de evaluaciones periódicas
y la depuración de los que no cumplieran con un nivel mínimo de preparación.
Pero cometieron un pequeño
gran error porque, al parecer, no conversaron lo suficiente con los que iban a
ser sometidos a dichas evaluaciones. El gremio de los maestros era numeroso y
su dirigencia muy fuerte. Plantearon sus observaciones y demandas e incluso
llegaron a promover una huelga.
El punto crucial era bastante
simple: ¿Cómo se evaluaría a los maestros? ¿Mediante las pruebas tradicionales
en formularios con preguntas y respuestas,
o mediante el sistema de la “evaluación en aula”, como lo solicitaba el
sindicato? No se ponían de acuerdo.
Pero, había algo más. Si la
idea era mejorar la educación de los jóvenes, mejorando el nivel de sus
maestros, era natural que luego de la evaluación, por cualquiera de los métodos,
aquellos que no superaran el nivel mínimo establecido serían separados de la
carrera magisterial, como ocurre en cualquier otra ocupación. Pero los dirigentes
no eran de la misma idea. Ellos plantearon que, en lugar de despedirlos, se les
capacitara, lógicamente por cuenta del Estado. Y cuando se les preguntó qué se
haría con aquellos que después de una segunda evaluación volvieran a desaprobar,
dijeron que se les debería volver a capacitar. Es decir, el ideal de un
trabajador: ¡el empleo perpetuo! ¿Y la meritocracia?
No es difícil imaginar cual
sería el resultado de ese sistema. Si un trabajador de cualquier gremio sabe
que jamás lo van a despedir, tendrá poco incentivo para esforzarse en mejorar.
Pero, lo peor es que con ese sistema el resto de los trabajadores tampoco lo hará.
Lo que va diametralmente en contra del objetivo inicial de mejorar la educación
en el país.
Así las cosas y no logrando
ponerse de acuerdo, el sindicato de educadores declaró una huelga. La huelga
duró dos meses y… ¡triunfó! Dos meses perdidos por todos: por los estudiantes
que se quedaron sin educación, por los padres de familia que cifraban sus
esperanzas en hijos mejor preparados, por el país que siguió deteriorándose en
todos los niveles con daño irreparable para el futuro y, también por aquellos buenos
maestros que no temían ser evaluados y recompensados de acuerdo con sus
méritos.
Bueno. Esta historia terminó
como empezó. Un país con los problemas de siempre, con una educación deficiente
y unos estudiantes mediocres que se convertirán en adultos mediocres, en
ciudadanos mediocres, en profesionales mediocres. ¿Un país mediocre?
Pero, no hay por qué preocuparse;
eso ocurrió en otro país y no en el nuestro. Menos mal. ¿Que, quién fue el maestro
que dirigió la huelga? Se dice por ahí que fue un tal Castillo. Pero, eso carece
de importancia. ¿Verdad?
Jaime Sandoval Espinoza 10
de junio de 2021
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