LA NOCHE DE LOS MILAGROS
Faltaban muy pocas horas para la medianoche de ese 24
de diciembre.
Fernando, cargando una bolsa llena de regalos, regresaba
presuroso a su casa sorteando con dificultad a la gente que, como él, había
salido a hacer sus compras de último momento.
Había tenido un día muy atareado. En la mañana, la
celebración en la oficina se había prolongado hasta el mediodía. No había
podido eludir el compromiso pues siendo uno de los organizadores tuvo que
quedarse hasta el final. Primero fue el desayuno navideño con el tradicional
chocolate. Luego vino la actuación organizada por las chicas de la oficina y la
participación de todo el personal que culminó con la entrega de los regalos a
cada trabajador. Y, finalmente, el almuerzo que la gerencia había organizado
para los ejecutivos de la empresa. Les había ido muy bien ese año y el gerente
consideró que era justo retribuir de algún modo el apoyo de sus colaboradores
más cercanos. El almuerzo terminó con un baile espontáneo que tampoco pudo
eludir.
Pero, algo le preocupaba. Debido a las múltiples ocupaciones de esos
días de fin de año no había tenido tiempo para comprar los regalos para su
familia. De manera que, apenas terminado el compromiso en la oficina, dedicó las
últimas horas de la tarde y parte de la noche para cumplir con ese sagrado
compromiso. Tenía a la mano la lista de regalos de sus hijos y ya tenía en
mente el que le haría a su esposa. Era alrededor de las nueve cuando terminó de
hacer las compras e inició el camino de retorno a casa.
Fernando vivía en un edificio de departamentos no muy
lejos del centro de la ciudad. Había tomado esa determinación cuando se casó,
para estar más cerca de su lugar de trabajo al cual iba caminando todos los
días. Y retornaba de igual manera, como esa noche. Había llamado previamente a
su esposa previniéndole de su tardanza, pero asegurándole que llegaría a tiempo
y que tuviera todo listo para la cena familiar de Navidad.
Estaba cansado y deseoso de llegar a su casa cuanto
antes; pero aun así decidió entrar a un conocido café que quedaba en el camino.
A esa hora el local estaba abarrotado. La mayoría era gente solitaria que pensaba
recibir allí la Navidad en compañía de extraños pero que, al fin y al cabo, era
mucho mejor que pasarla solos en casa.
Fernando se abrió paso entre los parroquianos,
buscando un lugar donde poder sentarse por unos momentos para disfrutar su taza
de café. Con suerte pudo divisar en un rincón una mesa ocupada por un caballero
de mediana edad. Se acercó a él y le preguntó.
-
Disculpe, amigo. ¿Le
molestaría si tomo asiento y lo acompaño por unos momentos?
El hombre levantó su cabeza, lo miró y le respondió
pausadamente.
-
No. En absoluto. Es
más, le estaré agradecido por su compañía.
-
Gracias, dijo Fernando,
poniendo las bolsas a un lado y pegando un primer sorbo de su humeante taza de café.
-
Veo que trae regalos en
esas bolsas, amigo -dijo el hombre.
-
Sí, respondió Fernando.
-
Son para mi familia. Me
están esperando. He tenido un día muy agitado y luego de este pequeño descanso
me iré a casa a reunirme con ellos. ¿Y usted?
El hombre guardó silencio por unos segundos antes de
responder.
-
Bueno. En cierto modo
yo también estoy esperando, aquí. En casa, no me espera nadie.
Fernando lo miró un tanto sorprendido y recién
entonces reparó en que el hombre sostenía entre sus manos, un sobre abierto y
una hoja de papel doblada y descolorida. Por los pliegues se notaba que esos
papeles no eran nuevos. Fernando no sabía qué hacer ni cómo continuar la
conversación sin perturbar a su ocasional interlocutor.
-
¿Estos papeles? – dijo
el caballero, dándose cuenta de la perplejidad de Fernando. Y continuó.
-
¿Quiere saber de qué se
trata? -preguntó.
-
No, no; por favor. Y
discúlpeme si le he dado esa impresión -dijo Fernando, algo amoscado.
-
No hay problema. Si
quiere, puede leerlo. No es ningún secreto -dijo el caballero alcanzándole la
hoja doblada.
Indeciso, Fernando no sabía qué hacer en tan insólita
insinuación. Pero, ante la insistencia, tomó el papel y lo leyó. Eran apenas
unas cuantas líneas escritas a mano que decían:
Querido Francisco:
Perdóname por no poder acudir a nuestra cita como
otras veces en esta fecha. No puedo explicártelo ahora; pero algún día lo haré.
No me busques, porque no me encontrarás. Yo te buscaré. Tú, sólo espera.
La nota terminaba con una rúbrica, un nombre de mujer
y la descolorida huella de un par de labios.
Fernando lo miró. El otro, con la mirada perdida en el
tiempo habló; pero no a él, sino a sí mismo.
-
Hace diez años que
espero, en esta misma fecha, en este mismo lugar, en esta misma mesa.
Fernando estaba cada vez más desconcertado. Se sentía
incómodo, fuera de lugar, sin saber qué hacer ni qué decir.
-
Lo siento, amigo… realmente
lo siento -atinó a decir. Y discúlpeme, la noche avanza y en casa me están esperando.
Le deseo la mejor de las suertes y … que tenga una Feliz Navidad.
Lo dijo en forma automática, casi arrepintiéndose de
haberlo dicho.
Se despidió, cogió sus bolsas y se dirigió hacia la
puerta del establecimiento. Gente solitaria seguía llegando al local. Al salir,
se cruzó con una dama que ingresaba siguiendo el camino inverso al que él había
tomado. Y antes de que la hoja batiente de
la puerta se cerrara Fernando volvió su cabeza para ver por última vez al caballero.
Este, apoyándose en la mesa, parecía hacer un gran esfuerzo por ponerse de pie.
Por unos instantes, Fernando permaneció estático
mirando la escena; pero súbitamente se volvió y terminó de salir a la calle. No
quiso ver el final. Respiró profundamente y presuroso reanudó su marcha
sintiendo la imperiosa necesidad de llegar a casa y abrazar a su familia.
Era la noche de Navidad. La noche de los buenos deseos
y de los regalos. Él los estaba llevando a casa, pero en su corazón y en su mente,
un ferviente deseo iba tomando cuerpo: el deseo de que esa noche un hombre solitario
pudiera recibir el mejor de todos los regalos: uno que había estado esperando ya
demasiado tiempo. Y así, con esa secreta esperanza, Fernando llegó a su casa y
abrazó fuertemente a los suyos.
Era la Nochebuena. Era la noche de los regalos y los
encuentros. Era la noche de los milagros.
Petronio 24
de diciembre de 2020
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