martes, 3 de agosto de 2021

 

LA NOCHE DE LOS MILAGROS

Faltaban muy pocas horas para la medianoche de ese 24 de diciembre.

Fernando, cargando una bolsa llena de regalos, regresaba presuroso a su casa sorteando con dificultad a la gente que, como él, había salido a hacer sus compras de último momento.

Había tenido un día muy atareado. En la mañana, la celebración en la oficina se había prolongado hasta el mediodía. No había podido eludir el compromiso pues siendo uno de los organizadores tuvo que quedarse hasta el final. Primero fue el desayuno navideño con el tradicional chocolate. Luego vino la actuación organizada por las chicas de la oficina y la participación de todo el personal que culminó con la entrega de los regalos a cada trabajador. Y, finalmente, el almuerzo que la gerencia había organizado para los ejecutivos de la empresa. Les había ido muy bien ese año y el gerente consideró que era justo retribuir de algún modo el apoyo de sus colaboradores más cercanos. El almuerzo terminó con un baile espontáneo que tampoco pudo eludir.

Pero, algo le preocupaba.  Debido a las múltiples ocupaciones de esos días de fin de año no había tenido tiempo para comprar los regalos para su familia. De manera que, apenas terminado el compromiso en la oficina, dedicó las últimas horas de la tarde y parte de la noche para cumplir con ese sagrado compromiso. Tenía a la mano la lista de regalos de sus hijos y ya tenía en mente el que le haría a su esposa. Era alrededor de las nueve cuando terminó de hacer las compras e inició el camino de retorno a casa.

Fernando vivía en un edificio de departamentos no muy lejos del centro de la ciudad. Había tomado esa determinación cuando se casó, para estar más cerca de su lugar de trabajo al cual iba caminando todos los días. Y retornaba de igual manera, como esa noche. Había llamado previamente a su esposa previniéndole de su tardanza, pero asegurándole que llegaría a tiempo y que tuviera todo listo para la cena familiar de Navidad.

Estaba cansado y deseoso de llegar a su casa cuanto antes; pero aun así decidió entrar a un conocido café que quedaba en el camino. A esa hora el local estaba abarrotado. La mayoría era gente solitaria que pensaba recibir allí la Navidad en compañía de extraños pero que, al fin y al cabo, era mucho mejor que pasarla solos en casa.

Fernando se abrió paso entre los parroquianos, buscando un lugar donde poder sentarse por unos momentos para disfrutar su taza de café. Con suerte pudo divisar en un rincón una mesa ocupada por un caballero de mediana edad. Se acercó a él y le preguntó.

-          Disculpe, amigo. ¿Le molestaría si tomo asiento y lo acompaño por unos momentos?

El hombre levantó su cabeza, lo miró y le respondió pausadamente.

-          No. En absoluto. Es más, le estaré agradecido por su compañía.

-          Gracias, dijo Fernando, poniendo las bolsas a un lado y pegando un primer sorbo de su humeante taza de café.

-          Veo que trae regalos en esas bolsas, amigo -dijo el hombre.

-          Sí, respondió Fernando.

-          Son para mi familia. Me están esperando. He tenido un día muy agitado y luego de este pequeño descanso me iré a casa a reunirme con ellos. ¿Y usted?

El hombre guardó silencio por unos segundos antes de responder.

-          Bueno. En cierto modo yo también estoy esperando, aquí. En casa, no me espera nadie.

Fernando lo miró un tanto sorprendido y recién entonces reparó en que el hombre sostenía entre sus manos, un sobre abierto y una hoja de papel doblada y descolorida. Por los pliegues se notaba que esos papeles no eran nuevos. Fernando no sabía qué hacer ni cómo continuar la conversación sin perturbar a su ocasional interlocutor.

-          ¿Estos papeles? – dijo el caballero, dándose cuenta de la perplejidad de Fernando. Y continuó.

-          ¿Quiere saber de qué se trata? -preguntó.

-          No, no; por favor. Y discúlpeme si le he dado esa impresión -dijo Fernando, algo amoscado.

-          No hay problema. Si quiere, puede leerlo. No es ningún secreto -dijo el caballero alcanzándole la hoja doblada.

Indeciso, Fernando no sabía qué hacer en tan insólita insinuación. Pero, ante la insistencia, tomó el papel y lo leyó. Eran apenas unas cuantas líneas escritas a mano que decían:

Querido Francisco:

Perdóname por no poder acudir a nuestra cita como otras veces en esta fecha. No puedo explicártelo ahora; pero algún día lo haré. No me busques, porque no me encontrarás. Yo te buscaré. Tú, sólo espera.

La nota terminaba con una rúbrica, un nombre de mujer y la descolorida huella de un par de labios.

Fernando lo miró. El otro, con la mirada perdida en el tiempo habló; pero no a él, sino a sí mismo.

-          Hace diez años que espero, en esta misma fecha, en este mismo lugar, en esta misma mesa.

Fernando estaba cada vez más desconcertado. Se sentía incómodo, fuera de lugar, sin saber qué hacer ni qué decir.

-          Lo siento, amigo… realmente lo siento -atinó a decir. Y discúlpeme, la noche avanza y en casa me están esperando. Le deseo la mejor de las suertes y … que tenga una Feliz Navidad.

Lo dijo en forma automática, casi arrepintiéndose de haberlo dicho.

Se despidió, cogió sus bolsas y se dirigió hacia la puerta del establecimiento. Gente solitaria seguía llegando al local. Al salir, se cruzó con una dama que ingresaba siguiendo el camino inverso al que él había tomado.  Y antes de que la hoja batiente de la puerta se cerrara Fernando volvió su cabeza para ver por última vez al caballero. Este, apoyándose en la mesa, parecía hacer un gran esfuerzo por ponerse de pie.

Por unos instantes, Fernando permaneció estático mirando la escena; pero súbitamente se volvió y terminó de salir a la calle. No quiso ver el final. Respiró profundamente y presuroso reanudó su marcha sintiendo la imperiosa necesidad de llegar a casa y abrazar a su familia.

Era la noche de Navidad. La noche de los buenos deseos y de los regalos. Él los estaba llevando a casa, pero en su corazón y en su mente, un ferviente deseo iba tomando cuerpo: el deseo de que esa noche un hombre solitario pudiera recibir el mejor de todos los regalos: uno que había estado esperando ya demasiado tiempo. Y así, con esa secreta esperanza, Fernando llegó a su casa y abrazó fuertemente a los suyos.

Era la Nochebuena. Era la noche de los regalos y los encuentros. Era la noche de los milagros.

 

Petronio                                                                   24 de diciembre de 2020

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