UN
CIRCO ROMANO
Allá
por los años cuarenta, quien esto escribe, vivía en un amplio solar de un
barrio periférico del distrito de Breña. El piso era de tierra y las paredes de
adobe y entre los intersticios de cada bloque unos animalitos de 8 patas habían
encontrado el lugar ideal para tejer sus nidos y construir sus viviendas; pero,
los chicos de la vecindad también habíamos encontrado una nueva oportunidad
para la diversión.
Los nidos eran bastante visibles y fáciles de ubicar por
su color blanquecino que contrastaba con el bruno de los adobes. Hurgar la
entrada de sus viviendas se convirtió en un pasatiempo rutinario al contemplar
cómo los solitarios arácnidos salían presurosos creyendo encontrar un sabroso
insecto enredado en la tela para, tardíamente, darse cuenta de que habían sido engañados
y atrapados.
A
las arañas capturadas las tomábamos sin temor con los dedos y a veces las
hacíamos caminar desconcertadas por nuestras manos y brazos, hasta que un día a
alguien se le prendió la lampara y se preguntó qué pasaría si a estas
antisociales alimañas se las obligaba a vivir juntas. Y la respuesta fue pronta:
eran terriblemente belicosas y peleaban por su derecho a vivir aisladas en
eterna cuarentena.
A
partir de entonces, cada semana, organizábamos una especie de circo romano en el
que las arañas eran las gladiadoras y nosotros los espectadores, ávidos de ver sangre
o cualquier otro líquido vital emanado de nuestras pobres víctimas.
A
medida que las cazábamos, las colocábamos en un pomo, una cajita de fósforos o cualquier
cosa que sirviera de prisión temporal y luego, terminada esta operación de
cacería furtiva, nos poníamos en círculo alrededor de algún contenedor y
soltábamos a las arañas gladiadoras a la arena del improvisado circo. A mayor
número o menor el espacio, mejor era el espectáculo.
La
lucha era a muerte, todas contra todas y al final ninguna quedaba viva para
contar el cuento. Todas terminaban destrozadas. Pero, lo más alucinante era
contemplar a decenas de patas separadas de sus cuerpos estremeciéndose como si
quisieran seguir peleando hasta más allá de la muerte…
* * * * *
No sé por qué esta macabra y lejana remembranza ha
retornado a mi memoria. ¿Tendrá alguna relación con los acontecimientos que estamos
viviendo en estos días? ¿Se está convirtiendo nuestro país en una parodia de
circo romano en el que un enrevesado grupo de funambulescos personajes se atacan
y destrozan mutuamente cual modernos gladiadores, sabrá Dios por qué esotéricas
razones? Mientras nosotros, los ciudadanos, nos comportamos como los candorosos
chicos que fuimos, disfrutando el espectáculo de la carnicería que se
desarrolla a nuestro alrededor.
Porque,
está en la naturaleza de las arañas ser como son: hurañas, solitarias,
insociables; pero, los seres humanos no somos así ¿verdad? Nosotros somos amables,
solidarios, sociables. Y, sin embargo…
A las
arañas, los chicos las obligábamos a pelear. En cambio, los seres humanos lo
hacemos voluntariamente. ¿O habrá algo o alguien que nos obliga a hacerlo?
Petronio 15
de septiembre de 2020
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