viernes, 6 de agosto de 2021

 

EL HOMBRE DEL TRICENTENARIO

De regreso a casa, Fulano de Tal hizo un alto en el camino y dirigió sus pasos a una cafetería que a esas horas de la noche estaba poco concurrida. Se ubicó en una de las mesas desocupadas, pidió un café y mientras esperaba dejó vagar su mirada por el interior del establecimiento haciendo un visible esfuerzo por relajarse y despejar su mente de las preocupaciones que parecían aquejarlo.

Estaba tenso y no era para menos. Había perdido recientemente su trabajo, tenía pagos pendientes que atender y hacía pocos días que un dolor de cabeza y una dificultad para respirar lo estaba molestando. Y precisamente esa noche regresaba de la clínica donde se había hecho unas pruebas para descartar la posibilidad de un contagio del coronavirus. Los males nunca vienen solos, solía mencionar, y por eso quiso tomar sus precauciones. Al día siguiente le darían los resultados.

En esas cavilaciones estaba cuando repentinamente pudo observar el ingreso de un hombre de aspecto peculiar y edad indefinible quien, luego de haber dado una rápida mirada al interior,  parecía haber decidido dirigirse hacia su mesa. Lo que a Fulano le extrañó pues, habiendo tantas mesas libres y siendo ambos unos desconocidos, no era razonable que se propusiera compartir la suya.

Tal como lo había intuido, el hombre se acercó y cortésmente le preguntó:

-       Disculpe, caballero. ¿Le molestaría si lo acompaño por un momento? Estoy de paso por la ciudad y no conozco a nadie. Si le molesto, me lo dice y me retiro.  

El forastero irradiaba una imagen de sinceridad y de confianza que Fulano de Tal no pudo ignorar y con cierta reserva le respondió.

-       No. Realmente no me molesta; pero le advierto que no estaré aquí mucho tiempo. Están por traerme una taza de café, la bebo y luego me iré. Yo también estoy de paso y aún tengo varias cosas que hacer en casa.

-       Lo entiendo, señor. No se preocupe. No le quitaré su tiempo. Yo también tengo muchas cosas que hacer. Entre ellas, terminar de preparar un informe importante y por eso estoy aquí.

Fulano de Tal hizo a un lado su celular, para que la camarera pusiera allí la humeante taza de café que había solicitado. El forastero lo miraba atentamente.

-       ¿No va a pedir algo de beber? -preguntó Fulano de Tal, luego de tomar un sorbo.

-       Tal vez sí -respondió el forastero. -¿Qué es lo que está bebiendo? -preguntó a su vez.

Fulano de Tal se quedó algo perplejo, lo miró fijamente al rostro y comprobó que no se estaba burlando de él.

-       Café. -contestó Fulano, observándolo nuevamente con curiosidad.

-       Y parece que lo disfruta -comentó el forastero, haciendo un gesto hacia la camarera para pedir una taza igual para él.

A estas alturas, Fulano seguía intrigado y no sabía qué pensar. ¿Es que habría alguien que no supiera lo que era un café? Y decidió indagar más.

-       Disculpe mi curiosidad y mi franqueza, pero ¿podría decirme quién es usted y de dónde viene?

-       Ningún problema, amigo -respondió el forastero, entrando más en confianza. -No es usted el primero que me las hace. Soy un viajero y, de dónde vengo carece de importancia. En todo caso, puedo decir que vengo de muchas partes. O de ninguna, agregó.

-       ¿Y a qué se dedica… señor? -volvió a preguntar Fulano, eludiendo la enigmática respuesta del forastero y con genuina curiosidad.

-       A recoger información -fue la inmediata respuesta.

Fulano ya había terminado de beber su taza de café y al forastero acababan de traerle la suya. Por un momento, dudó en lo que haría a continuación: ¿despedirse del extraño o pedir otra taza de café para seguir conversando y despejar el misterio. Optó por lo segundo.

-       ¿Podría ser más explícito, por favor? No entendí bien a qué se dedica. ¿Recoger información? ¿De qué tipo? ¿Para qué y para quién? ¿Es usted un encuestador?

-       Estoy acostumbrado a que me hagan ese tipo de preguntas. Me las han hecho más de una vez y si les respondiera directamente no me entenderían y me harían más preguntas. Pero, digamos que sí. Soy una especie de encuestador. Pero no del tipo que ustedes se imaginan.

-       ¿Ustedes? -exclamó Fulano cada vez más intrigado. Y con cierto tono de fastidio continuó –Perdóneme, pero no pienso participar en ningún tipo de encuesta y si me permite, voy a cancelar mi cuenta y retornar a casa. -Esta vez la respuesta de Fulano fue cortante. Un temor indefinido y una cierta dosis de cautela lo forzaron a adoptar esa actitud.

-       No se preocupe, amigo -respondió el forastero -además, ya recogí toda la información que necesito y se lo agradezco.

-       ¿Cómo? Pero, si no me ha preguntado nada y tampoco yo le he respondido nada -exclamó Fulano más sorprendido que nunca. -Además, no veo que haya tomado alguna nota o que tenga algún aparato para registrar esta conversación.

-       No se preocupe, amigo -repitió una vez más el forastero -Tengo ya todo el material que necesitaba para completar mi informe y… retornar a casa -dijo dubitativo.

Fulano había pedido la cuenta y se estaba levantando con la intención de ir a la caja, pagar y despedirse, cuando el forastero inesperadamente agregó.

-       Y no se preocupe; la prueba que se tomó saldrá negativa.

Fulano se detuvo en seco, se volvió, lo miró y luego de algunos momentos balbuceó.

-       ¿Cómo dijo? ¿Cómo sabe usted eso? ¿Es acaso… un policía? -dijo con voz trémula, ahora sí, no sólo desconcertado sino… asustado.

-       Tranquilícese, amigo. Le estoy dando una buena noticia. Debería alegrarse.

-       Sí, pero… ¿cómo puede usted saberlo? -repitió. -Yo no le he dicho nada y...

-       Me ha dicho muchas cosas, amigo -lo interrumpió el forastero. Más de las que usted se imagina. Prácticamente me ha dicho todo lo que necesitaba para completar mi trabajo y elaborar mi informe -le dijo, mirándolo con benevolencia.

Fulano no sabía qué hacer ni qué decir pero,  recién en ese instante pudo reparar en el pequeño disco del tamaño de una moneda que el forastero había estado haciendo rotar entre sus dedos índice y pulgar desde un inicio. Lo había tomado como una simple moneda y por eso lo había pasado por alto, hasta entonces.

-       Verá, amigo -continuó. Usted me ha caído bien y me ha ayudado mucho, aunque no me crea y no sepa cómo. Se nota que es una persona honesta y reservada y sé que aún si divulgara esta conversación, no le van a creer. Ya tienen ustedes demasiada información, incluyendo eso que llaman fake news, como para que lo que le voy a confiar lo tomen en serio. Tome asiento y escuche -lo dijo con una suave firmeza.

-       Fulano, sorprendido, le obedeció y se sentó.

-       Verá usted. Le dije que soy un viajero y eso es totalmente cierto. Pero no soy un viajero común -el hombre volvió a mirarlo fijamente a los ojos, esperó unos segundos y prosiguió pausadamente.

-       Soy un viajero en el tiempo -le dijo, mientras observaba la reacción de Fulano. Este no dijo nada. Su mente parecía haberse detenida y quedado en situación receptiva, a la espera de que el otro continuara. Y el otro, continuó.

-       No se asombre ni se asuste. Viajar en el tiempo es más sencillo de lo que parece y tarde o temprano ustedes sabrán cómo hacerlo. Si le parece demasiado fantástico, considere lo que ha ocurrido, por ejemplo, con el teléfono -y sin que Fulano tuviera tiempo y forma de impedirlo, el hombre tomó el celular, lo miró y luego lo miró a él.

-       Hace 40 años -estos aparatos no existían y ahora, al parecer, todos tienen uno. Y con él no sólo hablan sino que hacen multitud de otras cosas ¿no es verdad? Y si se remonta algunas décadas más atrás esto sería cosa de ciencia ficción. Nadie se hubiese imaginado que un aparato como este pudiese existir en realidad. Lo mismo ha ocurrido con otros portentos que ahora son cosa común, y lo mismo ocurrirá con los viajes en el tiempo.

Fulano lo escuchaba en silencio, sin decir nada. Estaba anonadado.

-       Mire, amigo. Puede usted creer o no lo que le estoy diciendo, pero eso no cambiará las cosas en absoluto. Me preguntó de dónde venía y se lo estoy diciendo: Vengo del futuro. Cien años en el futuro, y mi encargo es recoger toda la información de lo que está ocurriendo en estos días, en su país y en el mundo. Ustedes no parecen darse cuenta de que están viviendo tiempos más que difíciles. Como ustedes suelen decir, están caminando al borde del precipicio. Algo semejante les ocurrió hace cien años, por esta misma época. E igualmente cien años más atrás. Épocas de promesas e incertidumbres. Pero de alguna forma, cien años en el futuro las cosas han cambiado dramáticamente; y para bien. Lo que nos interesa saber es ¿cómo lo hicieron?

Fulano ya no sabía si estaba soñando o estaba despierto. Sólo escuchaba. Pero, luego de unos momentos de silencio se atrevió a hablar.

-       Pero, no lo entiendo. Aun cuando fuera cierto lo que me está contando ¿por qué me ha escogido a mí para completar su informe? ¿Qué importancia puede tener lo que yo diga, haga o piense? Hay miles de personas más calificadas e importantes que yo que le podrían proporcionar mayor y mejor información. Yo, soy un don nadie.

-       Amigo. Olvidé decirle que usted no es el único a quien he entrevistado. Usted es el último. Y, precisamente por eso, porque usted dice y se considera ser un don nadie, es que representa a ese grupo mayoritario que ustedes llaman el pueblo. Y si algo hemos aprendido en tantos años, es que son los pueblos los que hacen la historia. El mérito de los líderes es identificar los deseos e intereses ocultos o manifiestos de la gente, averiguar las tendencias, interpretar los hechos y… ponerse al frente.

A estas alturas, Fulano sólo escuchaba en medio de un verdadero enjambre de ideas, sensaciones y sentimientos encontrados y que él no alcanzaba a valorar ni entender.

-       Pero, eso es política -logró articular Fulano -y a mí nunca me ha gustado la política. No la entiendo y creo que jamás la entenderé.

-       Ah, amigo. Muchos dicen eso y no se dan cuenta de que todo lo que es público, corresponde al ámbito de lo político. Pero en fin, no vamos a hablar de eso ahora.  Además, mi propósito ya se ha cumplido y ambos tenemos cosas que hacer. Gracias por su invalorable ayuda.

Y tomando el último sorbo exclamó:

-       Delicioso el café. Gracias por eso, también.

El hombre se despidió, pagó su cuenta y se dirigió a la salida. Fulano, aun en estado de conmoción por la experiencia vivida se dispuso a hacer lo mismo cuando de pronto reparó en algo que brillaba sobre la mesa. Era el pequeño disco iridiscente que el forastero había estado acariciando durante toda la conversación. Fulano lo tomó y rápidamente se dirigió a la puerta, salió, miró hacia ambos lados de la calle poco iluminada, pero no logró divisar al forastero. Se quedó observando un par de minutos y cuando estaba a punto de volver a entrar creyó percibir en el horizonte un débil destello de luz que duró apenas unos instantes.

Ya en el interior y más calmado, Fulano rememoró rápidamente los acontecimientos vividos,   reflexionó por unos momentos y se dijo:

-       Si estoy en lo cierto, este disco guarda toda la información recogida por este viajero. No podrá presentar su informe y tendrá que regresar.

Para luego de unos momentos agregar.

-       Y yo lo estaré esperando.

Fue así como Fulano de Tal, más sosegado, más seguro de sí mismo y con más confianza en el futuro, se dispuso a esperar el retorno del Hombre del Tricentenario.

Petronio                                                                                           16 de Julio de 2021

 

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