EL HOMBRE DEL TRICENTENARIO
De regreso a casa, Fulano de
Tal hizo un alto en el camino y dirigió sus pasos a una cafetería que a esas
horas de la noche estaba poco concurrida. Se ubicó en una de las mesas
desocupadas, pidió un café y mientras esperaba dejó vagar su mirada por el interior
del establecimiento haciendo un visible esfuerzo por relajarse y despejar su mente
de las preocupaciones que parecían aquejarlo.
Estaba tenso y no era para
menos. Había perdido recientemente su trabajo, tenía pagos pendientes que
atender y hacía pocos días que un dolor de cabeza y una dificultad para
respirar lo estaba molestando. Y precisamente esa noche regresaba de la clínica
donde se había hecho unas pruebas para descartar la posibilidad de un contagio
del coronavirus. Los males nunca vienen solos, solía mencionar, y por eso quiso
tomar sus precauciones. Al día siguiente le darían los resultados.
En esas cavilaciones estaba
cuando repentinamente pudo observar el ingreso de un hombre de aspecto peculiar
y edad indefinible quien, luego de haber dado una rápida mirada al interior, parecía haber decidido dirigirse hacia su
mesa. Lo que a Fulano le extrañó pues, habiendo tantas mesas libres y siendo
ambos unos desconocidos, no era razonable que se propusiera compartir la suya.
Tal como lo había intuido, el
hombre se acercó y cortésmente le preguntó:
-
Disculpe, caballero. ¿Le molestaría si lo
acompaño por un momento? Estoy de paso por la ciudad y no conozco a nadie. Si
le molesto, me lo dice y me retiro.
El forastero irradiaba una
imagen de sinceridad y de confianza que Fulano de Tal no pudo ignorar y con
cierta reserva le respondió.
-
No. Realmente no me molesta; pero le advierto
que no estaré aquí mucho tiempo. Están por traerme una taza de café, la bebo y
luego me iré. Yo también estoy de paso y aún tengo varias cosas que hacer en
casa.
-
Lo entiendo, señor. No se preocupe. No le
quitaré su tiempo. Yo también tengo muchas cosas que hacer. Entre ellas,
terminar de preparar un informe importante y por eso estoy aquí.
Fulano de Tal hizo a un lado su
celular, para que la camarera pusiera allí la humeante taza de café que había
solicitado. El forastero lo miraba atentamente.
-
¿No va a pedir algo de beber? -preguntó Fulano
de Tal, luego de tomar un sorbo.
-
Tal vez sí -respondió el forastero. -¿Qué es lo
que está bebiendo? -preguntó a su vez.
Fulano de Tal se quedó algo perplejo,
lo miró fijamente al rostro y comprobó que no se estaba burlando de él.
-
Café. -contestó Fulano, observándolo nuevamente
con curiosidad.
-
Y parece que lo disfruta -comentó el forastero,
haciendo un gesto hacia la camarera para pedir una taza igual para él.
A estas alturas, Fulano seguía
intrigado y no sabía qué pensar. ¿Es que habría alguien que no supiera lo que
era un café? Y decidió indagar más.
-
Disculpe mi curiosidad y mi franqueza, pero ¿podría
decirme quién es usted y de dónde viene?
-
Ningún problema, amigo -respondió el forastero,
entrando más en confianza. -No es usted el primero que me las hace. Soy un
viajero y, de dónde vengo carece de importancia. En todo caso, puedo decir que
vengo de muchas partes. O de ninguna, agregó.
-
¿Y a qué se dedica… señor? -volvió a preguntar
Fulano, eludiendo la enigmática respuesta del forastero y con genuina
curiosidad.
-
A recoger información -fue la inmediata respuesta.
Fulano ya había terminado de
beber su taza de café y al forastero acababan de traerle la suya. Por un
momento, dudó en lo que haría a continuación: ¿despedirse del extraño o pedir
otra taza de café para seguir conversando y despejar el misterio. Optó por lo
segundo.
-
¿Podría ser más explícito, por favor? No
entendí bien a qué se dedica. ¿Recoger información? ¿De qué tipo? ¿Para qué y
para quién? ¿Es usted un encuestador?
-
Estoy acostumbrado a que me hagan ese tipo de
preguntas. Me las han hecho más de una vez y si les respondiera directamente no
me entenderían y me harían más preguntas. Pero, digamos que sí. Soy una especie
de encuestador. Pero no del tipo que ustedes se imaginan.
-
¿Ustedes? -exclamó Fulano cada vez más
intrigado. Y con cierto tono de fastidio continuó –Perdóneme, pero no pienso participar
en ningún tipo de encuesta y si me permite, voy a cancelar mi cuenta y retornar
a casa. -Esta vez la respuesta de Fulano fue cortante. Un temor indefinido y una
cierta dosis de cautela lo forzaron a adoptar esa actitud.
-
No se preocupe, amigo -respondió el forastero
-además, ya recogí toda la información que necesito y se lo agradezco.
-
¿Cómo? Pero, si no me ha preguntado nada y tampoco
yo le he respondido nada -exclamó Fulano más sorprendido que nunca. -Además, no
veo que haya tomado alguna nota o que tenga algún aparato para registrar esta
conversación.
-
No se preocupe, amigo -repitió una vez más el
forastero -Tengo ya todo el material que necesitaba para completar mi informe y…
retornar a casa -dijo dubitativo.
Fulano había pedido la cuenta
y se estaba levantando con la intención de ir a la caja, pagar y despedirse, cuando
el forastero inesperadamente agregó.
-
Y no se preocupe; la prueba que se tomó saldrá
negativa.
Fulano se detuvo en seco, se
volvió, lo miró y luego de algunos momentos balbuceó.
- ¿Cómo
dijo? ¿Cómo sabe usted eso? ¿Es acaso… un policía? -dijo con voz trémula, ahora
sí, no sólo desconcertado sino… asustado.
- Tranquilícese,
amigo. Le estoy dando una buena noticia. Debería alegrarse.
- Sí,
pero… ¿cómo puede usted saberlo? -repitió. -Yo no le he dicho nada y...
- Me ha
dicho muchas cosas, amigo -lo interrumpió el forastero. Más de las que usted se
imagina. Prácticamente me ha dicho todo lo que necesitaba para completar mi
trabajo y elaborar mi informe -le dijo, mirándolo con benevolencia.
Fulano
no sabía qué hacer ni qué decir pero, recién en ese instante pudo reparar en el
pequeño disco del tamaño de una moneda que el forastero había estado haciendo
rotar entre sus dedos índice y pulgar desde un inicio. Lo había tomado como una
simple moneda y por eso lo había pasado por alto, hasta entonces.
- Verá,
amigo -continuó. Usted me ha caído bien y me ha ayudado mucho, aunque no me
crea y no sepa cómo. Se nota que es una persona honesta y reservada y sé que aún
si divulgara esta conversación, no le van a creer. Ya tienen ustedes demasiada información,
incluyendo eso que llaman fake news, como para que lo que le voy a confiar lo
tomen en serio. Tome asiento y escuche -lo dijo con una suave firmeza.
- Fulano,
sorprendido, le obedeció y se sentó.
- Verá
usted. Le dije que soy un viajero y eso es totalmente cierto. Pero no soy un
viajero común -el hombre volvió a mirarlo fijamente a los ojos, esperó unos
segundos y prosiguió pausadamente.
- Soy un
viajero en el tiempo -le dijo, mientras observaba la reacción de Fulano. Este no
dijo nada. Su mente parecía haberse detenida y quedado en situación receptiva,
a la espera de que el otro continuara. Y el otro, continuó.
- No se
asombre ni se asuste. Viajar en el tiempo es más sencillo de lo que parece y
tarde o temprano ustedes sabrán cómo hacerlo. Si le parece demasiado fantástico,
considere lo que ha ocurrido, por ejemplo, con el teléfono -y sin que Fulano tuviera
tiempo y forma de impedirlo, el hombre tomó el celular, lo miró y luego lo miró
a él.
- Hace
40 años -estos aparatos no existían y ahora, al parecer, todos tienen uno. Y
con él no sólo hablan sino que hacen multitud de otras cosas ¿no es verdad? Y
si se remonta algunas décadas más atrás esto sería cosa de ciencia ficción. Nadie
se hubiese imaginado que un aparato como este pudiese existir en realidad. Lo
mismo ha ocurrido con otros portentos que ahora son cosa común, y lo mismo
ocurrirá con los viajes en el tiempo.
Fulano
lo escuchaba en silencio, sin decir nada. Estaba anonadado.
- Mire,
amigo. Puede usted creer o no lo que le estoy diciendo, pero eso no cambiará
las cosas en absoluto. Me preguntó de dónde venía y se lo estoy diciendo: Vengo
del futuro. Cien años en el futuro, y mi encargo es recoger toda la información
de lo que está ocurriendo en estos días, en su país y en el mundo. Ustedes no parecen
darse cuenta de que están viviendo tiempos más que difíciles. Como ustedes suelen
decir, están caminando al borde del precipicio. Algo semejante les ocurrió hace
cien años, por esta misma época. E igualmente cien años más atrás. Épocas de promesas
e incertidumbres. Pero de alguna forma, cien años en el futuro las cosas han
cambiado dramáticamente; y para bien. Lo que nos interesa saber es ¿cómo lo
hicieron?
Fulano
ya no sabía si estaba soñando o estaba despierto. Sólo escuchaba. Pero, luego
de unos momentos de silencio se atrevió a hablar.
- Pero,
no lo entiendo. Aun cuando fuera cierto lo que me está contando ¿por qué me ha
escogido a mí para completar su informe? ¿Qué importancia puede tener lo que yo
diga, haga o piense? Hay miles de personas más calificadas e importantes que yo
que le podrían proporcionar mayor y mejor información. Yo, soy un don nadie.
- Amigo.
Olvidé decirle que usted no es el único a quien he entrevistado. Usted es el
último. Y, precisamente por eso, porque usted dice y se considera ser un don
nadie, es que representa a ese grupo mayoritario que ustedes llaman el pueblo.
Y si algo hemos aprendido en tantos años, es que son los pueblos los que hacen
la historia. El mérito de los líderes es identificar los deseos e intereses ocultos
o manifiestos de la gente, averiguar las tendencias, interpretar los hechos y…
ponerse al frente.
A
estas alturas, Fulano sólo escuchaba en medio de un verdadero enjambre de ideas,
sensaciones y sentimientos encontrados y que él no alcanzaba a valorar ni
entender.
- Pero,
eso es política -logró articular Fulano -y a mí nunca me ha gustado la política.
No la entiendo y creo que jamás la entenderé.
- Ah,
amigo. Muchos dicen eso y no se dan cuenta de que todo lo que es público, corresponde
al ámbito de lo político. Pero en fin, no vamos a hablar de eso ahora. Además, mi propósito ya se ha cumplido y ambos
tenemos cosas que hacer. Gracias por su invalorable ayuda.
Y
tomando el último sorbo exclamó:
- Delicioso
el café. Gracias por eso, también.
El
hombre se despidió, pagó su cuenta y se dirigió a la salida. Fulano, aun en
estado de conmoción por la experiencia vivida se dispuso a hacer lo mismo
cuando de pronto reparó en algo que brillaba sobre la mesa. Era el pequeño
disco iridiscente que el forastero había estado acariciando durante toda la
conversación. Fulano lo tomó y rápidamente se dirigió a la puerta, salió, miró
hacia ambos lados de la calle poco iluminada, pero no logró divisar al
forastero. Se quedó observando un par de minutos y cuando estaba a punto de volver
a entrar creyó percibir en el horizonte un débil destello de luz que duró apenas
unos instantes.
Ya en
el interior y más calmado, Fulano rememoró rápidamente los acontecimientos
vividos, reflexionó por unos momentos y
se dijo:
- Si
estoy en lo cierto, este disco guarda toda la información recogida por este
viajero. No podrá presentar su informe y tendrá que regresar.
Para luego
de unos momentos agregar.
- Y yo
lo estaré esperando.
Fue
así como Fulano de Tal, más sosegado, más seguro de sí mismo y con más
confianza en el futuro, se dispuso a esperar el retorno del Hombre del
Tricentenario.
Petronio 16
de Julio de 2021
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