LA GRAN BATALLA CAMPAL [1]
En una de las esquinas que forman los jirones Huaraz y Pedro Ruiz, en el límite de los populosos distritos de Breña y Pueblo Libre, a media cuadra de donde vivía con mi familia allá por los años cuarenta, existía una bodega de un italiano llamado Juan Onetto a quien todos lo llamaban por su nombre de pila: Juanito. Don Juan era el prototipo de lo que el común de la gente piensa que debe ser un italiano: gordo, jovial, locuaz y “colorado.” Como persona era lo que ahora conocemos como “buena gente”. Su bodega estaba bien surtida y los vecinos de los alrededores solían comprar sus provisiones allí.
El corralón donde vivíamos era bastante amplio y, al lado, había otro mucho más estrecho y más densamente poblado. Era un callejón interminable con vericuetos internos que se perdían en el interior de la manzana a lo largo del cual se apiñaban muchas familias de heterogénea raza y condición social. En una de esas precarias viviendas vivía Palomino, el otro protagonista de nuestra historia.
Yo tendría por ese entonces unos diez años y recuerdo a Palomino como un mocetón que ya bordeaba los dieciocho, fornido y cuadrado, de pelo negro y trinchudo, prototipo del poblador mestizo de estas tierras. Como en todo tiempo y lugar, los muchachos del barrio nos agrupábamos en forma natural por edades, y por esa razón Palomino no formaba parte de nuestro grupo ni participaba en nuestras diarias sesiones de juegos y diversiones; pero como vecino nuestro lo veíamos frecuentemente y nos cruzábamos con él por la calle de vez en cuando. El ya andaba en cosas de adultos y en correrías nada recomendables; pero más lo conocíamos por ser un rudo jugador de fútbol.
La época de vacaciones escolares era una de las más esperadas por grandes y chicos para divertirse a lo grande; pero los días de Carnaval no tenían punto de comparación. Eran días de puro jolgorio en los que todo parecía estar permitido y el juego con agua, baldes, tinas, sifones, globos y chisguetes hacían la delicia de todos, menos, supongo, de nuestras ocasionales víctimas; las chicas del barrio. Aunque es bueno decir que ya por esos años, el juego había comenzado a degenerar, pues en los barrios populares con calles sin pavimentar, el agua formaba grandes charcos de aguas estancadas y hasta allí eran llevadas las pobres víctimas de nuestra “sana diversión” para revolcarlas en el barro. Los “torpedos” eran unas de nuestras armas preferidas. Eran unos paquetitos cilíndricos rellenos de talco envueltas en papel cometa que se lanzaban contra las chicas y que estallaban cuando hacían contacto con sus cuerpos; pero cuando el talco escaseaba los rellenábamos con yeso que era mucho más barato. El único problema era que al contacto con el agua se ponían duros, convirtiéndose en verdaderos proyectiles que seguramente debían doler como piedra; pero eso no nos preocupaba en absoluto. El asunto era divertirse “sanamente”.
El
betún y las pinturas ya iban formando parte del arsenal de los jugadores
callejeros, mientras que por las noches las máscaras, los chisguetes con éter,
las serpentinas y el confeti se hacían presentes en las numerosas reuniones
sociales en casas particulares o en locales institucionales. Lejanos estaban
los días de los Carnavales de antaño que los veteranos solían recordar con
nostalgia. Épocas de Leguía, de los Tumultuosos Años Veinte, de los corsos con
carros alegóricos y reinas de belleza y de los grandes bailes en lugares
públicos o en los salones de exclusivos clubes. Algo quedaba sin embargo de
esas épocas, pues recuerdo haber caminado sobre alfombras de serpentinas
regadas por donde había pasado algún corso el día anterior.
Los Carnavales del año 1945 o del 1946 pusieron frente a frente a los dos personajes de nuestra historia, artífices de una jornada inolvidable que ha quedado grabada para siempre en la memoria de quienes la presenciamos y que aún vivimos para contarla. Yo la recuerdo así.
Eran las primeras horas de la tarde de ese día de Carnaval. El juego con agua había sido intenso y la gente, sobre todo los chicos como yo, estábamos en la calle conversando o buscando “nuevas víctimas” para mojarlas con agua o lanzarles torpedos de talco o de yeso. Don Juanito, en su esquina, disfrutaba tomando vino en compañía de seis connacionales, todos semejantes a él, sobre todo en volumen, peso y fortaleza.
Palomino, por su parte, también disfrutaba a su modo de las fiestas y con sus amigos trataban de combatir el calor con grandes cantidades de cerveza, luego de haber librado un ardoroso partido de futbol callejero. Cuando el “combustible” empezó a escasear decidieron comprar más y encomendaron a Palomino la misión de traer otra caja de la bodega de Don Juan. Palomino cumplió el encargo; pero algo debió andar mal, porque al llegar de regreso a donde estaban sus amigos con la susodicha caja cargada sobre el hombro, apareció don Juan reclamando el pago respectivo. Palabras van, palabras vienen, lo cierto es que las cosas lejos de aclararse se complicaban más y como las palabras no bastaban, vinieron los insultos, luego, las manos y por último los pies.
Para ese entonces, ya no solo discutían Palomino y Don Juan sino los seis italianos que se acercaron a respaldarlo y, de otra parte, todo el equipo de fútbol que acompañaba a nuestro compatriota. La cuadra se iba llenando de gente que salía de sus casas o venía de más lejos atraída por la trifulca y el conato de pelea. Evidentemente ya no se trataba de un lío local por el pago o no pago de unas cervezas, sino de una contienda de proporciones en la que estaba de por medio el honor nacional.
Nunca he sido testigo de una gresca descomunal como la que se armó ese día, y sólo en alguna película de Chaplin recuerdo haber visto a todo un barrio liándose a golpes. Al final ya no sólo eran los italianos y los amigos de Palomino quienes se trenzaban entre sí, sino que la frontera entre contendientes y espectadores resultaba difusa y no se sabía dónde fijar la atención para no perderse detalles del inusitado espectáculo. En algo se asemejaba a un circo de tres pistas; sólo que en este caso no eran tres sino al menos seis pistas móviles que se ensanchaban y comprimían a medida que los “artistas” se desplazaban por el “escenario”. Había golpes de todo tipo y para todos los gustos: empujones, puñetes, cabezazos, puntapiés, contra suelazos, chalacas y cuanto golpe se había inventado hasta la fecha. Las artes marciales de Oriente no habían llegado al Perú todavía. Estaban en un lejano futuro.
No llegué a precisar que bando ganó la pelea; pero una imagen ha quedado grabada en mi memoria como colofón de aquella singular contienda con ribetes de epopeya popular; y es la de un Palomino plantado en el piso con los pies separados y las manos en la cintura desafiando a uno de los italianos agresores a que le lanzara un puntapié. Y luego del terrible golpe aguantado a pie firme y sin gesto alguno de dolor, escuchar a Palomino vanagloriarse de su fortaleza física.
Mis recuerdos llegan hasta allí. Repito, no sé cómo terminó la pelea, ni si hubo o no un ganador, o si Palomino y sus muchachos llegaron a pagar las cervezas. Creo que al final todos perdieron, pues terminaron seriamente magullados y con sus huesos en la comisaría. Pero a mí, siempre me quedó la sospecha de que algo dentro del macizo cuerpo de Palomino debió quedar dañado, aunque él, en ese momento, no diera muestras de ello.
Muchos años después, cuando mi afición por la lectura me puso en contacto con la obra de Julio Ramón Ribeyro, uno de los mejores narradores peruanos, mi cerebro asoció dos sucesos aislados que debieron ocurrir casi por la misma época, pero en distintos lugares de la ciudad. Ambos han quedado registrados a través de dos relatos desparejos: uno, el que casi anónimamente rememoro en estas líneas y otro, el que Ribeyro relata en el cuento titulado “El Próximo Mes me Nivelo” y que forma parte de su famosa colección La Palabra del Mudo. El paralelismo es un poco extraño y tal vez algo forzado. El escenario de mi relato es una calle cualquiera de un barrio pobre de Breña y el de Ribeyro, las calles del aristocrático distrito de Miraflores. Los protagonistas de mi historia son dos, Palomino y Juanito; pero los actores secundarios y los espectadores suman cientos. Los protagonistas de Ribeyro son Alberto y su antagonista el cholo Gálvez, y los testigos de su pelea interminable por las calles miraflorinas apenas llegan a la docena. En ambos casos se trata de un duelo a la criolla en donde el arma principal es el puntapié. Al final lo que ha quedado, sugerente y perdurable, son las patadas que Palomino y su homólogo Alberto acusan en el abdomen, de cuyas secuelas y consecuencias no se dice nada explícito, dejándolas libradas a la imaginación o al olvido.
Apéndice
Hace poco, impensadamente, conocí por boca de mi hermano mayor el final de esta pequeña historia, dándole un toque de suspenso a la narración.
La superioridad de los italianos era evidente, comparada con la de los amigos de Palomino, y el final se precipitó cuando uno de ellos apareció con un cuchillo en la mano. Este nuevo y letal elemento precipitó el debande de los jovenzuelos y en especial de Palomino quien, sin pensarlo dos veces, corrió raudamente a esconderse en su vivienda seguido a escasos metros de distancia por el agresor. En la calle, la muchedumbre contemplaba la escena con estupor esperando lo peor, un fatal desenlace. Los minutos transcurrieron tensamente hasta que en un determinado momento reapareció el italiano. Todos miraban la punta del cuchillo esperando morbosamente ver sangre en él: pero dieron un suspiro de alivio al comprobar que estaba seco. Palomino había tenido el buen tino de no esconderse en su cuarto sino en el de un vecino, dentro de un baúl. No lo encontraron. De otro modo, este relato hubiese terminado de otra manera. De una manera siniestra.
Petronio. La
Molina, 26 de abril de 2009
[1] Este relato forma parte de una colección de recuerdos de infancia que algún día podré publicar.
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