domingo, 1 de agosto de 2021

LA CIUDAD INMÓVIL

 

LA CIUDAD INMOVIL

La alarma del reloj despertador sonaba estrepitosa cuando finalmente Luís Alberto abrió los ojos y de un manotazo la apagó. Eran las 4:30 de la madrugada de aquel día que sería inolvidable, aunque él en ese momento aún no lo sabía.

De mala gana se levantó de la cama y se dirigió al baño como un autómata mientras cruzaba por su cabeza una idea cada vez más persistente. Si las cosas continuaban así tendría que ajustar la alarma más temprano para poder llegar a tiempo a su trabajo en el centro de la ciudad.

Apresuradamente se duchó, cambió de ropa y preparó un magro desayuno consistente en un jugo, un café y unas tostadas. El tiempo no le daba para más. El huevo frito y el tocino quedarían para otra ocasión. Se le estaba haciendo tarde mientras en la radio escuchaba una información que por falsa y rutinaria ya sonaba ridícula: Congestión vehicular entre las avenidas tal y cual, tome la ruta alterna”. ¡Como si realmente existieran rutas alternas! renegaba él.  Guardó unos papeles en su maletín, echó llave a la puerta y accedió a la cochera disponiéndose a salir en su carro. Abrió la puerta levadiza con el control remoto y fue entonces cuando se dio cuenta de que algo raro estaba sucediendo. La salida estaba bloqueada por un automóvil. Molesto, salió a la calle dispuesto a llamarle la atención al intruso cuando al fijarse mejor no pudo contener su estupor. No era un solo carro el que bloqueaba la salida. Eran varios, muchos; mejor dicho, parecía que todos los carros del mundo se hubieran agolpado en la puerta de su casa y los alrededores.

Incrédulo y con los ojos desorbitados Luís Alberto contemplaba un paisaje surrealista. Toda su calle y las aledañas hasta donde su vista podía alcanzar, estaban colmadas de vehículos de todo tipo que pugnaban inútilmente por avanzar, retroceder o salir de cualquier manera del descomunal atolladero. Hasta las veredas habían sido invadidas por algunos vehículos en su afán de encontrar una salida. Y la quietud de la noche se había quebrado por un endemoniado concierto de bocinas.   

Pero no sólo había vehículos en las calles. A medida que comenzaba a clarear el día, regueros de hormigas humanas comenzaban a divisarse serpenteando en medio de las unidades vehiculares. Pequeños riachuelos de gente iban engrosando hasta formar verdaderos ríos humanos cruzando calles, plazas y parques en distintas direcciones con rumbo a sus lugares de destino. Convencidos de que los vehículos no podían moverse y que ni ellos ni la policía serían capaces de deshacer los nudos ya formados, los choferes optaban por echar llave a sus vehículos y abandonarlos donde estaban con la vana esperanza de que horas más tarde podrían recogerlos y movilizarse.

Luís Alberto no tuvo más remedio que imitar al resto. Dejó su carro en el garaje. Bajó la puerta levadiza y salió a la calle incorporándose a una de las caravanas. Aunque su centro de trabajo quedaba a varios kilómetros de distancia, calculó a groso modo que caminando llegaría mucho más rápido que por cualquier medio de transporte. En realidad, recién se percataba de que debió hacer eso hace tiempo y no insistir en salir en su carro cada vez más y más temprano.

A medida que avanzaba lentamente le entró la curiosidad por saber la verdadera magnitud de la congestión vehicular de ese día. En algún lugar, se decía, en la periferia de la ciudad la congestión debería ser menos densa, permitiendo el movimiento de los carros y poder empezar a desentrampar el descomunal embrollo.

Luís Alberto cedió a su curiosidad y, en lugar de encaminarse a su trabajo en el centro, se dirigió en dirección opuesta por la avenida principal. Caminó varios kilómetros sin encontrar variación. El panorama era el mismo y la congestión total y compacta. Siguió caminando cada vez con mayor curiosidad y cuando ya se encontraba bastante alejado pudo darse cuenta de la magnitud del problema. Muchos carros ya habían agotado su combustible y era imposible moverlos. Las grúas y los vehículos de emergencia no podían entrar ni salir del océano de carros detenidos. Los vehículos, tanto de carga como de pasajeros llegados del exterior no podían retroceder para intentar escapar del congestionamiento o evitar incrementarlo. Y, además, ¿a dónde podían ir si su destino era la capital?

Pequeñas hordas de delincuentes en bandas organizadas o improvisadas empezaban a formarse causando destrozos y desmantelando los carros abandonados. Y, de paso, dedicándose a saquear las casas adyacentes mientras en ciertas zonas de la ciudad, policías en helicópteros arrojaban gases lacrimógenos para intentar controlar la situación, causando mayor confusión y caos entre la gente.

Luís Alberto optó por retornar a su casa deseoso de escuchar las noticias por radio, TV y las redes sociales para saber qué hacer. Mientras caminaba, comenzó a divisar columnas de humo en algunos lugares; no sólo en la periferia sino también en el centro de la ciudad. Apresuró su marcha y cuando llegó a su casa pasado ya el mediodía las primeras explosiones empezaron a sentirse. No podía precisar si provenían de armas de fuego, bombas caseras o los motores incendiados por las turbas. Probablemente eran de las tres fuentes. Luís Alberto echó llave y trancó puertas y ventanas, encendió las alarmas y revisó su congelador para ver las provisiones que tenía. Temía que la anómala situación podía prolongarse por tiempo indeterminado y no quería ser tomado desprevenido.

Lo cierto era que el caos vehicular había llegado a donde tenía que llegar. Las horas punta se habían extendido a todo el día y las zonas de congestión cubrían ahora casi toda la ciudad. Las autoridades encargadas habían demostrado su total ineptitud para encontrar la solución a un viejo problema que había hecho metástasis. La paralización del parque automotor era total y absoluta; con todas las consecuencias derivadas de esta.

Luís Alberto sacó la pistola que tenía guardada en su escritorio, la aprovisionó y tensamente se dispuso a esperar. Pronto llegaría la noche y las cosas podrían empeorar. Algunas emisoras ya habían dejado de funcionar y en las redes las noticias eran cada vez más alarmantes. Oleadas de mensajes mencionando al terrorismo, el Armagedón, el Día del Juicio, Nostradamus, el Anticristo y otros presagios agoreros cruzaban el ciberespacio invitando o conminando al arrepentimiento.

Las primeras sombras de la noche empezaron a extenderse por toda la ciudad; pero en ciertas zonas el alumbrado público no se encendió. Los faros de los carros suplieron por un tiempo esa ausencia; pero con el transcurrir de las horas se fueron extinguiendo.  

Las últimas noticias que Luis Alberto pudo escuchar se referían al toque de queda y la ley marcial decretadas por el gobierno y la salida a las calles de miembros del Ejército y de la Marina para tratar de controlar la situación. Apagó todas las luces de la casa y se acercó a la ventana de la sala para atisbar por una rendija el exterior y un escenario alucinante se ofreció ante sus ojos: Luchando contra las tinieblas subsistían aún las menguantes luces amarillentas de los carros y las provenientes del interior de algunos edificios; pero otras rojizas empezaban a iluminar la noche. Cimbreantes lenguas de fuego, cada vez más numerosas, empezaban a aparecer en diferentes puntos de la ciudad elevándose al cielo creando un dantesco espectáculo que lo estremeció. 

Revisó y reforzó nuevamente puertas y ventanas y en un determinado momento comenzó a prestar atención a un creciente y ominoso rumor; una rara mezcla de voces, gritos, golpes y sonidos indescifrables se iba acercando por la calle. Luís Alberto se preparó para lo peor.   

Lima se había convertido no sólo en una Ciudad Inmóvil sino en algo mucho peor, una ciudad siniestra, violenta y peligrosa: una ciudad que alguien premonitoriamente había llamado La Horrible.

Petronio                                              12 de agosto de 2019                                                       

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