LA CIUDAD INMOVIL
La
alarma del reloj despertador sonaba estrepitosa cuando finalmente Luís Alberto
abrió los ojos y de un manotazo la apagó. Eran las 4:30 de la madrugada de
aquel día que sería inolvidable, aunque él en ese momento aún no lo sabía.
De
mala gana se levantó de la cama y se dirigió al baño como un autómata mientras cruzaba
por su cabeza una idea cada vez más persistente. Si las cosas continuaban así
tendría que ajustar la alarma más temprano para poder llegar a tiempo a su trabajo
en el centro de la ciudad.
Apresuradamente
se duchó, cambió de ropa y preparó un magro desayuno consistente en un jugo, un
café y unas tostadas. El tiempo no le daba para más. El huevo frito y el tocino
quedarían para otra ocasión. Se le estaba haciendo tarde mientras en la radio
escuchaba una información que por falsa y rutinaria ya sonaba ridícula: Congestión vehicular entre las avenidas tal y
cual, tome la ruta alterna”. ¡Como si
realmente existieran rutas alternas! renegaba él. Guardó unos papeles en su maletín, echó llave
a la puerta y accedió a la cochera disponiéndose a salir en su carro. Abrió la
puerta levadiza con el control remoto y fue entonces cuando se dio cuenta de que
algo raro estaba sucediendo. La salida estaba bloqueada por un automóvil. Molesto,
salió a la calle dispuesto a llamarle la atención al intruso cuando al fijarse
mejor no pudo contener su estupor. No era un solo carro el que bloqueaba la salida.
Eran varios, muchos; mejor dicho, parecía que todos los carros del mundo se hubieran
agolpado en la puerta de su casa y los alrededores.
Incrédulo
y con los ojos desorbitados Luís Alberto contemplaba un paisaje surrealista.
Toda su calle y las aledañas hasta donde su vista podía alcanzar, estaban colmadas
de vehículos de todo tipo que pugnaban inútilmente por avanzar, retroceder o
salir de cualquier manera del descomunal atolladero. Hasta las veredas habían
sido invadidas por algunos vehículos en su afán de encontrar una salida. Y la quietud
de la noche se había quebrado por un endemoniado concierto de bocinas.
Pero
no sólo había vehículos en las calles. A medida que comenzaba a clarear el día,
regueros de hormigas humanas comenzaban a divisarse serpenteando en medio de las
unidades vehiculares. Pequeños riachuelos de gente iban engrosando hasta formar
verdaderos ríos humanos cruzando calles, plazas y parques en distintas
direcciones con rumbo a sus lugares de destino. Convencidos de que los
vehículos no podían moverse y que ni ellos ni la policía serían capaces de
deshacer los nudos ya formados, los choferes optaban por echar llave a sus vehículos
y abandonarlos donde estaban con la vana esperanza de que horas más tarde
podrían recogerlos y movilizarse.
Luís
Alberto no tuvo más remedio que imitar al resto. Dejó su carro en el garaje.
Bajó la puerta levadiza y salió a la calle incorporándose a una de las
caravanas. Aunque su centro de trabajo quedaba a varios kilómetros de
distancia, calculó a groso modo que caminando llegaría mucho más rápido que por
cualquier medio de transporte. En realidad, recién se percataba de que debió hacer
eso hace tiempo y no insistir en salir en su carro cada vez más y más temprano.
A
medida que avanzaba lentamente le entró la curiosidad por saber la verdadera
magnitud de la congestión vehicular de ese día. En algún lugar, se decía, en la
periferia de la ciudad la congestión debería ser menos densa, permitiendo el
movimiento de los carros y poder empezar a desentrampar el descomunal embrollo.
Luís
Alberto cedió a su curiosidad y, en lugar de encaminarse a su trabajo en el
centro, se dirigió en dirección opuesta por la avenida principal. Caminó varios
kilómetros sin encontrar variación. El panorama era el mismo y la congestión
total y compacta. Siguió caminando cada vez con mayor curiosidad y cuando ya se
encontraba bastante alejado pudo darse cuenta de la magnitud del problema.
Muchos carros ya habían agotado su combustible y era imposible moverlos. Las grúas
y los vehículos de emergencia no podían entrar ni salir del océano de carros
detenidos. Los vehículos, tanto de carga como de pasajeros llegados del
exterior no podían retroceder para intentar escapar del congestionamiento o
evitar incrementarlo. Y, además, ¿a dónde podían ir si su destino era la
capital?
Pequeñas
hordas de delincuentes en bandas organizadas o improvisadas empezaban a formarse
causando destrozos y desmantelando los carros abandonados. Y, de paso, dedicándose
a saquear las casas adyacentes mientras en ciertas zonas de la ciudad, policías
en helicópteros arrojaban gases lacrimógenos para intentar controlar la
situación, causando mayor confusión y caos entre la gente.
Luís
Alberto optó por retornar a su casa deseoso de escuchar las noticias por radio,
TV y las redes sociales para saber qué hacer. Mientras caminaba, comenzó a
divisar columnas de humo en algunos lugares; no sólo en la periferia sino
también en el centro de la ciudad. Apresuró su marcha y cuando llegó a su casa pasado
ya el mediodía las primeras explosiones empezaron a sentirse. No podía precisar
si provenían de armas de fuego, bombas caseras o los motores incendiados por
las turbas. Probablemente eran de las tres fuentes. Luís Alberto echó llave y
trancó puertas y ventanas, encendió las alarmas y revisó su congelador para ver
las provisiones que tenía. Temía que la anómala situación podía prolongarse por
tiempo indeterminado y no quería ser tomado desprevenido.
Lo
cierto era que el caos vehicular había llegado a donde tenía que llegar. Las
horas punta se habían extendido a todo el día y las zonas de congestión cubrían
ahora casi toda la ciudad. Las autoridades encargadas habían demostrado su
total ineptitud para encontrar la solución a un viejo problema que había hecho
metástasis. La paralización del parque automotor era total y absoluta; con todas
las consecuencias derivadas de esta.
Luís
Alberto sacó la pistola que tenía guardada en su escritorio, la aprovisionó y tensamente
se dispuso a esperar. Pronto llegaría la noche y las cosas podrían empeorar. Algunas
emisoras ya habían dejado de funcionar y en las redes las noticias eran cada
vez más alarmantes. Oleadas de mensajes mencionando al terrorismo, el
Armagedón, el Día del Juicio, Nostradamus, el Anticristo y otros presagios
agoreros cruzaban el ciberespacio invitando o conminando al arrepentimiento.
Las
primeras sombras de la noche empezaron a extenderse por toda la ciudad; pero en
ciertas zonas el alumbrado público no se encendió. Los faros de los carros suplieron
por un tiempo esa ausencia; pero con el transcurrir de las horas se fueron
extinguiendo.
Las
últimas noticias que Luis Alberto pudo escuchar se referían al toque de queda y
la ley marcial decretadas por el gobierno y la salida a las calles de miembros del
Ejército y de la Marina para tratar de controlar la situación. Apagó todas las
luces de la casa y se acercó a la ventana de la sala para atisbar por una
rendija el exterior y un escenario alucinante se ofreció ante sus ojos:
Luchando contra las tinieblas subsistían aún las menguantes luces amarillentas
de los carros y las provenientes del interior de algunos edificios; pero otras
rojizas empezaban a iluminar la noche. Cimbreantes lenguas de fuego, cada vez
más numerosas, empezaban a aparecer en diferentes puntos de la ciudad
elevándose al cielo creando un dantesco espectáculo que lo estremeció.
Revisó
y reforzó nuevamente puertas y ventanas y en un determinado momento comenzó a
prestar atención a un creciente y ominoso rumor; una rara mezcla de voces,
gritos, golpes y sonidos indescifrables se iba acercando por la calle. Luís
Alberto se preparó para lo peor.
Lima
se había convertido no sólo en una Ciudad Inmóvil sino en algo mucho peor, una
ciudad siniestra, violenta y peligrosa: una ciudad que alguien premonitoriamente
había llamado La Horrible.
Petronio 12 de
agosto de 2019
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