martes, 24 de agosto de 2021

EL RETORNO DE MI AMIGO EL GENIO

Raúl es su nombre. Y aunque ya lo he mencionado alguna vez lo repito ahora, como preámbulo para presentar su más reciente genialidad.

Hola Sandoval, ¿sabes que he inventado dos ciencias?”

Esas fueron las primeras palabras que le escuché por teléfono una lejana noche de los años noventa. No nos habíamos comunicado por 10 o 15 años y no se le ocurrió mejor idea que reanudar así nuestra conversación.

Nos conocimos cursando el último año de secundaria en la Gran Unidad Escolar Bartolomé Herrera, y nuestra mutua afición por las matemáticas fue el factor que selló nuestra amistad hasta ahora. Y hasta siempre.

Estudió ingeniería mecánica y eléctrica en la UNI, como yo, pero por alguna razón que ya no recuerdo, él se retrasó un año, aunque siempre nos frecuentábamos. Terminamos la carrera y cada uno siguió su camino y nos perdimos de vista salvo esporádicas veces; hasta que recibí esa llamada inusual.

Conversamos por media hora para ponernos al día sobre nuestras vidas. Él había viajado a Holanda a estudiar ingeniería naval. Había aprendido el idioma en tres meses (le creo), había construido barcos, había ganado mucho dinero y todo lo invirtió en un proyecto de grúas pórtico en la época dorada de la pesca, cuando Perú se convirtió en el primer país del mundo en pesca de anchoveta y otras especies. Hasta el colapso de la industria en los años setenta.

Lo perdió todo, pero él ya estaba embarcado en otros proyectos originales: galletas a base de polvo de pescado libre de histaminas, para alimentar a los niños de Biafra y el hambre en otras partes del mundo; el diseño y construcción de una máquina agrícola apropiada para los minifundios del Perú, ¡una máquina que no iba a rodar sino a caminar!; la fabricación artesanal de licores (me obsequió una botella de cerveza para mi santo); la utilización del camote chancho que se arrojaba en las chacras de la costa,  para convertirlas en alimento para humanos; y en varias cosas más.

Nuestros encuentros vía telefónica o presenciales siempre fueron así de informales. A veces semanales o mensuales y otras veces anuales, como ahora. Y en alguna de esas ocasiones me alcanzó copia de sus elucubraciones que aún conservo y que terminaron de convencerme de que no me estaba “hablando piedras”. Tenía, y tiene, una vasta cultura en ciencias, tecnología, matemáticas, filosofía, antropología e historia, que han sido el soporte de todos sus proyectos e inventos.

Pero, hay algo que lo traiciona cuando uno lo ve y lo escucha. Es negro, y su aspecto y comportamiento no auguran algo extraordinario sino, más bien, despiertan los prejuicios que tenemos arraigados contra personas extravagantes como él. A él no le importa, pero conspira en su contra. Sólo cuando uno se gana su confianza y demuestra genuino interés por los temas que aborda, su conversación resulta fluida y amena y hace olvidar el transcurso del tiempo. No es un soñador ni un idealista sino alguien sumamente práctico. Es un ingeniero.

Y si alguien me preguntase cuáles son las dos ciencias que había inventado mi amigo yo respondería: Filosofía de Máquinas y Antroponomía. Así las bautizó él y así han quedado para su propio recuerdo y el mío. Y no sé si alguna de estas dos ciencias le habrá servido para conquistar a las muchas chicas que conoció en sus buenos tiempos. Porque al fin y al cabo los genios también son seres humanos, aunque tengan sus excentricidades. 

Le he pedido permiso para difundir su último invento. Es un video casero de una máquina deshuesadora de anchoveta o pejerrey (Ver el video en archivo aparte). Me dice que le ha tomado 6 años en desarrollarla. Ustedes dirán si ha valido la pena y yo le he preguntado ¿Cuál es el siguiente paso? Creo que ni él mismo lo sabe; y yo he llegado a la conclusión de que lo que lo motiva es el puro placer de someter a prueba su talento.

Pero también me pregunto si mi amigo no es uno de los tantos genios desperdiciados que tiene nuestro Perú.

Petronio                                                                                                 22 de abril de 2021 

 EL ÚLTIMO MIAU

El pasado 22 de junio, a una edad muy avanzada, falleció Tama-chan, Jefa de Estación del Ferrocarril de Kishi en Japón. A su funeral acudieron miles de personas y el presidente de la compañía matriz declaró que sería honrada como una diosa y enterrada en un santuario Shinto. 

Allá por el 2006 la estación de Kishi era una de las 12 paradas obligadas de un tren rural entre las ciudades de Wakayama y Kishigawa, pero perdía 500 millones de yenes anuales. Todo apuntaba a que debía ser cerrada; pero sus clientes, los pasajeros, se opusieron y dijeron no. De manera que fue vendida a la Wakayama Electric Railway (WER), que despidió al último empleado en Kishi y designó al bodeguero de la estación como guardián informal de la misma. Al año siguiente, Tama-chan fue nombrada Jefa de Estación.

Trabajó todos los días de su vida de 9:00 a.m. a 5:00 p.m., excepto los domingos. Por su figura excepcional y sus buenos modales fue ganándose la simpatía de los pasajeros del tren y como consecuencia el tráfico del ramal de Kishi incrementó en un 10% el primer año y a partir de allí siguió haciéndolo todos los años. Los turistas acudían de todos los confines de Japón para conocer a tan extraordinaria personalidad. El presidente de la línea ferroviaria estimaba que gracias a ella la economía local había crecido en más de mil millones de yenes.

En el 2009 un tren, el Tama-densha, denominada en su honor, empezó a recorrer la vía con su imagen en todos los asientos. Al año siguiente la estación fue reconstruida con la forma de su cabeza y una cafetería abrió con su retrato perennizado en cada cupcake que vendía.  Una tienda de regalos ofrecía bolsas Tama, libretas, llaveros, figurines y todo tipo de suvenires con su imagen.

En reconocimiento por su contribución a los ingresos de la compañía, Tama-chan fue promovida a súper-jefe de estación, luego a jefe honorario de división, oficial operativo de la WER y, finalmente, a vicepresidente de la compañía matriz. Ostentando ese alto cargo, el pasado 22 de junio, Tama –chan cerró sus ojos verdes y lanzó su último suspiro o, para decirlo con mayor propiedad, su último miau. Tenía la avanzada edad de 16 años.

Cuando Tama-chan nació en un rincón de la sala de espera de la estación de Kishi, su futuro no auguraba nada brillante. Sin embargo, apenas abiertos sus ojos, rodó lánguidamente sobre su espalda, torció su cuello para lamerse el lomo y contempló la hermosa combinación de parches alternados negros y marrones que le indicaban que no era una gata cualquiera sino alguien perteneciente a una raza muy especial apreciada y venerada desde antaño en todo Japón por sus dones para alejar los malos espíritus, proteger a los necesitados y atraer la buena fortuna.

Ahora, en la otra vida, Tama-chan, la Divina, debe estar gozando de las delicias del paraíso gatuno cazando ratones; pero en ésta, su sucesora Nitama (la Segunda Tama) ha asumido sus funciones y responsabilidades, no sólo con los pasajeros del Tama-densha sino además con los del Tren de Juguete y el Tren Fresa; porque, al fin y al cabo, la vida continua y los negocios también.

 (De la página obituaria de la revista The Economist).

Petronio                                                                                         5 de septiembre de 2015    

EN EL PARAISO

Una alegre y buena amiga mía cayó víctima del coronavirus y fue a dar al cielo, porque había sido una buena persona durante su vida en la tierra.

Apenas llegada, fue conducida por un grupo de ángeles ante la presencia del Dios Padre quien la recibió con una amable sonrisa de bienvenida.

-          Bienvenida al Paraíso, hija mía -se le escuchó decir con una voz sublime que llenaba todos los rincones del inmenso recinto.

-          Se lo agradezco, Señor. Es una dicha inmensa estar aquí y en su presencia -atinó a decir mi amiga.

-          Tú te lo has ganado, hija mía. El mérito es todo tuyo. Y esta es tu recompensa.

-          Gracias, Señor.

-          Pero, dime ¿Qué es lo que hacías en tu vida terrenal? ¿A qué te dedicabas?

-          Yo, Señor. Yo bailaba. Toda mi vida he bailado.

-          ¡Qué interesante! Entonces, debes bailar muy bien.

-          Bueno, Señor. Es que siempre he sido una persona alegre y creo haberle dado alegría a la gente. A toda la que he podido.

-          Estoy seguro de que así ha sido, hija mía. Y es por eso por lo que estás aquí. Pero, dime ¿podrías darnos una muestra de tus habilidades de bailarina?

-          Claro que sí, Señor. Sería un honor incomparable poder hacerlo, pero… -respondió emocionada mi amiga, dudando un poco antes de proseguir.

-          Yo siempre bailo acompañada y… ¿Podría sacarme a bailar?

Desconcertado por ese pedido que no esperaba, el Padre Eterno guardó silencio por unos segundos y le respondió así:

-          Tú sabes, hija mía, que yo soy Eterno y tú necesitas a alguien más joven que yo para bailar -y levantando un poco la voz llamó:

-          ¡Jesús! -y al instante éste apareció, se acercó a mi amiga, la tomó delicadamente del talle y de la mano, y para deleite del Dios Padre y de los ángeles allí presentes, empezaron a bailar al compás de una melodía celestial.

Así empezó mi amiga, su primer día en el Paraíso.

Petronio                                                                                                     11 de abril de 2020 

lunes, 23 de agosto de 2021

 

CONVERSACION ENTRE DIOS Y FRANCISCO

-          ¡Francisco! ¡Francisco!

Una Voz que parecía provenir de todas partes y de ninguna llenó la amplia habitación donde un hombre dormía plácidamente, hasta ese momento. Se revolvió entre la suavidad de su ropa de cama, dio un profundo suspiro y … continuó durmiendo.

-          ¡Francisco! ¡Francisco!

Se volvió a escuchar la Voz en un tono más potente pero afectuoso. Esta vez el durmiente abrió los ojos, se sentó en la cama, sacudió su cabeza para despercudirse y casi mecánicamente respondió:

-          ¿Sí? ¡Ah! Sos Vos, Señor.

-          Sí Francisco. Yo soy. Debes estar muy cansado porque he tenido que llamarte dos veces.

-          Disculpame, Señor. Tenés razón. Acabo de retornar a Roma luego de una intensa jornada pastoral por varios países; el último de los cuales ha sido Perú. Una jornada extenuante, pero a la vez sumamente grata. Y aunque los años pesan, Señor, me siento muy feliz.

-          Lo sé, Francisco. Lo sé. Y por eso te he llamado. Para decirte que estoy muy complacido con tu labor pastoral y para darte ánimos y la fortaleza necesaria para la labor que todavía tienes por delante.

-          ¿Aún más, Señor? – pregunta el hombre mientras termina de vestirse.

-          Aún más, Francisco. Hasta el último día. Hay todavía muchísimo que hacer, como decía un poeta peruano que ambos conocemos.

-          Que se haga Tú voluntad Señor; no la mía.

La Voz, entonces, adoptó un tono más íntimo y coloquial.

-          ¿Sabés, Francisco, que sigo paso a paso tus andares y observo complacido cómo, a lo largo de tu camino, la gente se alegra con tu presencia, se conmueve con tu palabra y se llena de esperanza?

-          Dones que vos me has dado, Señor.

-          Y que tú usás muy bien. Pero, decime Francisco. Tengo una curiosidad. Ahora que has retornado ¿Cómo fue tu paso por Lima? ¿Has revisado bien tus cosas? ¿No te faltá nada? ¿El anillo, la billetera, el celular?

-          No, Señor. Nada me falta… creo. – responde Francisco un tanto confundido por la pregunta.

-          Pues no te sorprendas, Francisco. ¡Los milagros ocurren! Y éste ha sido uno de marca mayor. Yo sólo quería escucharlo de tus propios labios.

-          Tenés razón, Señor. No se me había ocurrido. Pero; sacame de una duda. Yo soy argentino, pero vos no. ¿Por qué entonces hablás como argentino?

-          Te olvidás Francisco de que Yo poseo el don de lenguas y que tú eres el primer argentino que tengo como vicario.  ¿No te parece que es una buena oportunidad para practicar?

-          Tenés razón, Señor. Y si querés podemos hablar en lunfardo también -dijo Francisco entrando un poco más en confianza.

-          Podríamos, Francisco; pero por ahora es suficiente. Tal vez en otra ocasión. Pero, cuéntame – dijo la Voz recobrando el tono solemne - Parece que no te fue muy bien en Chile. Te hicieron pasar un mal rato. ¿Verdad?

-          Bueno, Señor. Es cierto; pero eso no fue nada comparado con lo que Tu Hijo sufrió cuando pasó por este mundo. Y, además, el recibimiento que tuve en Perú compensó con creces la frialdad y hostilidad del pueblo chileno.

-          ¿Y qué crees que podríamos hacer para avivar un poco más la fe de ese pueblo?

-          Ahora que lo mencionas, hemos estado pensando en eso seriamente y en una tormenta de ideas que promoví, alguien sugirió que tal vez un terremotito de grado 8 podría…

-          ¡Ni se te ocurra! Francisco. ¡Ni se te ocurra! – interrumpió la Voz. Hace ya mucho tiempo que abandonamos esos métodos, por crueles, indiscriminados e ineficaces. Eso se lo hemos dejado a la competencia.

-          Lo entiendo, Señor. Y perdoname por siquiera haberlo mencionado.

-          No te preocupes Francisco. Sé que tú eres incapaz de pensar en una cosa semejante; pero te sugiero que deberías preocuparte por conocer un poco más a quienes te asesoran. Sin embargo; algo hay que sí puedes hacer por ese pueblo. ¿Qué te parece una segunda visita?

-           Señor ¡Aparta de mí ese cáliz! Yo ya hice lo que pude. Si hay necesidad de otra visita te ruego que se lo pidás a mi sucesor. Yo ya tuve suficiente.

-          Ah, mi querido Francisco. Sólo era una broma. Sabes que también sé hacer bromas de vez en cuando. ¿Verdad?

-          Sí, Señor; pero por un momento pensé que estabas hablando en serio. Y hablando en serio ¿Puedo pedirte un favor?

-          El que quieras Francisco. Dime.

-          Señor. Tú sabés que me gusta el fútbol y que soy hincha del San Lorenzo de Almagro desde niño. Y que vamos en segundo puesto en la tabla de posiciones, muy cerquita de Boca. Los muchachos son buenos jugadores; pero una pequeña ayudita de tu parte no nos vendría mal.

-          ¡Francisco! ¡Qué me estás proponiendo! – dijo la Voz, alzando el tono de voz.

-          Perdoname, Señor. No me malinterpretes y miralo desde este punto de vista. Todo el mundo sabe de mis preferencias en el fútbol y en Argentina todos creen que, ahora que soy tu representante en la tierra, puedo hacer algo por el equipo de mis amores. ¿Te podés imaginar lo que ocurriría si San Lorenzo no alcanza el campeonato? Sería una enorme decepción para la hinchada e incluso para el resto de los argentinos. Y eso afectaría mi imagen y credibilidad. Y, me atrevería a decir que, también la tuya. Tú sabés cómo somos los humanos.

-          ¡Francisco! ¡Francisco! Posees una argumentación formidable y un poder de convencimiento únicos; pero sabes bien que yo no hago distingos ni tengo preferencias por nadie, ni hago trampas; pero algo se me ocurrirá, o tal vez a ti. Yo confío en tu imaginación y perspicacia, y si tienes algo en mente, te doy mi absolución por adelantado. Yo me haré el de la vista gorda.

-          Gracias, Señor. Gracias. Y… ¿Puedo pedirte un último favor?

-          Claro que sí mi querido Francisco. ¿No sabes acaso de que el que pide al Cielo y pide poco es un loco?  Y a pesar de que el mundo parece estar vuelta de cabeza con sus problemas, tú no estás loco todavía ¿verdad? Dime, Francisco. ¿Qué es lo que me quieres pedir?

-          Sólo una cosa más, Señor. ¡Reza por mí!

 

Petronio                                                                                           23 de enero de 2018

 

 

 

 

 

 

 

MATERNIDAD

(Relato futurista… aunque no tanto)

“A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti.”

Génesis 3:16 – Reina Valera 1960

 


Era ya pasado el mediodía cuando Luciana Benavides, alta ejecutiva de la Empresa de Comunicaciones del Futuro, decidió terminar su jornada de trabajo y se dispuso a acudir a la cita que tenía concertada en el CNFH. Se levantó de su cómodo sillón, cerró el lujoso ejemplar del libro que le habían obsequiado por su cumpleaños y encaminó sus pasos hacia la puerta de la amplia oficina que se abrió automáticamente al acercarse a ella. Dio unas cuantas instrucciones a su secretaria indicándole que no regresaría esa tarde a trabajar y con paso seguro se dirigió al ascensor que la llevaría al sótano de estacionamiento donde su chofer ya se encontraba esperándola.

Durante el trayecto hizo una llamada a Jorge, su actual pareja, quien le comunicó que ya se encontraba en el CNFH, verificando que todo estaba en orden y que cuando ella llegara el trámite restante sería casi protocolar. Satisfecha con la información, recostó su cabeza en el respaldo del asiento y con los ojos semicerrados se puso a hacer una rápida revisión de su vida. Recordó los días de su infancia junto a su madre a quien al parecer no le fue bien en el matrimonio; recordó la promesa que se hizo de no repetir su historia; pasó revista a su prometedor paso por la universidad e hizo un recuento de su meteórica y exitosa carrera en el mundo de los negocios; pero, sobre todo, se puso a repasar sus proyectos futuros.

Luciana era una mujer atractiva que acababa de pasar la barrera de los cuarenta y por propia decisión se mantenía soltera.  Romances no le habían faltado; pero nunca sintió la necesidad de formalizar su estado. Ella estaba segura de lo que quería hacer con su vida y ya había tomado las previsiones para ello. Todo lo tenía planificado. En la compañía había llegado casi a la cúspide y sólo le faltaba dar el último paso: la presidencia. Y en su vida personal había decidido que ya era hora de sentar cabeza y fundar una familia. Una cuidadosa y paciente labor de selección durante varios años fue recompensada finalmente con alguien que reunía todos los atributos que Luciana había estado buscando. Jorge era bien parecido, romántico, inteligente, trabajador, alegre y de sólida posición económica; pero, la cualidad que más apreciaba Luciana era que siempre respetaba su independencia.

Sumida en esos pensamientos estaba cuando la voz del chofer la volvió a la realidad diciéndole que habían llegado a su destino. Por la ventanilla del carro Luciana dio una mirada al bello y enorme edificio blanco en cuya parte superior se podía leer en grandes caracteres: Centro Nacional de Fertilidad Humana. Bajó del auto, caminó varios metros hasta la entrada, cruzó la puerta y desde allí pudo ver en el extremo opuesto del amplio vestíbulo a dos personas que venían a su encuentro. Uno de ellos era Jorge y el otro, impecablemente vestido de blanco, era uno de los médicos directores del Centro quien, luego de intercambiar saludos muy cordiales, le dijo que todo estaba dispuesto y que lo único que faltaba era la firma de Luciana en los formularios que traía en la mano. Luciana miró a Jorge quien le hizo una venia afirmativa y Luciana los firmó.

¿Y … dónde está? preguntó Luciana con una ligera alteración en su voz.

Allí viene; respondieron casi al unísono Jorge y el director provocando la risa de ambos mientras que, saliendo del ascensor, un cochecito rosado se acercaba silencioso llevando en su interior una preciosa muñequita que dormía inocente, arropada en suaves pañales de seda. Luciana se acercó hasta ella e inclinándose depositó un delicado beso en una de sus mejillas para luego, abrazada de Jorge, contemplar por vez primera a su hija Lucy.   

Señores, dijo el director. A nombre de los demás directores del Centro y del mío propio les doy las gracias por haber confiado en nosotros la gestación de su hija de acuerdo con las especificaciones contenidas en el contrato original firmado hace un año y sus adendas correspondientes. De conformidad con nuestro compromiso les entregamos a su hija y toda la documentación que acredita estar libre de las malformaciones genéticas detectadas en el óvulo que usted nos proporcionó hace diez años y, así mismo, del material genético del donante.  En el chip adjunto está toda la información pertinente a la gestación de su hija, desde su concepción hasta la fecha. Y la garantía de por vida de que sus instrucciones han sido cumplidas al pie de la letra. ¡Felicitaciones!

Luego de agradecerle al director, se retiraron con dirección al automóvil para emprender el camino a casa de Luciana en donde estaba prevista una íntima reunión familiar. Y mientras contemplaba extasiada a su hija que aún dormía entre sus brazos, su pensamiento se entretenía urdiendo los últimos detalles pendientes para asegurar su nombramiento en la próxima reunión de accionistas.

Pero algo más rondaba en su cabeza. Algo perturbador que su cerebro no alcanzaba a procesar del todo. El cabal significado de algo que había leído en el libro que le habían obsequiado esa mañana, La Biblia.

Bueno, se dijo. Mi primer gran objetivo para este año lo acabo de lograr. El segundo, estoy segura de lograrlo la próxima semana cuando la Junta de Accionistas se reúna para elegir al nuevo Directorio. Ya todo está concertado. Lo demás, carece de importancia.

 

Petronio                                                                                         8 de marzo de 2019

 

  

jueves, 19 de agosto de 2021

 

BOMBA, EL DEL ESTADIO

 

¡Cuantos recuerdos! ¡Y cuantas coincidencias! Escojo una al azar.

 

Un día de esos, diez años antes de la tragedia del Estadio Nacional, los chicos de la cuadra 18 del Jirón Huaraz, en Breña, jugábamos en la calle con una pelota nueva de jebe que alguien había conseguido por ahí.  A media cuadra quedaba el Jirón Pedro Ruiz que marcaba (y aún marca) el límite con el distrito de Pueblo Libre. Pedro Ruiz no sólo era el límite de dos distritos sino también marcaba el límite de la civilización pues más allá se extendían grandes corralones y muchas chacras de japoneses.  Pero también era la ruta que los fines de semana tomábamos los muchachos del barrio para ir de aventura por tapias y caminos de herradura hacia las huacas, que en gran número se elevaban por ese entonces por Azcona, Maranga y Pando, de las cuales la más cercana para nosotros era Mateo Salado.  Pues bien, en Pedro Ruiz, a la vuelta de la esquina vivía un negrito algo mayor que nosotros a quien ya por ese entonces era mejor conocido como el Negro Bomba.  Como era usual en él, se coló en nuestro partido sin pedir permiso ni importarle nuestras protestas. Finalmente, cuando la cosa se estaba poniendo fea y nuestras protestas se hicieron más fuertes, el Negro Bomba detuvo el juego, meditó y cual moderno Salomón, dijo: “Muy bien, ni pa’ uno ni pa’ otro.”  Y de un tremendo puntapié mandó la pelota por los techos, y se fue con su conciencia tranquila (supongo).

 

Dos o tres años más tarde, habiendo ya formado una pequeña pandilla tuvo la fortuna de sacarse un premio menor de la lotería.  ¿Y qué creen que hizo con parte de su dinero?   A los pocos días las calles del barrio se vieron alegradas por un colorido grupo de muchachos, correctamente uniformados con ropas tropicales, interpretando sones y guarachas y pregonando la venta de tamales que arrastraban en una gran canasta.  En su favor podemos decir que esa, al menos, era una actividad lícita y no las que tiempo después lo fueron desviando hacia el mundo del delito.

 

Y finalizo.  Con respecto a la tragedia del Estadio, un dilecto amigo mío cuyo padre era comisario de Breña por ese entonces, atendiendo a los requerimientos de su lavandera para que le consiguiera empleo decente a un hijo descarriado, le consiguió un trabajo de guardián o vigilante en el Estadio.  Ese hijo era Bomba y el día de la tragedia, un 24 de mayo de 1964,  no estuvo allí como simple aficionado; se podría decir que él vivía allí.  Nosotros lo conocimos con el nombre de Víctor y a raíz de la tragedia los periodistas dijeron que se llamaba Melesio.  Su apellido creo que era López; pero eso poco importa, pues el nombre con el que ha pasado a la historia como el iniciador de la mayor tragedia deportiva en nuestro medio es: Bomba, el del Estadio.  (Dicho sea de paso y según algunos entendidos, los muertos no habrían sido 300, como oficialmente ha quedado registrado, sino alrededor de 500, si se consideran los desaparecidos).[1]

 

Los 24 de Mayo de cada año, los periodistas suelen recordar este infausto acontecimiento “deportivo”, acumulando datos y versiones desde diferentes ángulos y perspectivas, que al final sólo consiguen convertir un hecho de la vida real en una de las tantas leyendas urbanas que circulan por esta Lima que tantos recuerdos nos trae y de cuya historia ya vamos formando parte.

 

Petronio                                                                                         19 de octubre de 2006                                                                                         



[1] Como se sabe, la tragedia se inició por un gol anulado al equipo peruano ante la escuadra argentina.

 

A LA CUARTA VA LA VENCIDA

El 20 de septiembre de este año 2019 se venció mi licencia de conducir la que no pienso renovar, tanto por decisión propia para reducir el estrés causado por el tráfico endemoniado de Lima como para darle tranquilidad a mis hijos quienes, al enterarse de mi decisión, dieron un suspiro de alivio que me sorprendió en un principio pero que entendí después.

Por esa razón, el viernes pasado tomé un taxi para acudir al taller de Escribidores en Aljovín, a una cuadra de Larcomar. Tomé uno que por siete soles se ofreció a llevarme desde la cuadra 39 de la Avenida Arequipa a mi destino. El chofer era un hombre joven quien, comparado con mi edad, era casi un muchacho; aunque después me enteré de que tenía 34 años. Trabamos conversación y cuando se enteró de que yo escribía historias, voluntariamente se ofreció a contarme la suya.

Adelante -le dije, y él empezó a hablar con un lenguaje simple, llano y fluido. Debido al corto trecho del viaje su relato fue relativamente breve y bastante resumido.

No pudo seguir una carrera universitaria y lograr una profesión; pero en cambio desarrolló una habilidad innata con los números lo que, unido a su firmeza de carácter y una honestidad a toda prueba, le valió mucho para ganarse la voluntad de sus jefes y compañeros de trabajo. Allí conoció a una chica con la que al cabo de un tiempo contrajo matrimonio; y allí también tuvo su primera gran decepción: su mujer lo traicionó, se fue con otro y con el hijo de ambos.

Pero nuestro amigo no se amilanó y siguió adelante hasta que luego de un tiempo volvió a enamorarse sinceramente y emprendió su segunda aventura matrimonial. Segundo fracaso, calco y copia del primero. Otro hijo, otra traición y otro abandono.

Acusó el golpe, pero no se derrumbó y volvió a recomponer su vida con el mismo entusiasmo de siempre. No intentó, al menos hasta la fecha, otra incursión seria en las lides del amor; pero en cambio en sí en el mundo de los negocios. Buscó a un viejo amigo de la infancia como socio y ambos fundaron una empresa que al poco tiempo fracasó llevándolo a la quiebra, y el amigo y socio quedándose con lo que quedaba de capital y de material. No fue ahora una mujer quien lo traicionó sino su mejor (sic) amigo. Cero y van tres.

Al igual que en veces anteriores superó este tercer fracaso y continuó trabajando, esta vez como taxista. ¿Lo traicionaría ahora algún pasajero? Difícil.

Ya próximos a llegar a mi destino, nuestro amigo chofer me hizo una confidencia. Lo que más le dolía de este tercer fracaso no era la pérdida del negocio, sino que su madre no  creyera en su versión de los hechos.  ¡La madre creía más en la versión del amigo que en la de su propio hijo! Cómo para llorar. Pero, aunque nuestro amigo no ha llorado, tiene clavada como una lacerante espina en el corazón la errada opinión de su madre.

Como podrá apreciarse, nuestro amigo tiene una voluntad a prueba de balas para superar los golpes que le da la vida; pero una supina incapacidad para leer o intuir mínimamente el alma de la gente.  Demasiada bondad, demasiada ingenuidad para vivir en este mundo falso y ruin.

Pero nuestro amigo no está vencido ni amargado. Sigue optimista y tiene sueños y proyectos para el futuro. Antes de bajarme del carro tengo tiempo para darle un par de consejos: tiene que aprender a ser menos confiado y saber elegir a sus compañeros de ruta; y también tiene que aprender a usar todo lo que los teléfonos inteligentes guardan en su interior. Al parecer, no está muy familiarizado con estos dispositivos y con todo lo que las aplicaciones pueden hacer en beneficio de sus usuarios.

Le pago y me despido con la convicción de que no será a la tercera sino a la cuarta o la quinta la vencida; pero que, de una u otra forma, él está destinado a ser un ganador y no un perdedor. Carácter y empeño no le faltan, sólo requiere un poco más de discernimiento para tratar con las personas y también un poquito más de buena suerte.

Y ya a punto de reemprender la marcha me dice que espera ver escrita su historia en el libro que estoy escribiendo y yo le contesto que sí estará. Estoy cumpliendo con mi promesa, amigo taxista, y deseando vivamente que a la cuarta sea la vencida. Te lo mereces.

 

Petronio                                              6 de octubre de 2019

¿A DONDE SE FUERON TODOS LOS CRIMINALES?

 

¿ADONDE SE FUERON TODOS LOS CRIMINALES?

Esta pregunta encabeza el capítulo 4 de Freakonomics, un best seller del New York Times.

Es un libro que vale la pena leer por muchas razones, siendo una de ellas la que, a pesar de su estrambótico título, suministra explicaciones coherentes y convincentes, aunque nada convencionales, a problemas o situaciones que a ningún otro economista se le hubiese ocurrido plantear o analizar.

Quienquiera que haya vivido en los Estados Unidos, en la segunda mitad del siglo XX, o que haya estado medianamente informado de los acontecimientos ocurridos en esa época, puede corroborar que la criminalidad en dicho país llegó a su clímax alrededor de 1990, para luego declinar en forma  acelerada durante la misma década. En los quince años previos, los crímenes violentos se habían incrementado en un 80 por ciento y todos los pronósticos indicaban que esa tendencia no sólo iba a continuar, sino que podía acentuarse. Pero; para sorpresa de todos, no continuó ni se acentuó, sino que siguió la tendencia opuesta y se redujo a los niveles de cuarenta años antes. ¿Cómo pudo suceder esto? ¿A qué se debió tan drástico cambio de tendencia?  Los “expertos” se apresuraron a elaborar toda suerte de explicaciones en un vano intento de justificar sus pronósticos errados.[1] Si la criminalidad se redujo en forma acelerada en pocos años, la pregunta natural es: ¿Adonde se fueron todos los criminales? Respuestas simplistas saltan de inmediato; pero no resisten un mínimo análisis. Creer que los criminales fueron abatidos o encarcelados resulta absurdo. La mortandad hubiera sido terrible o el número de cárceles se habría multiplicado exageradamente. Y creer en una resocialización masiva de los criminales sería creer en milagros. ¿Cuál fue entonces la verdadera causa?

El economista Steven D. Levitt, uno de los autores de Freakonomics, ha examinado cientos de publicaciones que “explican” a qué se debió el súbito descenso en la criminalidad, los ha clasificado y los ha analizado sistemáticamente uno por uno contrastándolos con la realidad a través de cifras y datos oficiales. El resultado se muestra en la siguiente lista, por orden de importancia.[2]

  • ·     Estrategias policiales innovadoras.
  • ·     Mayor seguridad en las prisiones.
  • ·     Cambios en los mercados del crack y de otras drogas.
  • ·     Envejecimiento de la población.
  • ·     Leyes de control de armas más duras
  • ·     Economía más fuerte.
  • ·     Incremento del número de policías.
  • ·     Otras explicaciones (Incremento del uso de la pena capital, recompra de armas, etc.)

    Según Levitt, sólo tres de estas medidas han contribuido en algo a la reducción de la criminalidad; pero la que sí ha contribuido en mayor proporción, no figura en la lista. No vamos a examinarlas todas; Levitt lo hace en su libro y demuestra con números, cuánto ha contribuido cada una al resultado final. Sólo mencionaremos la primera y, por supuesto, la que no figura en la lista.

La primera explicación (innovative policing strategies) está claramente ilustrada por la muy conocida historia, dentro y fuera de USA, que tiene como protagonistas a dos personajes emblemáticos: Rudolph Gugliani, alcalde de Nueva York y William Bratton, comisionado de policía.[3] La feliz coincidencia de que la criminalidad empezara a disminuir dramáticamente  en Nueva York a partir de la entrada en funciones de estos dos personajes con sus ideas innovadoras hizo que, incluso hasta nuestros días, se tome como como artículo de fe que a ellos y a sus medidas se debió ese gran logro.[4]

Levitt, se encarga de desvirtuar esta falacia con sólidos argumentos y cifras en la mano.                                    

Uno de estos es la simple comprobación de que no sólo en Nueva York sino en todos los Estados Unidos la criminalidad descendió durante los años noventa; a pesar de que muy pocas ciudades adoptaron medidas semejantes a las que se implantaron allí. Para no mencionar el hecho de que, con toda su aureola de éxito, Bratton tuvo que renunciar, veintisiete meses después de ocupado el cargo.

La causa, según Levitt, que más contribuyó a la reducción del crimen en los Estados Unidos es una que a primera vista resulta insólita y aparentemente desconectada del tema. Hay que tener paciencia, abandonar prejuicios y compenetrarse con la argumentación (y los datos) para aceptarla, y en esto, ayuda mucho prestar atención a las noticias policiales de cualquier país del mundo y del Perú en especial: la mayor parte de los actos delincuenciales la cometen los jóvenes.  Dicho esto, pasemos a exponer un resumen de la argumentación de Levitt, y que pone a la legalización del aborto como la causa principal de la reducción de la criminalidad en los Estados Unidos.

El control de la natalidad y el aborto en especial, han sido y siguen siendo temas controversiales en cualquier parte donde se haya querido implantar. Levitt cita los casos de los países escandinavos y los países de Europa del Este, sobre todo el de Rumanía en la época del tirano Ceaucescu; y las consecuencias favorables o desfavorables provocadas por las políticas que se introdujeron. En los Estados Unidos, en 1828, Nueva York fue el primer estado en restringir el aborto; pero recién en 1900 fue declarado ilegal en todo el país. En la primera parte del siglo XX el aborto era peligroso y caro y en consecuencia eran pocas las mujeres que podían acceder a esa o a cualquier otra medida de control de la natalidad. Por lo tanto; tenían más hijos.  A fines de los sesenta, varios estados empezaron a permitir el aborto bajo circunstancias extremas (violación, incesto o peligro de muerte de la madre).  Para 1970 en cinco estados el aborto ya era legal y ampliamente asequible. Sorpresivamente, el 22 de enero de 1973, la legalización del aborto fue extendida a toda la nación, con la decisión de la Suprema Corte en el caso Roe vs. Wade. Durante el primer año de vigencia de la ley 750 mil mujeres abortaron en los Estados Unidos (un aborto por cada cuatro nacidos vivos). Para 1980 esta ratio bajó a 1 por cada 2.25.

La legalización del aborto tuvo muchas y variadas consecuencias. El infanticidio disminuyó en forma dramática. Igualmente descendió el número de matrimonios forzados y la cantidad de bebés dados en adopción. El número de concepciones se elevó en un 30%; pero el número real de nacimientos descendió en un 6%, lo cual indica que las mujeres estaban usando el aborto como un método de control de la natalidad. Pero el mayor y más dramático efecto del aborto legalizado fue su impacto sobre la criminalidad. Levitt pone en evidencia la relación estadística de causa y efecto durante la década de los noventa, entre la nueva generación de jóvenes nacidos deseados (excluidos por supuesto los no nacidos o abortados) y los crímenes cometidos por ellos en dicho período. El razonamiento se resume así: El aborto legalizado conduce a una menor no-deseabilidad; la no-deseabilidad conduce a una mayor criminalidad; el aborto legalizado, por lo tanto, conduce a una menor criminalidad.  Esto, en palabras, puede sonar algo confuso o rebuscado y la conclusión puede generar todo tipo de reacciones; sobre todo de carácter moral. Motivo por el cual, los medios y la gente en general prefieren atribuir el éxito en la reducción de la criminalidad a otros factores más visibles e inmediatos: brillantes políticas policiales, mejor y más inteligente control de armas, etc. Difícilmente pueden comprender o están dispuestos a aceptar explicaciones más mediatas o indirectas como el efecto distante del aborto en la reducción de la criminalidad. Pero; estadísticamente hay pruebas cada vez más irrefutables, como el hecho de que en los cinco estados en los que se legalizó el aborto en 1970, la criminalidad se empezó a reducir antes que en los demás estados que lo legalizaron después.

¿Es entonces el aborto la solución más efectiva al acuciante flagelo de la criminalidad? Y si lo fuera ¿estaremos dispuestos a aplicarla sin más ni más? ¿La ética y la religiosidad no cuentan?

¿Y qué de las soluciones tradicionales? ¿Es auto engañarse y tirar el dinero de los contribuyentes sabiendo que esas medidas terminan siendo ineficaces o ineficientes, para dicho fin?

En cuanto a la pregunta ¿Adonde se fueron todos los criminales? podemos dar ahora, con Levitt, una respuesta más simple, directa y segura: esos criminales no llegaron a nacer; fueron abortados.

Petronio                                                                    La Molina, 25 de septiembre de 2010    

Nota.- Nótese la fecha en que este artículo fue escrita. La reproduzco ahora, porque la criminalidad en el Perú de estos días, 2021, también está creciendo hasta límites intolerables, tal vez impulsado por la pandemia y la cuarentena prolongada. ¿Lo que funcionó en USA, podría funcionar en Perú? ¿O habrá otra solución?

[1] Esto trae a colación la irónica definición de lo que es un economista: Es un experto que luego de una crisis sabe explicar muy bien por qué fallaron sus teorías y predicciones.

[2] Esta referencia es importante y pertinente pues en nuestro país, ante el incremento de la delincuencia, nuevamente se empiezan a proponer medidas semejantes a las que se citan.

[3] Nuestro fenecido alcalde Alberto Andrade trajo a Lima como invitado a William Bratton, con la intención de concientizar a la gente y aplicar su teoría de “la ventana rota”. Su hermano Fernando, quien postula al parecer sin mayor chance a la alcaldía limeña ha mencionado dicha teoría durante la actual campaña electoral.

[4] La tasa de homicidios en Nueva York cayó del 30.7 por cien mil habitantes en 1990, a 8.4 en el 2000. Una reducción espectacular del 73.6%. 

sábado, 14 de agosto de 2021

 

UN CIRCO ROMANO

Allá por los años cuarenta, quien esto escribe, vivía en un amplio solar de un barrio periférico del distrito de Breña. El piso era de tierra y las paredes de adobe y entre los intersticios de cada bloque unos animalitos de 8 patas habían encontrado el lugar ideal para tejer sus nidos y construir sus viviendas; pero, los chicos de la vecindad también habíamos encontrado una nueva oportunidad para la diversión.

            Los nidos eran bastante visibles y fáciles de ubicar por su color blanquecino que contrastaba con el bruno de los adobes. Hurgar la entrada de sus viviendas se convirtió en un pasatiempo rutinario al contemplar cómo los solitarios arácnidos salían presurosos creyendo encontrar un sabroso insecto enredado en la tela para, tardíamente, darse cuenta de que habían sido engañados y atrapados.

            A las arañas capturadas las tomábamos sin temor con los dedos y a veces las hacíamos caminar desconcertadas por nuestras manos y brazos, hasta que un día a alguien se le prendió la lampara y se preguntó qué pasaría si a estas antisociales alimañas se las obligaba a vivir juntas. Y la respuesta fue pronta: eran terriblemente belicosas y peleaban por su derecho a vivir aisladas en eterna cuarentena.

A partir de entonces, cada semana, organizábamos una especie de circo romano en el que las arañas eran las gladiadoras y nosotros los espectadores, ávidos de ver sangre o cualquier otro líquido vital emanado de nuestras pobres víctimas.

A medida que las cazábamos, las colocábamos en un pomo, una cajita de fósforos o cualquier cosa que sirviera de prisión temporal y luego, terminada esta operación de cacería furtiva, nos poníamos en círculo alrededor de algún contenedor y soltábamos a las arañas gladiadoras a la arena del improvisado circo. A mayor número o menor el espacio, mejor era el espectáculo.

La lucha era a muerte, todas contra todas y al final ninguna quedaba viva para contar el cuento. Todas terminaban destrozadas. Pero, lo más alucinante era contemplar a decenas de patas separadas de sus cuerpos estremeciéndose como si quisieran seguir peleando hasta más allá de la muerte…

* * * * *

            No sé por qué esta macabra y lejana remembranza ha retornado a mi memoria. ¿Tendrá alguna relación con los acontecimientos que estamos viviendo en estos días? ¿Se está convirtiendo nuestro país en una parodia de circo romano en el que un enrevesado grupo de funambulescos personajes se atacan y destrozan mutuamente cual modernos gladiadores, sabrá Dios por qué esotéricas razones? Mientras nosotros, los ciudadanos, nos comportamos como los candorosos chicos que fuimos, disfrutando el espectáculo de la carnicería que se desarrolla a nuestro alrededor.   

Porque, está en la naturaleza de las arañas ser como son: hurañas, solitarias, insociables; pero, los seres humanos no somos así ¿verdad? Nosotros somos amables, solidarios, sociables. Y, sin embargo…

A las arañas, los chicos las obligábamos a pelear. En cambio, los seres humanos lo hacemos voluntariamente. ¿O habrá algo o alguien que nos obliga a hacerlo?

Petronio                                                            15 de septiembre de 2020