LA ÚLTIMA LECCION DEL PROFESOR BONETTI
El cadáver
yacía de bruces sobre el piso del cuarto 722 del hotel Estrella de Buenos
Aires, un hotel de mala muerte en los suburbios de la gran capital, con un
puñal clavado hasta la empuñadura en la espalda.
Aún no se había secado la sangre que manaba de la herida cuando el cuartelero del hotel entró para hacer la limpieza y se encontró con la macabra escena. El huésped había colgado en la perilla el clásico aviso de “No molestar” y, sin embargo, la puerta estaba entreabierta.
Luego de recuperarse del susto, el empleado bajó al primer piso e informó a la administración y ésta, de inmediato, llamó a la policía. Seis agentes de investigación al mando del inspector Castillo se constituyeron en la escena del crimen. Acordonaron el lugar y comenzaron a hacer su trabajo tomando fotos, interrogando a las personas, haciendo mediciones y anotando meticulosamente cada detalle que encontraban.
El cadáver estaba de bruces y desnudo, salvo por una toalla atada a la cintura, y cuando recién pudieron ver el rostro del occiso la sorpresa fue general.
- Pero... ¿no es el profesor Bonetti? -exclamó uno
haciéndose la misma pregunta que todos se hacían.
- ¿Qué diablos hace aquí? -exclamó otro.
- Hacía -corrigió el primero.
El
inspector Castillo intervino, reunió al grupo y les dijo:
- Muchachos, esto es algo inesperado e introduce un
elemento extraño en la investigación. Todos saben quién fue el profesor
Bonetti; sin lugar a duda, el mejor profesor de criminología que hayamos
tenido en la Academia. Se tuvo que retirar cuando le detectaron un cáncer
avanzado y desde ese entonces nadie, que yo sepa, lo ha vuelto a ver.
Hasta ahora. No tengo que hacerles recordar que la reputación del profesor
Bonettti está de por medio; y también la nuestra. Saben bien cómo son los
periodistas. Siempre buscando el lado morboso de las cosas en busca de
historias escabrosas para hacer escándalo. De manera que, hagan bien su
trabajo y todo me lo reportan a mí. ¡Nadie le canta ni pío a un
periodista! ¿Entendieron?
- Si señor, respondieron todos a coro.
- Pues, ¡A trabajar!
Y,
efectivamente; hicieron un prolijo trabajo profesional junto con el fiscal de
turno y el médico legista. Al cabo de una hora, el inspector Castillo volvió a
reunir en la habitación contigua a su personal.
- Bueno, si es que han hecho bien su trabajo debemos
tener todos los elementos del caso para saber o poder deducir qué es lo
que pasó aquí. El trabajo largo y tedioso lo haremos en nuestro cuartel
general; pero, ya saben cuál es mi método. Antes de retirarnos de este
escenario quiero que cada uno de ustedes formule al menos una observación
o lance una hipótesis de cómo se produjo el crimen y quién lo pudo
cometer. Tormenta de ideas, que le dicen.
- Al menos, no se trata de un suicidio -comentó Rodríguez
en voz baja.
- ¡Rodríguez! ¡Este es un trabajo serio y no le voy a
permitir ese tipo de comentarios! -replicó el inspector bastante
mortificado. ¡Dedíquese a su trabajo y no haga chistes baratos!
- Sí, señor - se cuadró Rodríguez.
- Y no dejen de inspeccionar cada rincón de esta
habitación, incluso el techo. Todo crimen es un rompecabezas con decenas o
cientos de piezas que hay que saber armar, sin vacíos ni superposiciones.
Así que, empecemos. Los escucho.
- Estamos en el quinto piso del hotel -dijo uno de los
policías -y si bien la ventana está abierta, dudo mucho que alguien
pudiera haber ingresado por ahí. No hay balcones ni escaleras. Y trepar
por las paredes...
- “A menos que haya sido el Hombre Araña” -se escuchó un
susurro.
- ¡Rodríguez! Una más y lo suspendo.
- Si señor. Cierro mi boca como una tumba.
- No. No la cierre Rodríguez. Más bien ábrala ahora. ¿Cuál
es su hipótesis?
- Bueno. Descartado el suicidio, el abanico de posibles
homicidas puede dividirse en tres grupos: alguien del hotel, un huésped o
un extraño. Sin tomar en cuenta otros factores, yo me inclinaría por la
primera opción. Conocen a los huéspedes y conocen el hotel mejor que
nadie. Eso les da una ventaja sobre los demás en cuanto a la oportunidad.
Y, además, tienen las llaves de todas las habitaciones. En segundo lugar,
están los huéspedes; pero como la sangre estaba caliente cuando lo
encontró el cuartelero eso restringe el número de sospechosos... creo.
Habría que interrogar a los huéspedes de las habitaciones contiguas o
cercanas de este piso y… en cuanto a que sea un extraño las probabilidades
son mínimas. Tendría que haber pasado necesariamente frente a la
administración y no ser detectado.
- A mí lo que me ha llamado la atención -continuó otro
-es la casualidad de que el profesor se haya alojado a muy poca distancia
de nuestro cuartel y según el registro del hotel lo hizo anoche.
- Y la puerta abierta abre dos posibilidades -dijo
Martínez, que hasta ese momento no había abierto la boca. -La primera es
que alguien la haya abierto desde afuera y eso abona en favor de la
hipótesis de que sea alguien del hotel. La segunda es que el profesor la
haya dejado abierta por descuido o a propósito. Conociendo al profesor,
dudo mucho que haya sido un descuido. Pero la otra posibilidad es peor
aún, pues tendríamos que imaginar porqué diablos dejaría a propósito la puerta
abierta. ¿Para que entre su asesino?
- Creo que nos estamos haciendo problemas por gusto -dijo
Rodríguez -si bien el registro del hotel muestra sólo el nombre del
profesor, uno de los empleados afirma que vio a otra persona que lo
acompañaba; una mujer.
- Muy bien Rodríguez. ¿Ya ve cómo tiene buenos aportes
cuando se pone serio? A ver, otro. Tú, Mudo -Castillo se dirigió a uno que
no había hablado nada hasta ese momento.
- Me sigue preocupando por qué el profesor vino a
hospedarse a este hotel. Queda a tres cuadras de nuestra sede. ¡Qué
casualidad! Según el registro del hotel el check-in lo hizo a las 10:35 pm
y pidió un cuarto con dos camas. ¿Vino con alguien más? Ya mandé
corroborar eso.
- ¡Cherches la femme! Creo que el profesor tenía derecho
a echarse una canita al aire y la fulana lo hizo feliz y después lo mató;
como las arañas -se escuchó una voz.
- ¡Rodríguez! No empiece de nuevo... Además, no son las
arañas sino las mantis. Bien, Mudo. Tú qué opinas. ¿Hay una mujer de por
medio?
- No, inspector. A menos que la mujer haya sido muy
corpulenta, una mujer normal no habría tenido la fuerza necesaria como
para clavarle el puñal hasta la empuñadura.
- O tal vez haya sido un hombre... pues sobre gustos y
colores...
- ¡Rodríguez! Su sugerencia es buena, pero no por los
motivos que insinúa . Lo conocimos bien y el profesor no era de esos.
Mudo, prosigue.
- Lo que nos deja con la pregunta de por qué pidió una
habitación con doble cama si pensaba pasar la noche solo.
- Y parece que sólo pensaba estar una noche pues su
equipaje era mínimo -dijo otro.
- No se me ocurre quien pudiera ser. A menos que se trate
de un psicópata, nadie anda por ahí tirando puñaladas de ese tipo. Y ese
es otra de las incongruencias que observo. Generalmente en este tipo de
crímenes las puñaladas son varias; pero en este caso fue una sola y
suficiente.
- Inspector -intervino nuevamente Martínez. -Una sola
puñalada y fue letal. Le perforó la arteria pulmonar. El asesino sabía lo
que hacía. Y hay un pequeño gran detalle que estamos pasando por alto. El
puñal no es un puñal cualquiera y la puñalada no fue vertical sino
transversal. No rompió ninguna costilla; penetró entre ellas.
- Muy buena observación, Martínez. ¿Alguien más tiene
algo útil que decir?
- Yo -dijo el Mudo. -Todos conocimos al profesor Bonetti.
Era una autoridad en materia criminal y frecuentemente era invitado a dar
conferencias y participar en simposios y convenciones en el país y en el
extranjero.
- Y recibía distinciones de todo tipo -agregó otro,
siguiendo la línea de razonamiento.
- Así es. Este puñal podría ser uno de los que recibió en
alguna ocasión como obsequio. Fíjense en la empuñadura. Toda decorada con
figuras en relieve.
- Pero, si así fuera, tendríamos que pensar entonces en
que alguien se la robó y con esa arma lo mató anoche u hoy en la
madrugada.
- Demasiado complicado.
- Lo que nos dejaría con la hipótesis de...
Todos
se quedaron mudos sin querer terminar la frase, mirándose unos a otros. Al cabo
de unos momentos, el inspector Castillo trató de resumir la situación.
- Hasta el momento, todo apunta a que el profesor Bonetti
ha sido el autor del crimen. ¿Pero cómo?
- Creo que sólo hay una forma; pero no hay como probarla.
Sólo podemos especular -dijo el Mudo.
- Especulemos pues; pero no aquí sino en nuestra sede, en
donde ya tendremos los resultados de todas las pericias y evidencias
recogidas en las fotos, análisis e interrogatorios. Han hecho un buen
trabajo hasta ahora, muchachos. Sigan exprimiéndose el cerebro mientras
retornamos a nuestros cuarteles. Y, ya saben ¡nada con los hombres de
prensa! Solo yo haré algunas declaraciones de tipo general.
Ya en
sus cuarteles, el inspector Castillo, luego de recibir todo tipo de informes y
los primeros resultados de los análisis y el material fotográfico, reunió a su
equipo y prosiguió la investigación.
- Vamos a ver, muchachos. Un último esfuerzo y tendremos
resuelto este rompecabezas más pronto de lo que pensábamos. La hipótesis
que tratamos de probar es que el profesor Bonetti recibió la mortal herida
en la espalda por mano propia. ¿Cómo lo hizo? Esa es la pregunta que hay
que responder.
- El profesor no era el Hombre de Goma para estirar su
brazo y darse una puñalada en la espalda ¿verdad? Comentó Rodríguez.
- Y usted no es Flashman para escaparse de mis garras si
es que sigue diciendo estupideces. Digan algo coherente.
- Inspector-dijo el Mudo. -Creo que ya tengo resuelto el
acertijo. Todos estamos de acuerdo en que para que el puñal haya sido
clavado hasta la empuñadura se necesita una gran fuerza. Si no ha sido
otra persona, el profesor debe haber usado su propia fuerza, es decir, su
propio peso apoyándose en la pared. ¿Recuerda que le dije que ese puñal
era especial? Según la información recogida en la escena del crimen y la
búsqueda en internet, se trata ni más ni menos de un puñal toledano de
bota cuya cacha no termina plana sino redondeada. Si mi hipótesis es
correcta, en la pared junto al cadáver y a la altura del corazón debe
haber una hendidura que se nos pasó inadvertida. Habría que enviar al
experto en huellas para encontrarla.
- Muy bien Mudo; tiene sentido y me atrevería a afirmar
que encontraremos esa hendidura. Daré la orden correspondiente. Si alguien
tiene otra explicación denla ahora o callen para siempre. Mientras tanto,
ordenemos toda la información para ir preparando el informe
correspondiente a nuestros superiores y luego a enfrentarnos a la prensa.
Desde ya, los felicito a todos, Rodríguez incluido. Hemos trabajado en
equipo.
Era
ya de noche cuando el inspector Castillo recibió los resultados de la
investigación minuciosa de la habitación del hotel. El equipo especializado en
huellas había encontrado la leve hendidura en la pared causada por la
protuberancia de la cacha del puñal toledano, justo a la altura donde el
profesor Bonetti se habría apoyado para clavársela en la espalda y caer de
bruces al suelo.
- Estaba desde ayer en la Administración con la orden
expresa de no entregársela hasta hoy -dijo, mientras le entregaba el
sobre.
El
inspector Castillo, algo sorprendido, decidió abrirlo. Era una nota escrita a
mano y firmada por el profesor Bonetti. Luego de leerla y esbozando una leve
sonrisa reunió a su gente y les leyó la nota que decía:
Espero que a estas alturas el misterio de mi muerte haya sido develado. Me decepcionaría mucho si no lo hubieran hecho ya.
Como usted sabe, el cáncer que me obligó a renunciar a la Academia era terminal y no tenía posibilidades de cura. Y ante la alternativa de sufrir un largo y doloroso proceso de deterioro de mi salud decidí hacer algo útil.
Me alojé en este hotel con la seguridad de que usted y su equipo serían asignados para hacer la investigación. Los conozco bien y quise probar que mis lecciones no fueron en vano. Si está usted leyendo esta nota, querrá decir que han aprobado mi última lección: No descarten nunca una hipótesis, por más inverosímil que les parezca.
Adiós y buena suerte.
Profesor Alberto Bonetti”
- Muchachos, dijo el inspector Castillo a su equipo. Un
minuto de silencio por el profesor Bonetti.
Pasado
ese minuto, prosiguió.
- Gracias, profesor. Creemos no haberlo defraudado.
- Ahora, muchachos, a enfrentar a la prensa.
Enviado
desde mi iPhone.
(Historia escrita durante el vuelo de Miami a
Boston el año 2018. En la trascripción sólo he corregido algunos errores
ortográficos y gramaticales evidentes).
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