LA LIBRETA
Mi padre fue una persona muy
severa. Su padre también lo fue con él.[1] Se suponía que así debían ser los padres
–especialmente los papás- para educar bien a sus hijos. Ahora, nuevos vientos soplan sobre esta y
otras materias, y se supone que los padres deben más bien, ser amigos de sus
hijos. Eso se trata de hacer ahora;
pero, como nada es perfecto en esta vida, las cosas parecen haberse ido al otro
extremo y la autoridad de muchos padres (y madres) está seriamente cuestionada. Parece que el justo medio es algo difícil de
alcanzar.
Estando en segundo o tercer año
de primaria sucedió una vez que me saqué un 10 marcado en rojo en una
calificación mensual, y cuando nos entregaron la libreta para hacerla firmar
por los padres, empezó mi calvario, mi dilema hamletiano: Ser o No Ser. Entregar o no entregar la libreta. Me
aterraba la escena que se iba a producir cuando mi padre se enterara de mis
notas; y cuanto más vueltas le daba al asunto más me convencía de que no debía
exponerme a esa situación. Y decidí no
entregar. Llegué ese día a casa, mi
padre no estaba pues siempre llegaba tarde de trabajar, y en un descuido de mi
madre escondí la libreta entre una ruma de periódicos viejos que casi nunca se
movía. Y; asunto arreglado. Al menos, así lo creí en ese momento con mi
mentalidad de niño. Tal vez lo que contribuyó aún más a haber tomado esa
decisión tan desatinada era el hecho que yo era el menor de tres hermanos y mis
dos hermanos mayores eran alumnos brillantes que tenían un bien ganado prestigio
en la escuela por ser alumnos distinguidos. Yo iba a destruir ese prestigio y
resultar la oveja negra de la familia. Y procedí como procedí: ocultando el
problema. Con el correr de los años y ya de adulto aprendí que mucha gente
mayor hace lo mismo ante problemas más serios y reales que los que yo afrontaba
en ese entonces: ocultarlos o cerrar los ojos.
Todo iba viento en popa hasta
que en la escuela empezaron a preguntarme por la devolución de la libreta
debidamente firmada; y en mi casa también se empezaron a preocupar por la
demora en la entrega de la bendita libreta.
En la escuela les decía que mis padres todavía no la firmaban y en casa
decía que todavía no me la entregaban.
Cada día que pasaba aumentaba mi angustia porque la situación se tornaba
insostenible. Hasta que por fin estalló.
Mi madre fue a la escuela y allí le dijeron que la libreta había sido
entregada varios días atrás y que estaban a la espera de la devolución.
No recuerdo que sucedió cuando a
mi retorno a casa la verdad salió a relucir y ya no pude seguir sosteniendo la
mentira. Realmente no me acuerdo qué
pasó cuando mi padre se enteró de la verdad de las cosas y de mis mentiras para
ocultarla. Pude haber pedido perdón por
mis faltas. Pude haber recibido un
castigo tan fuerte que mi mente lo ha relegado a un rincón del
subconsciente. Pude haber recibido la
intercesión de mi madre, siempre tan indulgente. No lo sé.
Lo único que sé y recuerdo hasta ahora es que esos días que
trascurrieron entre la entrega de la libreta y el descubrimiento de la verdad
fueron los más terribles y angustiosos de mi vida. Moraleja: En la vida no hay que mentir y si
se hace, hay que hacerlo con el mayor cuidado posible y no en forma tan
chapucera como lo hacen ciertos políticos o como yo lo hice cuando era un niño
de apenas ocho años.
Petronio Algún
día de 2010
[1] Tan severa fue que, según mi padre, tuvo que huir del hogar paterno a
la temprana edad de 13 años. De Trujillo vino a Lima y aquí se hizo sastre y
luego obrero en una fábrica de tejidos. Gracias a esta combinación de oficios, los hijos que tuvo después, pudimos vestirnos con los restos de telas que se
arrojaban a un depósito antes de tirarlas a la basura.
No hay comentarios:
Publicar un comentario