domingo, 12 de septiembre de 2021

 

LA LIBRETA

 

Mi padre fue una persona muy severa.  Su padre también lo fue con él.[1]  Se suponía que así debían ser los padres –especialmente los papás- para educar bien a sus hijos.  Ahora, nuevos vientos soplan sobre esta y otras materias, y se supone que los padres deben más bien, ser amigos de sus hijos.  Eso se trata de hacer ahora; pero, como nada es perfecto en esta vida, las cosas parecen haberse ido al otro extremo y la autoridad de muchos padres (y madres) está seriamente cuestionada.  Parece que el justo medio es algo difícil de alcanzar.


Estando en segundo o tercer año de primaria sucedió una vez que me saqué un 10 marcado en rojo en una calificación mensual, y cuando nos entregaron la libreta para hacerla firmar por los padres, empezó mi calvario, mi dilema hamletiano: Ser o No Ser.  Entregar o no entregar la libreta. Me aterraba la escena que se iba a producir cuando mi padre se enterara de mis notas; y cuanto más vueltas le daba al asunto más me convencía de que no debía exponerme a esa situación.  Y decidí no entregar.  Llegué ese día a casa, mi padre no estaba pues siempre llegaba tarde de trabajar, y en un descuido de mi madre escondí la libreta entre una ruma de periódicos viejos que casi nunca se movía.  Y; asunto arreglado.  Al menos, así lo creí en ese momento con mi mentalidad de niño. Tal vez lo que contribuyó aún más a haber tomado esa decisión tan desatinada era el hecho que yo era el menor de tres hermanos y mis dos hermanos mayores eran alumnos brillantes que tenían un bien ganado prestigio en la escuela por ser alumnos distinguidos. Yo iba a destruir ese prestigio y resultar la oveja negra de la familia. Y procedí como procedí: ocultando el problema. Con el correr de los años y ya de adulto aprendí que mucha gente mayor hace lo mismo ante problemas más serios y reales que los que yo afrontaba en ese entonces: ocultarlos o cerrar los ojos.

 

Todo iba viento en popa hasta que en la escuela empezaron a preguntarme por la devolución de la libreta debidamente firmada; y en mi casa también se empezaron a preocupar por la demora en la entrega de la bendita libreta.  En la escuela les decía que mis padres todavía no la firmaban y en casa decía que todavía no me la entregaban.  Cada día que pasaba aumentaba mi angustia porque la situación se tornaba insostenible. Hasta que por fin estalló.  Mi madre fue a la escuela y allí le dijeron que la libreta había sido entregada varios días atrás y que estaban a la espera de la devolución.

 

No recuerdo que sucedió cuando a mi retorno a casa la verdad salió a relucir y ya no pude seguir sosteniendo la mentira.  Realmente no me acuerdo qué pasó cuando mi padre se enteró de la verdad de las cosas y de mis mentiras para ocultarla.  Pude haber pedido perdón por mis faltas.  Pude haber recibido un castigo tan fuerte que mi mente lo ha relegado a un rincón del subconsciente.  Pude haber recibido la intercesión de mi madre, siempre tan indulgente.  No lo sé.  Lo único que sé y recuerdo hasta ahora es que esos días que trascurrieron entre la entrega de la libreta y el descubrimiento de la verdad fueron los más terribles y angustiosos de mi vida.  Moraleja: En la vida no hay que mentir y si se hace, hay que hacerlo con el mayor cuidado posible y no en forma tan chapucera como lo hacen ciertos políticos o como yo lo hice cuando era un niño de apenas ocho años.

 

Petronio                                                                                              Algún día de 2010



[1] Tan severa fue que, según mi padre, tuvo que huir del hogar paterno a la temprana edad de 13 años. De Trujillo vino a Lima y aquí se hizo sastre y luego obrero en una fábrica de tejidos. Gracias a esta combinación de oficios, los hijos que tuvo después, pudimos vestirnos con los restos de telas que se arrojaban a un depósito antes de tirarlas a la basura.

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