lunes, 27 de septiembre de 2021

 

CARLOS SLIM Y LA CAJA FRIA FRIA

 

Una de las noticias que ocupan las portadas y primeras páginas de diarios y medios de comunicación, es la que se refiere al magnate de las telecomunicaciones Carlos Slim, quien, para dudoso orgullo de los latinos, habría desplazado del primer lugar a Bill Gates en el podio de los multibillonarios.  Sea cierta o no, la noticia plantea inevitablemente el polémico tema de las inequidades en este mundo.

Se dice que el señor Slim habría sido catapultado a ese envidiado primer lugar gracias a una revaloración de sus acciones en 8 mil millones de dólares.  Y el contraste es patético.  Mientras él y otros de su categoría pueden ganar (o perder) cifras tan siderales de un momento a otro, millones de personas en el mundo sobreviven sumidos en la miseria y la desesperación con menos de un dólar al día (definición de pobreza extrema) a pesar de todos los esfuerzos que gobiernos, iglesias e instituciones filantrópicas vienen haciendo desde hace mucho tiempo. Una voz interna nos dice que algo no anda bien en el mundo.

No haremos aquí filosofía barata, ni propondremos remedios, ni señalaremos culpables, ni pegaremos el grito al cielo por este estado de cosas; ya hay mucha gente haciéndolo.  Lo que haremos es reflexionar sobre dos o tres cosas que nos permitan abordar el tema en forma diferente y constructiva.

Cuando no se tienen cifras precisas sobre algo, se recurre normalmente a dar estimados o usar lo que comúnmente se llama órdenes de magnitud.  Eso ayuda mucho para saber de qué estamos hablando.  Matemáticamente cada orden de magnitud es diez veces más o diez veces menos que el nivel inmediato (las escalas sismográficas son ejemplos de esto). En números, la progresión es la siguiente: 1, 10, 100, 1000, 10,000; y así sucesivamente.  Apliquemos esta noción a los ingresos diarios de las personas en términos monetarios que, para el caso presente será en dólares americanos.  Grosso modo, la cosa es así:

  • Por debajo de 1 dólar corresponde a pobreza extrema (980 millones de personas en el mundo)
  • Por debajo de 10 dólares corresponde a pobreza simple (50% de los peruanos)
  • Por debajo de 100 dólares corresponde a clase media (Aquí se ubican muchos profesionales)
  • Por debajo de 1000 dólares corresponde a las llamadas clases ricas o de categoría A.
  • Por debajo de 10,000 dólares corresponde a clase muy, muy rica (CEOS de empresas multinacionales, grandes estrellas del fútbol o del espectáculo, capos del narcotráfico, etc.)
  • Por encima de los 100,000 dólares estamos hablando de los más grandes billonarios del planeta, como Bill Gates o Carlos Slim. (Durante la explosión de la burbuja de las dot com en el 2000, Bill Gates perdía un millón de dólares diarios, lo que a él no le hacía ni cosquillas.)

El primer nivel está realmente fuera de escala o clasificación.  No debería existir; pero desgraciadamente existe. Los tres niveles siguientes simplemente podrían ser catalogados como “normales” en el sentido de que para ellos el dinero es dinero y sirve no sólo para subsistir sino para adquirir bienes y servicios, para prosperar y gozar de la vida. El quinto nivel es de transición en donde el dinero es tanto, que ya empieza a molestar y a dilapidarse en ciertos caprichos y sofisticadas adicciones.

Para los que acceden al último nivel, el dinero pierde el significado que los demás mortales le damos; aunque habría que reconocer que en los otros niveles ya empieza a emerger el mismo fenómeno que en este nivel excepcional: el dinero ya no es dinero; es lisa y llanamente poder.  Es esta transmutación lo que hay que tener presente cuando se tratan los grandes temas que aquejan a la humanidad; porque, como sabemos, el dinero y el poder se pueden utilizar indistinta y simultáneamente para el bien o para el mal (cualesquiera sea el significado que le demos a estos términos).  Los extremos se tocan, y así como el primer nivel de indigencia no debería existir, con igual o mayor razón este último tampoco.[1]  Pero existe.  Y al parecer no hay forma de erradicarlo, porque cada vez que se ha intentado, los resultados han sido dolorosos o catastróficos para los pueblos; aunque no faltan los que siguen insistiendo. 

La Ley de Hooke, por otra parte, nos informa que la elongación de un resorte es proporcional a la fuerza o el peso que se le aplica.  En la práctica, esto es válido dentro de ciertos límites.  Si la fuerza o peso es muy pequeña la ley no se cumple.  Igualmente, no se cumple si la fuerza es demasiado grande; es más, se arruina el resorte y el aparato que lo utiliza.  Algo parecido sucede con el dinero y el poder. En exceso, el entorno se distorsiona, se deteriora y tiende a arruinarse.

Un tercer elemento por considerar, complementario a los anteriores, es el hecho conocido de que varias empresas transnacionales manejan un presupuesto mayor que el de muchos estados y esto significa, en términos prácticos y reales, que son más poderosas que ellos y ejercitan ese poder para sus propios fines e intereses.  Esto no es una novedad; pero resulta preocupante la tendencia. Se comprueba que mientras muchos estados se debilitan y se hacen más vulnerables, las empresas transnacionales se hacen cada vez más poderosas.  El fiel de la balanza tiende a inclinarse, y no por culpa necesariamente de los estados.

Conocida es la filantropía de Bill Gates y de su esposa.  Y Carlos Slim parece ser un gordito buena gente.  Pero no es la filantropía ni la simpatía lo que les ha permitido llegar a donde están. Seguramente ha habido esfuerzo, habilidad, constancia y buena fortuna para saber aprovechar las oportunidades y para derrotar a sus rivales o competidores dejándoles fuera de carrera, en una lucha darviniana por sobrevivir.  Pero ¿qué pasaría si un inescrupuloso o un desalmado gana esas contiendas y alcanza esos niveles y ese poder?  Peor aún ¿podemos afirmar con certeza que esos casos no se han producido ya y que están vigentes en el mundo?  ¿Los regímenes despóticos (Trujillo, Idi Amin, Sukarno, etc.) no son un ejemplo de ello? ¿Y los grandes capos del narcotráfico o los grandes traficantes de armas no lo son también, aunque actúen en la sombra? ¿Y nuestro representante Montesinos, con sus dos mil millones de dólares, no estaba también en esa multibillonaria carrera interrumpida por el primer vladivideo?  Si no hubiera ocurrido ese traspié, hoy los peruanos estaríamos “orgullosos” de que un compatriota pudiera codearse con Gates y Slim en cuanto a fortuna personal, aunque no por cierto en la galería de Forbes.  Lo que me lleva a pensar ¿cuánto hay de cierto en esa famosa frase de que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente?  ¿O es sólo una metáfora que usamos para las charlas de café?  En algún momento y bajo ciertas circunstancias la frontera entre una actividad lícita y otra ilícita tiende a borrarse o a confundirse.  Un pequeño cuento de ciencia ficción de Howard Fast de los años sesenta ilustra este punto.

 LA CAJA FRIA FRIA (Resumen)

La acción se desarrolla en un tiempo futuro, cuando un joven accionista de una gran corporación mundial acude por primera vez a la magna asamblea anual de la compañía.  Mientras trata de ubicar su asiento en la inmensa sala de conferencias, observa que en el centro del recinto hay un gran espacio vacío al que se accede por un largo corredor.  Ya en su sitio, encuentra la documentación para la sesión inaugural y en ella un dossier con la historia de la compañía y en particular la de su fundador y presidente, virtualmente fallecido.  El gran magnate había empezado su brillante carrera al mando de una pequeña corporación ubicada en un sector clave de la economía y que, gracias a su talento, visión, audacia y una absoluta falta de escrúpulos, había logrado convertirla en un gran conglomerado empresarial a escala mundial. Ningún estado pudo ya oponerse a su poder. No había más poder que el de su corporación y él estaba al mando de ella.

Pero, cuando se encontraba en la cúspide del poder algo inesperado sucedió.  Los médicos le diagnosticaron una enfermedad que la ciencia de ese entonces no podía tratar y menos curar.  Hombre práctico y con ilimitados recursos, reunió a los mejores científicos y tomó una determinación.  Su cuerpo sería sometido a un proceso criogénico que lo preservaría en estado de hibernación hasta que la ciencia estuviera en condiciones de curarlo.  Reunió a su cuerpo de directores, les informó de su decisión y dio instrucciones precisas para que su empresa, y el mundo, continuaran funcionando bien hasta su retorno.  Año tras año, la Gran Asamblea de Accionistas se reunía para evaluar el estado de cosas y decidir qué hacer al respecto.

El presidente de la asamblea abrió la sesión.  Y mientras unos ujieres ingresaban por el largo pasillo conduciendo un gran sarcófago en donde yacía el cuerpo congelado del magnate, se dirigió así a los asistentes. “Señores”, les dijo, “como todos saben, la ciencia parece estar ya en condiciones de tratar la enfermedad que aqueja a nuestro Presidente y que éste se haga cargo nuevamente de la compañía.  Al igual que otros años, ustedes decidirán con su voto si ya ha llegado el momento de despertarlo.  Les ruego hacer uso su tablero ubicado en sus asientos para expresar su voluntad.”  Todos así lo hicieron y el voto fue unánime.

Y mientras el sarcófago era retirado de la sala, el chairman, pronunciaba tal vez por enésima vez, la rutinaria frase: “Bien, señores, ahora pasaremos a discutir los siguientes puntos de la agenda.”

 ¿Y que tiene que ver Carlos Slim con esta historia?  Nada. Carlos Slim no se ha muerto y al parecer goza de buena salud. El hecho que pertenezca al exclusivo club de los multibillonarios no lo convierte necesariamente en una mala persona. Como tampoco a los otros integrantes. ¿Verdad?

 

Petronio                                                                             27 de setiembre de 2009



[1] Opinión personal.

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