EL DOLOR NUESTRO DE CADA DIA[1]
Me despierto a las 6. Me levanto a las 6:30. Últimamente
me estoy dando ese gusto de holgazán; pero es a esa hora cuando empieza mi
calvario de todos los días.
Mi primer dolor es en la espalda al momento de doblarme
para quedar sentado sobre la cama.
Luego hago un pequeño giro, bajo las piernas y las
dejo colgando por unos momentos antes de ponerme de pie sobre el piso. Allí me
coge el segundo dolor al tratar de estirarme para dirigirme al baño. Allí,
menos mal, todavía no me duele nada.
El tercer dolor es el de los pies al caminar hacia la
cocina para preparar mi desayuno. Me duelen los callos y las ampollas
producidas por unos zapatos apretados que usé el día anterior.
El otro dolor que me hace ver a Judas en calzoncillos
es el juanete del pie izquierdo que ya se está promoviendo para convertirse en
un sexto dedo; y creo que lo va a lograr.
Luego vienen los dolores a las pantorrillas y los
muslos los que, dicho sea de paso, no están mal y pueden hacerle la pelea a La
Piernona. Pero el problema es que me duelen. Estoy pensando en contratar una
masajista. Así podría matar dos pájaros de un tiro o podría morir en el
intento.
Los otros dolores se presentan a la hora de comer y
tener que masticar. Ya tengo bien mapeados los dientes y las muelas que debo
utilizar según sea la dureza o plasticidad de los alimentos; pero de vez en
cuando me equivoco y… ¡Agárrate, Catalina! La zona izquierda es la más delicada,
lo que en forma inconsciente me ha llevado a comer como peón de ajedrez; es
decir, de costado. ¡Ah! Y de vez en cuando me muerdo la lengua, justo cuando
con mayor placer disfruto de algún manjar exquisito.
El dolor que ya es caserito es el de la zona lumbar.
Es fiel y me viene acompañando desde hace años. Con este dolor hemos
establecido relaciones cordiales y podría decirse que somos amiguitos.
Los otros dolores son en las manos que a veces se
ponen a jugar a los bandidos. Se ponen rígidos con el pulgar hacia arriba, el
índice hacia adelante y los demás contraídos, apuntando a cualquier parte.
Pero lo que más me viene preocupando últimamente son
unos dolores raros en todo el cuerpo. Son muy ladinos; no avisan ni están
ubicados en alguna parte específica del cuerpo. Y son rápidos y agudos. Es como
si mi cuerpo fuera un gran alfiletero y una costurera bisoña se entretuviera en
clavar sus agujas por cualquier parte. Algunas veces tengo que enderezarme súbitamente
lanzando una exclamación subida de tono. O a veces pienso que tal vez sea una
operación de vudú de alguien que me quiere mucho. ¡Vaya uno a saber!
Pero; la mejor parte (¿?) es en la noche cuando me voy
a la cama dispuesto a descansar. No siempre; pero cada vez con mayor frecuencia,
un último dolor me ataca a mansalva cuando me echo de espaldas y me acomodo de
la mejor manera para poder dormir como un angelito. Es entonces cuando, sin
pedir permiso, un malévolo calambre me obliga a bajarme de la cama, ponerme de
pie y con todo el peso del cuerpo obligar a mi arqueada planta a enderezarse.
Primero fue el izquierdo, luego el derecho y ahora son las piernas.[2] ¿Seguirá trepando? ¡No
quiero ni pensarlo!
Pero ¡Qué diablos! Todos esos dolores me indican
claramente de que aún estoy vivo y que puedo decir como Descartes Me duele; luego existo. Si no me doliera
el cuerpo querría decir que estoy muerto y eso sí me resultaría algo insoportable.
Así que: ¡Bienvenidos sean mis
dolores de cada día! Pero, por favor, no me duelan tanto.
Petronio Jueves
14 de marzo de 2019
Adenda
No me
hicieron caso. Es más, llamaron más refuerzos. El último acudió anoche y apareció
en mi mano izquierda. Asolapado, agudísimo,
dolorosísimo. Lo que me obligó a soltar espontáneamente lo más selecto de repertorio
de palabrotas, reservado para mis más enconados enemigos. ¡Y vaya los que he
conseguido! Lo único que lamento es que estos no tengan mamá. ¿Aparecerán más?
Seguro que sí. No me cabe la menor duda. Pero ¿por dónde atacará? Ojalá que no
sea por ahí.
(26/09/2021)
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