JULIO
Julio no es blanco; es negro.
Julio no es obeso; es fornido.
Julio no es joven; tampoco es
viejo.
Julio no habla; sonríe.
Julio nos hace sentir bien y
nos invita a pasar.
Julio es un anfitrión, un ujier,
un portero, un “jalador”; y ejerce su oficio bien vestido, casi uniformado a las
puertas de un establecimiento en el Ovalo de Miraflores.
¿Cuántos oficios desempeñó Julio
antes de llegar a éste?
¿Qué decidió su destino?
¿Cuáles, los paradigmas que le sirvieron de modelo?
Tal vez los botones de algún
hotel de lujo o los hieráticos centinelas de Palacio de Gobierno.
Quizás de pequeño llamó su atención un policía de color correctamente ataviado, dirigiendo el tránsito en una esquina de la Plaza San Martín, dando el pase a los automovilistas.
O alguna vez alcanzó a ver la figura estatuaria de un moreno toreador en su traje de luces, ejecutando atrevidos pases frente a un toro de lidia en la Plaza de Acho.
No lo sabremos, a menos que se
lo preguntemos directamente y que algo nos diga de su historia personal; aunque
lo más probable es que nos conteste con un amable gesto o una generosa sonrisa.
¿Cuánto tiempo lleva allí? ¿Semanas,
meses, años? ¿A qué aspira Julio? Trato de imaginarlo.
Tal vez, al coronar su
existencia, su máximo sueño sea el de seguir haciendo lo que siempre ha hecho;
pero esta vez no en la puerta de ingreso de un establecimiento cualquiera, sino
en las amplias puertas del Paraíso, recibiendo con su amplia sonrisa a las
almas buenas y haciéndolas pasar a disfrutar del eterno convite.
Por ahora, Julio sólo está practicando,
ensayando todos los días para cuando llegue la hora de su última y definitiva actuación.
Jaime Sandoval Espinoza Miraflores,
6 de octubre de 2017


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