jueves, 2 de septiembre de 2021

 

BORGES BASILIDES Y YO[1]

Empiezo declarando mi admiración personal por el escritor argentino Jorge Luís Borges. Desde que lo descubrí allá por los años sesenta, se ha convertido en mi autor preferido en habla castellana. Por supuesto que no soy su único admirador y coincido con la opinión de los entendidos en que mereció que la academia sueca le otorgara el Premio Nobel de Literatura. Es un hecho conocido por qué no lo hicieron; pero eso no pasa de ser una anécdota. Su fama y su valor no han requerido de ningún premio para ser reconocido como uno de los más grandes escritores de todos los tiempos.  

Dicho lo anterior, paso a hablar de una de las obras de este prolífico escritor titulada Una vindicación del falso Basilides perteneciente al libro Discusión.

La existencia del bien y del mal en este mundo es un tema que ha preocupado y sigue preocupando a la humanidad desde sus inicios hasta nuestros días. Las mentes más preclaras se han pronunciado al respecto y los volúmenes escritos sobre este asunto llenarían bibliotecas enteras si se pudiera juntarlas en un solo lugar.

Borges no fue ajeno a este quehacer; pero lo hizo con una maestría tal que diera la impresión de estar tratando de cualquier otro tema y no de éste tan fundamental. Y si uno se descuida y no está alerta y avisado, siempre logra engañarnos y envolvernos con la magia de sus elucubraciones y sus múltiples referencias a libros, autores, lugares y hechos que alguna vez existieron o sucedieron. O no. En eso radica, creo, parte del secreto que seduce al lector.

Basílides fue uno de los más célebres gnósticos. Vivió allá por los años 120-140 de nuestra era en Alejandría, Egipto y escribió muchas obras, de las cuales sólo quedan fragmentos. Lo que se sabe de él fue escrito por sus críticos y enemigos.

En su citada obra, Borges nos da a conocer la esencia de su cosmogonía, y en su parte inicial nos informa que:

“En el principio de la cosmogonía de Basílides hay un Dios. Esta divinidad carece majestuosamente de nombre, así como de origen; de ahí su aproximada nominación de pater innatus. Su medio es el pleroma o la plenitud: el inconcebible museo de los arquetipos platónicos, de las esencias inteligibles, de los universales. Es un Dios inmutable, pero de su reposo emanaron siete divinidades subalternas que, condescendiendo a la acción, dotaron y presidieron un primer cielo. De esta primera corona demiúrgica procedió una segunda, también con ángeles, potestades y tronos, y éstos fundaron otro cielo más bajo, que era el duplicado simétrico del inicial. Este segundo cónclave se vio reproducido en uno terciario, y éste en otro inferior, y de este modo hasta 365. El señor del cielo del fondo es el de la Escritura, y su fracción de divinidad tiende a cero…”

Cuando leí por primera vez este relato se generó en mí, por acto reflejo, la necesidad de escribir algo que sólo pude concretar muchos años después en un microrrelato que titulé Receta para la Nada.

Borges, con una erudición infinita, prosigue y termina con el párrafo siguiente:     

“Durante los primeros siglos de nuestra era, los gnósticos disputaron con los cristianos. Fueron aniquilados, pero nos podemos representar su victoria posible. De haber triunfado Alejandría y no Roma, las estrambóticas y turbias historias que he resumido aquí serían coherentes, majestuosas y cotidianas. Sentencias como la de Novalis: La vida es una enfermedad del espíritu,[6] o la desesperada de Rimbaud: La verdadera vida está ausente; no estamos en el mundo, fulminarían en los libros canónicos. Especulaciones como la desechada de Richter sobre el origen estelar de la vida y su casual diseminación en este planeta, conocerían el ascenso incondicional de los laboratorios piadosos. En todo caso, ¿qué mejor don que ser insignificantes podemos esperar, qué mayor gloria para un Dios que la de ser absuelto del mundo?”

 

Si uno examina cualquier época de la historia, desde que el homo sapiens empezó a enseñorearse de este planeta hasta nuestros días, tendrá que reconocer que algo, o mucho, anda mal en este mundo. A pesar del evidente progreso material que la ciencia y la tecnología han desarrollado, el mal sigue imperando; en forma abierta y desembozada y también en las formas más sutiles y sofisticadas; tanto en las altas esferas de la sociedad como en las más bajas. Todas las filosofías y todas las religiones del mundo siguen proclamando el bien; pero el mal no cede y hay buenas razones para pensar que el mal no podrá ser erradicado. ¿Demasiado pesimista?

¿Por qué existe el mal? ¿Por qué perdura? ¿Por qué el Bien no puede derrotar al Mal?

Tal vez Basílides tenía razón y precisamente por eso lo combatieron como hereje.

Tal vez Satanás tuvo que ser inventado para tener a alguien a quien responsabilizar por una creación defectuosa.

Tal vez nuestro universo no sea mas que uno de los tantos ensayos fallidos del Creador.

Tal vez en algún lugar y otro tiempo exista el mundo perfecto. Uno donde no exista el Mal.

Tal vez…

 

Petronio                                                                             2 de febrero de 2019

 

Nota.- Los interesados en conocer algo más del heresiarca Basilides pueden visitar el sitio siguiente:

https://en.wikipedia.org/wiki/Basilides

 

                          

 

Basilides de Alejandría                                           Jorge Luís Borges

 

 



[1] Advertencia a los “no iniciados”. Quienes no hayan leído a Borges antes, es probable que experimenten alguna dificultad al hacerlo y más, al tratar de comprenderlo. Su vasta erudición anonada. Borges no es un escritor difícil. Borges sólo es diferente.

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