Retornaba a mi casa en Miraflores por la Av. Aramburú un viernes por la
tarde, en medio del tráfico infernal de esa hora, incrementado por el
apresuramiento de los choferes por no ser víctimas del bendito (o maldito) pico
y placa.
Siendo mi calle una de un solo sentido a la altura de la cuadra 39 de la
Avenida Arequipa, sólo hay dos formas correctas de llegar: avanzar una cuadra
por la Avenida Santa Cruz hasta el semáforo y haciendo una maniobra temeraria
para ganarle al cambio de luz, dar una vuelta no en U sino en V para retornar a
la Avenida Arequipa o, doblar por la Avenida Petit Thouars, avanzar una cuadra,
doblar a la izquierda por la calle La
Florida, desembocar a la Avenida Arequipa, doblar a la izquierda nuevamente y
enrumbar hasta la cuadra 39 y listo. Generalmente esta última era la opción que
tomaba cuando manejaba, hasta hace poco. Una de las razones, que fueron muchas,
por las que dejé de manejar fue la que paso a relatar.
Esa tarde inicié la maniobra con la opción número dos, doblé a la
derecha por Petit Thouars y llegué a la esquina de la Florida. Lógicamente
disminuí la velocidad pues hace tiempo, a algún Einstein del municipio se le
ocurrió poner uno de esos montículos o gibas, mejor conocidos como rompemuelles
o eufemísticamente con el pomposo nombre de “reductores de velocidad”. Y, efectivamente,
hay que reducir la velocidad casi al mínimo si uno no quiere romper los muelles
de su vehículo y dar un tumbo espectacular que, si no te sujetas bien al
volante, saltas hasta el techo y pierdes
el control de tu carro.
Empecé a hacer la maniobra, luego de haber accionado las luces
direccionales, cuando escuché un chirrido espantoso producido por la aplicación
de los frenos del vehículo que venía detrás de mí y al no percatarse de mi
maniobra, casi lo chocan al tratar de
desviarse al carril central. Cuando logré pasar la giba todavía pude escuchar los
desaforados gritos del chofer quien, entre sapos y culebras, se acordaba de mi
mamacita y de mi quinta generación.
Y todo eso por ese invento para brutos que prolifera por toda la ciudad
y que te obliga a reducir la velocidad “a la mala” o exponerte a dar tumbos y
retumbos constantemente.
No me imagino ni recomiendo que un extranjero o turista se arriesgue a
manejar en nuestra caótica ciudad de Lima, la que antaño ostentaba con orgullo los
poéticos títulos de Ciudad Jardín, Ciudad de los Virreyes o La Tres Veces Coronada
Villa. Hoy por hoy, habría que agregarle uno no tan poético, pero más apropiado:
Lima, la Ciudad de los Carros Canguro.
Petronio
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