miércoles, 29 de enero de 2020

ENTRE TUMBOS Y RETUMBOS


Retornaba a mi casa en Miraflores por la Av. Aramburú un viernes por la tarde, en medio del tráfico infernal de esa hora, incrementado por el apresuramiento de los choferes por no ser víctimas del bendito (o maldito) pico y placa.

Siendo mi calle una de un solo sentido a la altura de la cuadra 39 de la Avenida Arequipa, sólo hay dos formas correctas de llegar: avanzar una cuadra por la Avenida Santa Cruz hasta el semáforo y haciendo una maniobra temeraria para ganarle al cambio de luz, dar una vuelta no en U sino en V para retornar a la Avenida Arequipa o, doblar por la Avenida Petit Thouars, avanzar una cuadra,  doblar a la izquierda por la calle La Florida, desembocar a la Avenida Arequipa, doblar a la izquierda nuevamente y enrumbar hasta la cuadra 39 y listo. Generalmente esta última era la opción que tomaba cuando manejaba, hasta hace poco. Una de las razones, que fueron muchas, por las que dejé de manejar fue la que paso a relatar.

Esa tarde inicié la maniobra con la opción número dos, doblé a la derecha por Petit Thouars y llegué a la esquina de la Florida. Lógicamente disminuí la velocidad pues hace tiempo, a algún Einstein del municipio se le ocurrió poner uno de esos montículos o gibas, mejor conocidos como rompemuelles o eufemísticamente con el pomposo nombre de “reductores de velocidad”. Y, efectivamente, hay que reducir la velocidad casi al mínimo si uno no quiere romper los muelles de su vehículo y dar un tumbo espectacular que, si no te sujetas bien al volante, saltas hasta el techo y  pierdes el control de tu carro.

Empecé a hacer la maniobra, luego de haber accionado las luces direccionales, cuando escuché un chirrido espantoso producido por la aplicación de los frenos del vehículo que venía detrás de mí y al no percatarse de mi maniobra, casi  lo chocan al tratar de desviarse al carril central. Cuando logré pasar la giba todavía pude escuchar los desaforados gritos del chofer quien, entre sapos y culebras, se acordaba de mi mamacita y de mi quinta generación.

Y todo eso por ese invento para brutos que prolifera por toda la ciudad y que te obliga a reducir la velocidad “a la mala” o exponerte a dar tumbos y retumbos constantemente.

No me imagino ni recomiendo que un extranjero o turista se arriesgue a manejar en nuestra caótica ciudad de Lima, la que antaño ostentaba con orgullo los poéticos títulos de Ciudad Jardín, Ciudad de los Virreyes o La Tres Veces Coronada Villa. Hoy por hoy, habría que agregarle uno no tan poético, pero más apropiado: Lima, la Ciudad de los Carros Canguro.  

Petronio

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