La lógica y el sentido común nos dicen que, si los elementos
constituyentes de un compuesto son defectuosos o de baja calidad, el compuesto
será defectuoso o de baja calidad. Elemental ¿verdad?
Esta verdad de Perogrullo no necesita probarse. Se comprueba por sí sola.
Y es válida tanto para cosas materiales como inmateriales y para todo tiempo y
lugar.
Las consecuencias pueden ser mínimas o catastróficas, baratas o costosas,
leves o dolorosas.
Una pieza mal diseñada o construida puede arruinar una máquina; un
aparato doméstico, por ejemplo. Pero, se arregla con un poco de dinero. En
cambio, si se tratara de un avión de pasajeros, la catástrofe sería enorme y
lamentable por la pérdida de decenas o centenares de vidas humanas. Impagable.
Unas bolsas de cemento de menos o de mala calidad en la mezcla de
concreto de una pista pueden deteriorarla completamente por la acción del
tiempo, de las lluvias o los aniegos. Las consecuencias son costosas al tener
que reconstruir la pista y los daños causados a los vehículos que la transitan.
Bastan estos dos ejemplos de la vida real para ilustrar lo dicho al
inicio. Hemos olvidado el poema de
George Herbert escrito en 1651 que nos enseñaron en la escuela: Por un clavo
se perdió un reino.
Las instituciones de un país están compuestas por elementos humanos: familias,
escuelas, colegios, universidades, gremios, sindicatos, asociaciones, agrupaciones
cívicas, políticas, deportivas,
religiosas, Fuerza Armada, empresas
públicas y privadas, partidos políticos, alcaldías, poderes del Estado, etc.
etc.
La lógica y el sentido común nos dicen entonces que, si nosotros los
peruanos funcionáramos bien, esas
instituciones también funcionarían bien: y si esas instituciones funcionaran
bien, nuestro país funcionaría bien. ¿No es verdad? Elemental. Verdad de
Perogrullo. La pregunta es entonces: ¿Está funcionando bien nuestro país? ¿Están
funcionando bien nuestras instituciones? ¿Estamos nosotros funcionando bien? El
malestar ciudadano responde que no. Y PISA lo ratifica.[1]
Sin embargo; las quejas, reclamos y protestas se dirigen y concentran siempre
en las cabezas de esas instituciones como si nosotros no tuviéramos nada que
ver en el asunto; ninguna responsabilidad, siendo en muchos casos los que los
elegimos. Peor aún, nos dedicamos a maltratar y denigrar a las personas e instituciones,
calificándolos sin pudor alguno de vulgares delincuentes, organizaciones
criminales, olvidándonos del primer artículo de la Constitución que dice: “La
defensa de la persona humana y el respeto de su dignidad son el fin supremo de
la sociedad y del Estado”.
Me temo que una inmensa mayoría de peruanos desconoce este artículo ni
entiende lo que significa.
La existencia de uno o dos tipos de esa calaña, de cinco o diez o incluso
más; no justifica ni autoriza la generalización que se ha hecho y que le hace
un gravísimo daño al país; es decir, a nosotros mismos.
Los primeros resultados oficiales del reciente proceso electoral reflejan
nítidamente esa errada percepción
ciudadana, la que podría resumirse en una
frase: “No me importa que un congresista no tenga experiencia; lo único que
me importa es que sea honrado”. Esta “lógica”, aparentemente correcta, adolece
de tres falacias: la primera es que el hecho de ser nuevo en política es garantía
que esa persona u organización sea honesta. Eso es sólo una presunción, mas no
una certeza. La segunda es la creencia de que la experiencia política es algo
fácil de adquirir. Y la tercera es que político es casi sinónimo de delincuente
“porque la política es sucia” y “el político es corrupto por naturaleza”.
Razonemos correctamente, aunque PISA nos demuestre que somos uno de los peores
del mundo en este sutil arte.
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