EL VIEJO
Camina más lento,
reacciona más lento, habla más lento o casi no habla; sólo observa y escucha.
Recuerda, piensa, reflexiona,
se pregunta y se responde. Entiende.
Ya no participa como
antes porque van quedando pocos como él.
Ya no escucha bien y no entiende lo que se habla. Y si cree que entiende,
se equivoca; por eso prefiere callar.
Porque el mundo que
conoció, las personas que trató, los lugares que visitó, los conocimientos que
adquirió y las habilidades que tuvo ya no existen o han cambiado.
Su mundo está en el pasado; el presente lo acepta, pero no le gusta, y sabe
bien que el futuro le está vedado aunque tenga sueños y proyectos y demuestre un
interés.
Y se recluye en algún lugar cómodo, acogedor, apacible, que no haya
cambiado mucho todavía.
La música, los libros, los viejos álbumes de
fotografías, las viejas películas son su diaria compañía.
O, recorrer calles conocidas que aún quedan o el barrio de su infancia
donde jugó, creció, hizo amistades duraderas y conoció a su primer amor o al amor
de su vida.
Y, si la economía lo permite, recorrer el mundo para cumplir con sueños eternamente
postergados, esperando mejores momentos que nunca llegarán.
O reunirse con gente
como él, desconocidas al principio, pero entrañablemente unidas al final.
Para recordar los tiempos idos, compartir secretos que ya no lo son, reírse
con las anécdotas o tonterías que cometió y repetir una y otra vez viejas historias y urdir nuevas, para
volver a vivir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario