viernes, 24 de enero de 2020

EL VIEJO


EL VIEJO

Camina más lento, reacciona más lento, habla más lento o casi no habla; sólo observa y escucha.
Recuerda, piensa, reflexiona, se pregunta y se responde. Entiende.
Ya no participa como antes porque van quedando pocos como él.
Ya no escucha bien y no entiende lo que se habla. Y si cree que entiende, se equivoca; por eso prefiere callar.
Porque el mundo que conoció, las personas que trató, los lugares que visitó, los conocimientos que adquirió y las habilidades que tuvo ya no existen o han cambiado.
Su mundo está en el pasado; el presente lo acepta, pero no le gusta, y sabe bien que el futuro le está vedado aunque tenga sueños y proyectos y demuestre un interés.
Y se recluye en algún lugar cómodo, acogedor, apacible, que no haya cambiado mucho todavía. 
La música, los libros, los viejos álbumes de fotografías, las viejas películas son su diaria compañía.
O, recorrer calles conocidas que aún quedan o el barrio de su infancia donde jugó, creció, hizo amistades duraderas y conoció a su primer amor o al amor de su vida.
Y, si la economía lo permite, recorrer el mundo para cumplir con sueños eternamente postergados, esperando mejores momentos que nunca llegarán.
O reunirse con gente como él, desconocidas al principio, pero entrañablemente unidas al final.
Para recordar los tiempos idos, compartir secretos que ya no lo son, reírse con las anécdotas o tonterías que cometió y repetir una y otra vez viejas historias y urdir nuevas, para volver a vivir.

  




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