lunes, 27 de septiembre de 2021

 

EL DOLOR NUESTRO DE CADA DIA[1]

Me despierto a las 6. Me levanto a las 6:30. Últimamente me estoy dando ese gusto de holgazán; pero es a esa hora cuando empieza mi calvario de todos los días.

Mi primer dolor es en la espalda al momento de doblarme para quedar sentado sobre la cama.

Luego hago un pequeño giro, bajo las piernas y las dejo colgando por unos momentos antes de ponerme de pie sobre el piso. Allí me coge el segundo dolor al tratar de estirarme para dirigirme al baño. Allí, menos mal, todavía no me duele nada.

El tercer dolor es el de los pies al caminar hacia la cocina para preparar mi desayuno. Me duelen los callos y las ampollas producidas por unos zapatos apretados que usé el día anterior.

El otro dolor que me hace ver a Judas en calzoncillos es el juanete del pie izquierdo que ya se está promoviendo para convertirse en un sexto dedo; y creo que lo va a lograr.

Luego vienen los dolores a las pantorrillas y los muslos los que, dicho sea de paso, no están mal y pueden hacerle la pelea a La Piernona. Pero el problema es que me duelen. Estoy pensando en contratar una masajista. Así podría matar dos pájaros de un tiro o podría morir en el intento.

Los otros dolores se presentan a la hora de comer y tener que masticar. Ya tengo bien mapeados los dientes y las muelas que debo utilizar según sea la dureza o plasticidad de los alimentos; pero de vez en cuando me equivoco y… ¡Agárrate, Catalina! La zona izquierda es la más delicada, lo que en forma inconsciente me ha llevado a comer como peón de ajedrez; es decir, de costado. ¡Ah! Y de vez en cuando me muerdo la lengua, justo cuando con mayor placer disfruto de algún manjar exquisito.

El dolor que ya es caserito es el de la zona lumbar. Es fiel y me viene acompañando desde hace años. Con este dolor hemos establecido relaciones cordiales y podría decirse que somos amiguitos.

Los otros dolores son en las manos que a veces se ponen a jugar a los bandidos. Se ponen rígidos con el pulgar hacia arriba, el índice hacia adelante y los demás contraídos, apuntando a cualquier parte.

Pero lo que más me viene preocupando últimamente son unos dolores raros en todo el cuerpo. Son muy ladinos; no avisan ni están ubicados en alguna parte específica del cuerpo. Y son rápidos y agudos. Es como si mi cuerpo fuera un gran alfiletero y una costurera bisoña se entretuviera en clavar sus agujas por cualquier parte. Algunas veces tengo que enderezarme súbitamente lanzando una exclamación subida de tono. O a veces pienso que tal vez sea una operación de vudú de alguien que me quiere mucho. ¡Vaya uno a saber!

Pero; la mejor parte (¿?) es en la noche cuando me voy a la cama dispuesto a descansar. No siempre; pero cada vez con mayor frecuencia, un último dolor me ataca a mansalva cuando me echo de espaldas y me acomodo de la mejor manera para poder dormir como un angelito. Es entonces cuando, sin pedir permiso, un malévolo calambre me obliga a bajarme de la cama, ponerme de pie y con todo el peso del cuerpo obligar a mi arqueada planta a enderezarse. Primero fue el izquierdo, luego el derecho y ahora son las piernas.[2] ¿Seguirá trepando? ¡No quiero ni pensarlo!

Pero ¡Qué diablos! Todos esos dolores me indican claramente de que aún estoy vivo y que puedo decir como Descartes Me duele; luego existo. Si no me doliera el cuerpo querría decir que estoy muerto y eso sí me resultaría algo insoportable.

            Así que: ¡Bienvenidos sean mis dolores de cada día! Pero, por favor, no me duelan tanto.

Petronio                                               Jueves 14 de marzo de 2019

 

Adenda

No me hicieron caso. Es más, llamaron más refuerzos. El último acudió anoche y apareció en mi mano izquierda. Asolapado,  agudísimo, dolorosísimo. Lo que me obligó a soltar espontáneamente lo más selecto de repertorio de palabrotas, reservado para mis más enconados enemigos. ¡Y vaya los que he conseguido! Lo único que lamento es que estos no tengan mamá. ¿Aparecerán más? Seguro que sí. No me cabe la menor duda. Pero ¿por dónde atacará? Ojalá que no sea por ahí.

(26/09/2021)



[1] Versión actualizada.

[2] En un reciente viaje a Machu Picchu, al término de la caminata, una contractura a los muslos me impidió caminar durante media hora. #%(#!:)*. Y hace dos semanas me agarró otro calambre manejando por la Javier Prado y no tenía cómo estirar las piernas.  #%+?!#$!

domingo, 26 de septiembre de 2021

YO QUELO JULBO

En la salita de estar que da al jardín el papá está conversando con su pequeño hijo, mientras sigue con la mirada el vuelo de un moscardón que se ha metido en la casa y que, porfiadamente, trata de salir a través de la ventana cerrada.

  • Mira pequeñín, ¿Qué te parece si este fin de semana te llevo a ver un partido de básquet?

El pequeño, que apenas puede hablar, le responde haciendo una mueca de disgusto:

  • No papito. Yo quelo julbo.
  • Bueno hijito. Ya hemos ido al estadio varias veces, pero creo que sería bueno que vieras también otros deportes. 
  • Porque hay muchos otros deportes ¿sabes?
  • Chi, papito; pelo yo quelo julbo, responde resueltamente el pequeño.
  • Mira que en otros deportes somos campeones internacionales... y en el fútbol…nada.
  • Chi, papito; pelo yo quelo julbo, repite el chico visiblemente contrariado.

Pero el papá, torpemente, insiste:

  • Es que hay otros deportes muy bonitos como la natación, el atletismo, el básquet …

A lo que el chico, ya fuera de sí, reacciona tirándose al suelo preso de una pataleta mientras grita desaforadamente:

-        ¡¡¡YO QUELO JULBO!!!  ¡¡¡YO QUELO JULBO!!!

Alarmada por el escándalo y por los gritos del chico baja la mamá del segundo piso y le pregunta a su marido con tono recriminatorio:

  • ¿Qué le has hecho al chico?
  •  ¿Yo? Nada, cariño. Nada. Responde el hombre asustado.
  •     Entonces ¿por qué llora así? -le dice la mujer con una mirada acusatoria mientras   levanta al pequeño y le limpia sus lágrimas.
  •    Por nada, cielo. Yo sólo quería llevarlo a ver el básquet; pero parece que a él no le gustó la idea. Sólo quiere fútbol y yo pensé que sería bueno que apreciara también otros deportes.
  •     Bueno. Pero si al chico le gusta el fútbol ¿para qué contrariarlo? Todos sus amiguitos juegan al fútbol y si no aprende a jugar, cuando entre a la escuela, los demás chicos le van a hacer bullying y tú tendrás la culpa de eso.
Le  dice, señalándolo con un acusador dedo índice; mientras se dirige a las escaleras cargando al niño.

  • Tienes razón. Ya no insistiré. 

g  Resignado, el hombre mueve la cabeza de un lado al otro, abre una hoja de la ventana para que el moscardón pueda escapar al exterior, mientras se dice a sí mismo: 

  •      Tal vez tengan razón. Y para aliviar la tensa situación creada, grita a todo pulmón: 

¡Arriba Perú! 

Y desde la parte alta se escucha la alegre voz del niño, quien repite:

¡Aliba Pelú!

Petronio                                                                                    14 de marzo de 2018 

 

LA ÚLTIMA LECCION DEL PROFESOR BONETTI

 

El cadáver yacía de bruces sobre el piso del cuarto 722 del hotel Estrella de Buenos Aires, un hotel de mala muerte en los suburbios de la gran capital, con un puñal clavado hasta la empuñadura en la espalda.

Aún no se había secado la sangre que manaba de la herida cuando el cuartelero del hotel entró para hacer la limpieza y se encontró con la macabra escena. El huésped había colgado en la perilla el clásico aviso de “No molestar” y, sin embargo, la puerta estaba entreabierta.

Luego de recuperarse del susto, el empleado bajó al primer piso e informó a la administración y ésta, de inmediato, llamó a la policía. Seis agentes de investigación al mando del inspector Castillo se constituyeron en la escena del crimen. Acordonaron el lugar y comenzaron a hacer su trabajo tomando fotos, interrogando a las personas, haciendo mediciones y anotando meticulosamente cada detalle que encontraban.

El cadáver estaba de bruces y desnudo, salvo por una toalla atada a la cintura, y cuando recién pudieron ver el rostro del occiso la sorpresa fue general.

  • Pero... ¿no es el profesor Bonetti? -exclamó uno haciéndose la misma pregunta que todos se hacían.
  • ¿Qué diablos hace aquí? -exclamó otro.
  • Hacía -corrigió el primero.

El inspector Castillo intervino, reunió al grupo y les dijo:

  • Muchachos, esto es algo inesperado e introduce un elemento extraño en la investigación. Todos saben quién fue el profesor Bonetti; sin lugar a duda, el mejor profesor de criminología que hayamos tenido en la Academia. Se tuvo que retirar cuando le detectaron un cáncer avanzado y desde ese entonces nadie, que yo sepa, lo ha vuelto a ver. Hasta ahora. No tengo que hacerles recordar que la reputación del profesor Bonettti está de por medio; y también la nuestra. Saben bien cómo son los periodistas. Siempre buscando el lado morboso de las cosas en busca de historias escabrosas para hacer escándalo. De manera que, hagan bien su trabajo y todo me lo reportan a mí. ¡Nadie le canta ni pío a un periodista! ¿Entendieron?
  • Si señor, respondieron todos a coro.
  • Pues, ¡A trabajar!

Y, efectivamente; hicieron un prolijo trabajo profesional junto con el fiscal de turno y el médico legista. Al cabo de una hora, el inspector Castillo volvió a reunir en la habitación contigua a su personal.

  • Bueno, si es que han hecho bien su trabajo debemos tener todos los elementos del caso para saber o poder deducir qué es lo que pasó aquí. El trabajo largo y tedioso lo haremos en nuestro cuartel general; pero, ya saben cuál es mi método. Antes de retirarnos de este escenario quiero que cada uno de ustedes formule al menos una observación o lance una hipótesis de cómo se produjo el crimen y quién lo pudo cometer. Tormenta de ideas, que le dicen.
  • Al menos, no se trata de un suicidio -comentó Rodríguez en voz baja.
  • ¡Rodríguez! ¡Este es un trabajo serio y no le voy a permitir ese tipo de comentarios! -replicó el inspector bastante mortificado. ¡Dedíquese a su trabajo y no haga chistes baratos!
  • Sí, señor - se cuadró Rodríguez.
  • Y no dejen de inspeccionar cada rincón de esta habitación, incluso el techo. Todo crimen es un rompecabezas con decenas o cientos de piezas que hay que saber armar, sin vacíos ni superposiciones. Así que, empecemos. Los escucho.
  • Estamos en el quinto piso del hotel -dijo uno de los policías -y si bien la ventana está abierta, dudo mucho que alguien pudiera haber ingresado por ahí. No hay balcones ni escaleras. Y trepar por las paredes...
  • “A menos que haya sido el Hombre Araña” -se escuchó un susurro.
  • ¡Rodríguez! Una más y lo suspendo.
  • Si señor. Cierro mi boca como una tumba.
  • No. No la cierre Rodríguez. Más bien ábrala ahora. ¿Cuál es su hipótesis?
  • Bueno. Descartado el suicidio, el abanico de posibles homicidas puede dividirse en tres grupos: alguien del hotel, un huésped o un extraño. Sin tomar en cuenta otros factores, yo me inclinaría por la primera opción. Conocen a los huéspedes y conocen el hotel mejor que nadie. Eso les da una ventaja sobre los demás en cuanto a la oportunidad. Y, además, tienen las llaves de todas las habitaciones. En segundo lugar, están los huéspedes; pero como la sangre estaba caliente cuando lo encontró el cuartelero eso restringe el número de sospechosos... creo. Habría que interrogar a los huéspedes de las habitaciones contiguas o cercanas de este piso y… en cuanto a que sea un extraño las probabilidades son mínimas. Tendría que haber pasado necesariamente frente a la administración y no ser detectado.
  • A mí lo que me ha llamado la atención -continuó otro -es la casualidad de que el profesor se haya alojado a muy poca distancia de nuestro cuartel y según el registro del hotel lo hizo anoche.
  • Y la puerta abierta abre dos posibilidades -dijo Martínez, que hasta ese momento no había abierto la boca. -La primera es que alguien la haya abierto desde afuera y eso abona en favor de la hipótesis de que sea alguien del hotel. La segunda es que el profesor la haya dejado abierta por descuido o a propósito. Conociendo al profesor, dudo mucho que haya sido un descuido. Pero la otra posibilidad es peor aún, pues tendríamos que imaginar porqué diablos dejaría a propósito la puerta abierta. ¿Para que entre su asesino?
  • Creo que nos estamos haciendo problemas por gusto -dijo Rodríguez -si bien el registro del hotel muestra sólo el nombre del profesor, uno de los empleados afirma que vio a otra persona que lo acompañaba; una mujer.
  • Muy bien Rodríguez. ¿Ya ve cómo tiene buenos aportes cuando se pone serio? A ver, otro. Tú, Mudo -Castillo se dirigió a uno que no había hablado nada hasta ese momento.
  • Me sigue preocupando por qué el profesor vino a hospedarse a este hotel. Queda a tres cuadras de nuestra sede. ¡Qué casualidad! Según el registro del hotel el check-in lo hizo a las 10:35 pm y pidió un cuarto con dos camas. ¿Vino con alguien más? Ya mandé corroborar eso.
  • ¡Cherches la femme! Creo que el profesor tenía derecho a echarse una canita al aire y la fulana lo hizo feliz y después lo mató; como las arañas -se escuchó una voz.
  • ¡Rodríguez! No empiece de nuevo... Además, no son las arañas sino las mantis. Bien, Mudo. Tú qué opinas. ¿Hay una mujer de por medio?
  • No, inspector. A menos que la mujer haya sido muy corpulenta, una mujer normal no habría tenido la fuerza necesaria como para clavarle el puñal hasta la empuñadura.
  • O tal vez haya sido un hombre... pues sobre gustos y colores...
  • ¡Rodríguez! Su sugerencia es buena, pero no por los motivos que insinúa . Lo conocimos bien y el profesor no era de esos. Mudo, prosigue.
  • Lo que nos deja con la pregunta de por qué pidió una habitación con doble cama si pensaba pasar la noche solo.
  • Y parece que sólo pensaba estar una noche pues su equipaje era mínimo -dijo otro.
  • No se me ocurre quien pudiera ser. A menos que se trate de un psicópata, nadie anda por ahí tirando puñaladas de ese tipo. Y ese es otra de las incongruencias que observo. Generalmente en este tipo de crímenes las puñaladas son varias; pero en este caso fue una sola y suficiente.
  • Inspector -intervino nuevamente Martínez. -Una sola puñalada y fue letal. Le perforó la arteria pulmonar. El asesino sabía lo que hacía. Y hay un pequeño gran detalle que estamos pasando por alto. El puñal no es un puñal cualquiera y la puñalada no fue vertical sino transversal. No rompió ninguna costilla; penetró entre ellas.
  • Muy buena observación, Martínez. ¿Alguien más tiene algo útil que decir?
  • Yo -dijo el Mudo. -Todos conocimos al profesor Bonetti. Era una autoridad en materia criminal y frecuentemente era invitado a dar conferencias y participar en simposios y convenciones en el país y en el extranjero.
  • Y recibía distinciones de todo tipo -agregó otro, siguiendo la línea de razonamiento.
  • Así es. Este puñal podría ser uno de los que recibió en alguna ocasión como obsequio. Fíjense en la empuñadura. Toda decorada con figuras en relieve.
  • Pero, si así fuera, tendríamos que pensar entonces en que alguien se la robó y con esa arma lo mató anoche u hoy en la madrugada.
  • Demasiado complicado.
  • Lo que nos dejaría con la hipótesis de...

Todos se quedaron mudos sin querer terminar la frase, mirándose unos a otros. Al cabo de unos momentos, el inspector Castillo trató de resumir la situación.

  • Hasta el momento, todo apunta a que el profesor Bonetti ha sido el autor del crimen. ¿Pero cómo?
  • Creo que sólo hay una forma; pero no hay como probarla. Sólo podemos especular -dijo el Mudo.
  • Especulemos pues; pero no aquí sino en nuestra sede, en donde ya tendremos los resultados de todas las pericias y evidencias recogidas en las fotos, análisis e interrogatorios. Han hecho un buen trabajo hasta ahora, muchachos. Sigan exprimiéndose el cerebro mientras retornamos a nuestros cuarteles. Y, ya saben ¡nada con los hombres de prensa! Solo yo haré algunas declaraciones de tipo general.

Ya en sus cuarteles, el inspector Castillo, luego de recibir todo tipo de informes y los primeros resultados de los análisis y el material fotográfico, reunió a su equipo y prosiguió la investigación.

  • Vamos a ver, muchachos. Un último esfuerzo y tendremos resuelto este rompecabezas más pronto de lo que pensábamos. La hipótesis que tratamos de probar es que el profesor Bonetti recibió la mortal herida en la espalda por mano propia. ¿Cómo lo hizo? Esa es la pregunta que hay que responder.
  • El profesor no era el Hombre de Goma para estirar su brazo y darse una puñalada en la espalda ¿verdad? Comentó Rodríguez.
  • Y usted no es Flashman para escaparse de mis garras si es que sigue diciendo estupideces. Digan algo coherente.
  • Inspector-dijo el Mudo. -Creo que ya tengo resuelto el acertijo. Todos estamos de acuerdo en que para que el puñal haya sido clavado hasta la empuñadura se necesita una gran fuerza. Si no ha sido otra persona, el profesor debe haber usado su propia fuerza, es decir, su propio peso apoyándose en la pared. ¿Recuerda que le dije que ese puñal era especial? Según la información recogida en la escena del crimen y la búsqueda en internet, se trata ni más ni menos de un puñal toledano de bota cuya cacha no termina plana sino redondeada. Si mi hipótesis es correcta, en la pared junto al cadáver y a la altura del corazón debe haber una hendidura que se nos pasó inadvertida. Habría que enviar al experto en huellas para encontrarla.
  • Muy bien Mudo; tiene sentido y me atrevería a afirmar que encontraremos esa hendidura. Daré la orden correspondiente. Si alguien tiene otra explicación denla ahora o callen para siempre. Mientras tanto, ordenemos toda la información para ir preparando el informe correspondiente a nuestros superiores y luego a enfrentarnos a la prensa. Desde ya, los felicito a todos, Rodríguez incluido. Hemos trabajado en equipo.

Era ya de noche cuando el inspector Castillo recibió los resultados de la investigación minuciosa de la habitación del hotel. El equipo especializado en huellas había encontrado la leve hendidura en la pared causada por la protuberancia de la cacha del puñal toledano, justo a la altura donde el profesor Bonetti se habría apoyado para clavársela en la espalda y caer de bruces al suelo.

 A la mañana siguiente, y luego de haber presentado su informe a sus superiores, el inspector Castillo y su equipo se preparaban para la conferencia de prensa en el lobby del hotel. El ambiente estaba lleno de periodistas de los medios escritos y radiales convocados para la ocasión. Minutos antes de la hora de inicio, un empleado del hotel se acercó al inspector y le entregó un sobre cerrado dirigido a él.

  • Estaba desde ayer en la Administración con la orden expresa de no entregársela hasta hoy -dijo, mientras le entregaba el sobre.

El inspector Castillo, algo sorprendido, decidió abrirlo. Era una nota escrita a mano y firmada por el profesor Bonetti. Luego de leerla y esbozando una leve sonrisa reunió a su gente y les leyó la nota que decía:

 “Inspector Castillo:

Espero que a estas alturas el misterio de mi muerte haya sido develado. Me decepcionaría mucho si no lo hubieran hecho ya.

Como usted sabe, el cáncer que me obligó a renunciar a la Academia era terminal y no tenía posibilidades de cura. Y ante la alternativa de sufrir un largo y doloroso proceso de deterioro de mi salud decidí hacer algo útil.

Me alojé en este hotel con la seguridad de que usted y su equipo serían asignados para hacer la investigación. Los conozco bien y quise probar que mis lecciones no fueron en vano. Si está usted leyendo esta nota, querrá decir que han aprobado mi última lección: No descarten nunca una hipótesis, por más inverosímil que les parezca.

Adiós y buena suerte.

Profesor Alberto Bonetti

  • Muchachos, dijo el inspector Castillo a su equipo. Un minuto de silencio por el profesor Bonetti.

Pasado ese minuto, prosiguió.

  • Gracias, profesor. Creemos no haberlo defraudado.
  • Ahora, muchachos, a enfrentar a la prensa.

Petronio                                                                                         2018

Enviado desde mi iPhone.

 

(Historia escrita durante el vuelo de Miami a Boston el año 2018. En la trascripción sólo he corregido algunos errores ortográficos y gramaticales evidentes).

 

domingo, 12 de septiembre de 2021

 

LA LIBRETA

 

Mi padre fue una persona muy severa.  Su padre también lo fue con él.[1]  Se suponía que así debían ser los padres –especialmente los papás- para educar bien a sus hijos.  Ahora, nuevos vientos soplan sobre esta y otras materias, y se supone que los padres deben más bien, ser amigos de sus hijos.  Eso se trata de hacer ahora; pero, como nada es perfecto en esta vida, las cosas parecen haberse ido al otro extremo y la autoridad de muchos padres (y madres) está seriamente cuestionada.  Parece que el justo medio es algo difícil de alcanzar.


Estando en segundo o tercer año de primaria sucedió una vez que me saqué un 10 marcado en rojo en una calificación mensual, y cuando nos entregaron la libreta para hacerla firmar por los padres, empezó mi calvario, mi dilema hamletiano: Ser o No Ser.  Entregar o no entregar la libreta. Me aterraba la escena que se iba a producir cuando mi padre se enterara de mis notas; y cuanto más vueltas le daba al asunto más me convencía de que no debía exponerme a esa situación.  Y decidí no entregar.  Llegué ese día a casa, mi padre no estaba pues siempre llegaba tarde de trabajar, y en un descuido de mi madre escondí la libreta entre una ruma de periódicos viejos que casi nunca se movía.  Y; asunto arreglado.  Al menos, así lo creí en ese momento con mi mentalidad de niño. Tal vez lo que contribuyó aún más a haber tomado esa decisión tan desatinada era el hecho que yo era el menor de tres hermanos y mis dos hermanos mayores eran alumnos brillantes que tenían un bien ganado prestigio en la escuela por ser alumnos distinguidos. Yo iba a destruir ese prestigio y resultar la oveja negra de la familia. Y procedí como procedí: ocultando el problema. Con el correr de los años y ya de adulto aprendí que mucha gente mayor hace lo mismo ante problemas más serios y reales que los que yo afrontaba en ese entonces: ocultarlos o cerrar los ojos.

 

Todo iba viento en popa hasta que en la escuela empezaron a preguntarme por la devolución de la libreta debidamente firmada; y en mi casa también se empezaron a preocupar por la demora en la entrega de la bendita libreta.  En la escuela les decía que mis padres todavía no la firmaban y en casa decía que todavía no me la entregaban.  Cada día que pasaba aumentaba mi angustia porque la situación se tornaba insostenible. Hasta que por fin estalló.  Mi madre fue a la escuela y allí le dijeron que la libreta había sido entregada varios días atrás y que estaban a la espera de la devolución.

 

No recuerdo que sucedió cuando a mi retorno a casa la verdad salió a relucir y ya no pude seguir sosteniendo la mentira.  Realmente no me acuerdo qué pasó cuando mi padre se enteró de la verdad de las cosas y de mis mentiras para ocultarla.  Pude haber pedido perdón por mis faltas.  Pude haber recibido un castigo tan fuerte que mi mente lo ha relegado a un rincón del subconsciente.  Pude haber recibido la intercesión de mi madre, siempre tan indulgente.  No lo sé.  Lo único que sé y recuerdo hasta ahora es que esos días que trascurrieron entre la entrega de la libreta y el descubrimiento de la verdad fueron los más terribles y angustiosos de mi vida.  Moraleja: En la vida no hay que mentir y si se hace, hay que hacerlo con el mayor cuidado posible y no en forma tan chapucera como lo hacen ciertos políticos o como yo lo hice cuando era un niño de apenas ocho años.

 

Petronio                                                                                              Algún día de 2010



[1] Tan severa fue que, según mi padre, tuvo que huir del hogar paterno a la temprana edad de 13 años. De Trujillo vino a Lima y aquí se hizo sastre y luego obrero en una fábrica de tejidos. Gracias a esta combinación de oficios, los hijos que tuvo después, pudimos vestirnos con los restos de telas que se arrojaban a un depósito antes de tirarlas a la basura.

jueves, 2 de septiembre de 2021

 

BORGES BASILIDES Y YO[1]

Empiezo declarando mi admiración personal por el escritor argentino Jorge Luís Borges. Desde que lo descubrí allá por los años sesenta, se ha convertido en mi autor preferido en habla castellana. Por supuesto que no soy su único admirador y coincido con la opinión de los entendidos en que mereció que la academia sueca le otorgara el Premio Nobel de Literatura. Es un hecho conocido por qué no lo hicieron; pero eso no pasa de ser una anécdota. Su fama y su valor no han requerido de ningún premio para ser reconocido como uno de los más grandes escritores de todos los tiempos.  

Dicho lo anterior, paso a hablar de una de las obras de este prolífico escritor titulada Una vindicación del falso Basilides perteneciente al libro Discusión.

La existencia del bien y del mal en este mundo es un tema que ha preocupado y sigue preocupando a la humanidad desde sus inicios hasta nuestros días. Las mentes más preclaras se han pronunciado al respecto y los volúmenes escritos sobre este asunto llenarían bibliotecas enteras si se pudiera juntarlas en un solo lugar.

Borges no fue ajeno a este quehacer; pero lo hizo con una maestría tal que diera la impresión de estar tratando de cualquier otro tema y no de éste tan fundamental. Y si uno se descuida y no está alerta y avisado, siempre logra engañarnos y envolvernos con la magia de sus elucubraciones y sus múltiples referencias a libros, autores, lugares y hechos que alguna vez existieron o sucedieron. O no. En eso radica, creo, parte del secreto que seduce al lector.

Basílides fue uno de los más célebres gnósticos. Vivió allá por los años 120-140 de nuestra era en Alejandría, Egipto y escribió muchas obras, de las cuales sólo quedan fragmentos. Lo que se sabe de él fue escrito por sus críticos y enemigos.

En su citada obra, Borges nos da a conocer la esencia de su cosmogonía, y en su parte inicial nos informa que:

“En el principio de la cosmogonía de Basílides hay un Dios. Esta divinidad carece majestuosamente de nombre, así como de origen; de ahí su aproximada nominación de pater innatus. Su medio es el pleroma o la plenitud: el inconcebible museo de los arquetipos platónicos, de las esencias inteligibles, de los universales. Es un Dios inmutable, pero de su reposo emanaron siete divinidades subalternas que, condescendiendo a la acción, dotaron y presidieron un primer cielo. De esta primera corona demiúrgica procedió una segunda, también con ángeles, potestades y tronos, y éstos fundaron otro cielo más bajo, que era el duplicado simétrico del inicial. Este segundo cónclave se vio reproducido en uno terciario, y éste en otro inferior, y de este modo hasta 365. El señor del cielo del fondo es el de la Escritura, y su fracción de divinidad tiende a cero…”

Cuando leí por primera vez este relato se generó en mí, por acto reflejo, la necesidad de escribir algo que sólo pude concretar muchos años después en un microrrelato que titulé Receta para la Nada.

Borges, con una erudición infinita, prosigue y termina con el párrafo siguiente:     

“Durante los primeros siglos de nuestra era, los gnósticos disputaron con los cristianos. Fueron aniquilados, pero nos podemos representar su victoria posible. De haber triunfado Alejandría y no Roma, las estrambóticas y turbias historias que he resumido aquí serían coherentes, majestuosas y cotidianas. Sentencias como la de Novalis: La vida es una enfermedad del espíritu,[6] o la desesperada de Rimbaud: La verdadera vida está ausente; no estamos en el mundo, fulminarían en los libros canónicos. Especulaciones como la desechada de Richter sobre el origen estelar de la vida y su casual diseminación en este planeta, conocerían el ascenso incondicional de los laboratorios piadosos. En todo caso, ¿qué mejor don que ser insignificantes podemos esperar, qué mayor gloria para un Dios que la de ser absuelto del mundo?”

 

Si uno examina cualquier época de la historia, desde que el homo sapiens empezó a enseñorearse de este planeta hasta nuestros días, tendrá que reconocer que algo, o mucho, anda mal en este mundo. A pesar del evidente progreso material que la ciencia y la tecnología han desarrollado, el mal sigue imperando; en forma abierta y desembozada y también en las formas más sutiles y sofisticadas; tanto en las altas esferas de la sociedad como en las más bajas. Todas las filosofías y todas las religiones del mundo siguen proclamando el bien; pero el mal no cede y hay buenas razones para pensar que el mal no podrá ser erradicado. ¿Demasiado pesimista?

¿Por qué existe el mal? ¿Por qué perdura? ¿Por qué el Bien no puede derrotar al Mal?

Tal vez Basílides tenía razón y precisamente por eso lo combatieron como hereje.

Tal vez Satanás tuvo que ser inventado para tener a alguien a quien responsabilizar por una creación defectuosa.

Tal vez nuestro universo no sea mas que uno de los tantos ensayos fallidos del Creador.

Tal vez en algún lugar y otro tiempo exista el mundo perfecto. Uno donde no exista el Mal.

Tal vez…

 

Petronio                                                                             2 de febrero de 2019

 

Nota.- Los interesados en conocer algo más del heresiarca Basilides pueden visitar el sitio siguiente:

https://en.wikipedia.org/wiki/Basilides

 

                          

 

Basilides de Alejandría                                           Jorge Luís Borges

 

 



[1] Advertencia a los “no iniciados”. Quienes no hayan leído a Borges antes, es probable que experimenten alguna dificultad al hacerlo y más, al tratar de comprenderlo. Su vasta erudición anonada. Borges no es un escritor difícil. Borges sólo es diferente.

 

ALGUN DIA SEREMOS DIOSES…

… o moriremos en el intento. 

La otrora fortaleza inexpugnable está siendo atacada por todos los flancos. Modernas catapultas lanzan sus proyectiles, cada vez más numerosos, variados y potentes, remeciendo sus cimientos.  Los viejos e impenetrables muros parece que empiezan a ceder y ya muestran algunas grietas y resquebrajaduras. El asalto final parece inminente e inevitable.  Los contendores se preparan para librar la batalla decisiva.

Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso por desoír la prohibición divina “de este árbol no comerán” y por atender en cambio los consejos de la serpiente “si comen de sus frutos, serán como Él”. No ha quedado claro si ése era el Árbol de la Ciencia, puesto que esa noción es algo reciente, o si sólo era una metáfora o alusión al Conocimiento; lo que nos pondría en el predicamento de suponer que el estado ideal de la primera pareja, y por ende de toda la humanidad, era la ignorancia absoluta. Más apropiada parecería la denominación de Árbol del Bien y del Mal, ya que estos conceptos sí son eternos; aunque nos asalte una duda acerca de su real significado y de qué lado quedarían la ignorancia o el conocimiento.

La humanidad ha recorrido un largo y arduo camino desde su expulsión del Edén.  Al cabo de milenios ha retornado a sus orígenes cargados de conocimientos, queriendo abrir sus puertas a la fuerza con las armas de la Ciencia y la Tecnología y pretendiendo recobrar su lugar en el Paraíso Perdido.  El insidioso susurro de la serpiente ha persistido a lo largo de los tiempos; pero ahora se ha convertido en estridente proclama respaldada por la presuntuosa convicción de que en verdad, podemos llegar a ser dioses como Él.  Tal parece ser la situación actual. Pero ¿lo es en realidad?

El Large Hadron Collider (LHC) reanudará a fines de este año su titánica tarea de demoler protones en busca del elusivo bosón de Higgs, reproduciendo las condiciones prevalecientes en el instante mismo del Big Bang y pretendiendo desentrañar de una vez por todas, el misterio del por qué de la materia.

La Estación Espacial Internacional, cual moderna Torre de Babel, sigue creciendo sigilosamente en el espacio, albergando una pequeña pero creciente dotación humana de variada nacionalidad y diferentes lenguas; plataforma desde la cual nos lanzaremos algún día a explorar los confines del universo.

La capacidad de almacenamiento y de procesamiento de las máquinas sobrepasará en pocos años la del cerebro humano, constreñido irremediablemente por su estructura craneal.  Las máquinas, en cambio,  no tienen esa limitación y crecerán indefinidamente. La era de las máquinas inteligentes es ya una realidad, mientras que la de las máquinas espirituales está empezando a emerger. Las elucubraciones de Ray Kurzweil sobre la posibilidad de trasmigración humana hacia las máquinas ya no suenan tan fantasiosas y la posibilidad de alcanzar una forma de inmortalidad no imaginada en el pasado se torna plausible.

El Mundo (casi) Feliz de Huxley se está haciendo realidad a golpe de ingeniería, clonaciones, probetas y píldoras, aunque por el momento la dosis de soma necesaria para mantenernos equilibrados no sea la suficiente ni la más adecuada como en la novela. Todavía.

La creación de la vida a partir de la materia inerte, supera ya las viejas fantasías que llevaron a los más audaces a inventar los mitos de Prometeo,  el Golem o Frankenstein; y su realización ya no está en las manos de filósofos, poetas o escritores de ciencia ficción, ni siquiera en la de los biólogos. Está en las manos de ingenieros y programadores y de personajes híbridos y ambiciosos que transitan entre los predios de la ciencia, la aventura y los negocios, como Craig Venter, pionero en la decodificación del genoma humano.

Millones de seres humanos llevan ahora una vida doble o múltiple. Una de ellas, “la real”, “la normal”, es la que siempre hemos vivido los humanos de carne y hueso. Pero hay otras posibilidades en el ciberespacio.  Las llamadas redes sociales como Facebook, Twitter y hi5 son el paso inicial, intermedio o el necesario entrenamiento para aprender a vivir en los mundos virtuales; la nueva droga del siglo XXI.

Todo el conocimiento producido por la humanidad, y la que vendrá, empieza a ser almacenado en las memorias de Google.  Los petacentros, edificios enteros que albergan los servidores que procesan los millones de gigabytes de información que se generan en el mundo, ya se han construido o están en plena construcción. Luego vendrán los exacentros y yoctocentros, probablemente con memorias cuánticas.

El modesto aparato celular que hasta hace poco servía tan sólo para hablar, se está transformando a pasos acelerados ante nuestros ojos en aquello que Borges presagió en su famoso cuento El Aleph; pero con una pequeña gran diferencia: ya no se trataría de un único punto privilegiado y escondido en un oscuro y recóndito rincón del espacio, sino de millones y millones de puntos móviles desde los cuales cada ser humano podrá no sólo escudriñar lo que pasa en el mundo sino interactuar con él.

Las primeras impresoras tridimensionales empiezan a hacer su aparición en aplicaciones restringidas y específicas.  Objetos sólidos podrán salir de estas máquinas, aproximándose a lo que la serie futurista Viaje a las Estrellas nos mostraba como cosa común en la famosa nave Enterprise.

La portentosa imaginación volcada en los escritos bíblicos y en las grandes mitologías de los pueblos antiguos, va siendo superada inmisericordemente por los avances de la ciencia y la tecnología. Todo empieza a converger en nuestra época. El mundo no será el mismo a fines de este siglo. El hombre tampoco.

No hay prácticamente órgano humano que no sea reemplazable por un elemento sintético o artificial. Injertos, prótesis, implantes y trasplantes están o estarán a la orden del día, siendo probablemente el cerebro el último de la partida; a pesar de que algo en nuestro interior nos diga que eso es imposible o que la sola idea nos repugne o nos revuelva el estómago.

Biodesic, iGem, Ginco Bio Works, DIYbio pueden resultarnos extraños; pero estas empresas y otras instituciones prestigiosas como el MIT, la National Yang-Ming University de Taiwan están todas participando en diversas fases o proyectos cuya finalidad es la de producir variedades de nuevas especies biológicas a partir de pedazos de ADN que “cualquiera” puede conseguir en “kits” del Registry of Standard Biological Parts.

REFLEXION FINAL

Y, si en verdad, al fin de la batalla logramos derribar los muros e ingresar al vetusto y recóndito recinto ¿Qué haremos cuando estemos allí? ¿Celebraremos con la serpiente nuestra magna o pírrica victoria? ¿Nos tomaremos la revancha y expulsaremos de allí a su legítimo propietario? ¿Procederemos a arrancar de raíz el Árbol del Conocimiento, para que sus frutos no vuelvan jamás a perturbarnos? ¿O habiendo superado la gran prueba y expiado debidamente nuestras culpas, comprenderemos al fin la tremenda responsabilidad que entraña ser dioses y nos uniremos a Él, humildemente, para tratar de reemprender la gran tarea?

Petronio                                                                                    4 de octubre de 2009

Nota.- Esto fue escrito hace 12 años. Ya empieza a parecer obsoleto.

 

ADOLFO

Final del juego.

Chicos en cuclillas rodean a los contendores.

Júbilo del ganador; interjección del perdedor; burlas del resto.

Una puerta se abre; la mujer ordena al hijo a entrar en la casa.

Cabizbajo camina; vuelve la cabeza; los mira con odio y murmura:

¡Malditos judíos!

¡Algún día me las pagarán!

 

 

Petronio                                                                                9 de agosto de 2019