lunes, 2 de agosto de 2021

 

UN DIA MIERCOLES

No de miércoles, porque esa mañana, los integrantes del Taller de Literatura del CAM La Molina, hicimos la presentación virtual de nuestra segundo número del Boletín Nueva Vida en una ceremonia virtual que nos dejó a todos sumamente satisfechos por el esfuerzo realizado y los resultados y elogios que estamos obteniendo.

Para la ocasión, celebración del Bicentenario de nuestra Independencia, cada uno se puso su mejor ropa. Generalmente, en esta etapa de pandemia y de cuarentena forzada no me preocupo por mi apariencia y, en consecuencia, no me afeito, no me peino el poco pelo que me queda y me quedo la mayor parte del día en pijama. Pero no esta vez.

Esta era una ocasión especial. De modo que empleé un par de horas en acicalarme y “ponerme tiza” para quedar presentable porque la ceremonia se iba a hacer vía Zoom. Incluso tuve que pegar bien la corona de un diente delantero que a cada rato se me cae.

Finalmente tuve que desempolvar mi mejor terno azul marino, quitarle dos o tres polillas y buscar una camisa blanca y una corbata roja, con los colores patrios. Debo confesar que ya me había olvidado de como se hace el nudo de la corbata y pasé un cuarto de hora para que me quedara presentable. Tanto me demoré que casi no me alcanzó el tiempo para tomar desayuno pues el evento empezaba a las 11 en punto.

Con algunos contratiempos, propios del caso, la presentación resultó exitosa y estamos recibiendo múltiples felicitaciones por el evento y por el contenido del Boletín extraordinario, que por su contenido y volumen es prácticamente una revista multimedia.

Al final y con cargo a reunirnos próximamente para celebrar en algún restaurante, no se pudo concretar en esta ocasión y cuando ya me disponía a cambiarme de ropa me dije: ¿Tanto tiempo invertido para vestirme y quedar “decente” y no aprovechar para una celebración aunque sea personal? Y me persuadí a salir a un restaurante y comer algo diferente que sopa de sobre, un arroz a la cubana, una hamburguesa, un atún y duraznos de lata.

Dicho y hecho. Salí a la calle y encaminé mis pasos a la Av. Santa Cruz, doblé y caminé unas cuantas cuadras hasta el Ovalo Gutiérrez; pero antes de llegar me detuve en el puesto de periódicos que, como siempre, despliega las portadas de diarios y revistas. Hildebrandt en sus Trece, llamó mi atención, y también National Geographic y, por último, La Razón.

Como desde que empezó la pandemia no compro diarios en la calle, no estoy al tanto de los precios. Le pregunté a la señora del kiosco cuánto costaba La Razón y me respondió, 70 centavos. Realmente me sorprendió lo bajo del precio y le comenté a la señora que el precio estaba bien barato y agregué: “la razón está por los suelos, con razón estamos así en el Perú”. La señora entendió mi ironía y ambos nos echamos a reír. Pero sólo unos instantes porque cuando quise sacar dinero para pagarle no encontré ni mi cartera ni mi monedero. Los había olvidado en casa. Al haberme cambiado de ropa para la ocasión no había cargado esos dos implementos tan comunes y necesarios.

Le pedí disculpas y no tuve más remedio que regresarme con el rabo entre las piernas, aunque aliviado porque, me puse a pensar, qué habría pasado si llegaba al restaurante, comía opíparamente y a la hora de cancelar la cuenta no tendría con qué pagar. Y, aparte de la vergüenza no tendría más remedio que lavar platos, aunque en esto tengo bastante experiencia desde chiquito y también ahora que vivo sólo en mi departamento.

Lo que me hizo recordar ese viejo chiste ocurrido en un bar (salón) del lejano oeste.

Llega un vaquero y apresuradamente le dice al barman: “Un vaso de whisky antes de que empiece la pelea”. El barman le sirve, el parroquiano se lo toma de un sorbo y le dice al barman: “Otro vaso de whisky antes de que empiece la pelea”. Nuevamente le sirve y otra vez se lo toma de un sorbo y repite: “Otro vaso de whisky antes de que empiece la pelea”. El barman entre amoscado y curioso le pregunta: “Oiga amigo ¿De qué pelea me está hablando?” A lo que el vaquero le contesta: “A la que se va a armar cuando se entere de que no tengo plata para pagarle”.

En mi caso yo tampoco habría tenido plata y no sé si me habrían creído; pero gracias a Dios no hubo pelea de por medio.

Camino a casa hubo algo que me levantó el ánimo. A lo largo del camino junto al Wong y al Banco Continental se ubican normalmente varios pordioseros y vendedores de caramelos, mascarillas o, a veces… nada. Pasaba por allí raudamente y una señora sentada en la vereda, exclamó, no la clásica petición de una limosna sino: “Adiós, guapo”. No me lo esperaba. Quise darle algo, pero no tenía nada. Prometí regresar. Me enderecé, saqué pecho y ensayé una sonrisa kolynosista. Realmente me levantó el ánimo.

Como el camino a casa era cuesta arriba, estaba con terno y lo hice aprisa, cuando llegué a mi departamento y subí por la escalera, terminé hecho una sopa, sin ganas de regresar, y quedarme para disfrutar de mi clásico almuerzo; pero le había hecho una promesa a la limosnera. Lo primero que hice fue colocar en mi bolsillo la billetera y el monedero, porque me ha ocurrido más de una vez que regreso por ellas y me salgo sin ellas. Así estamos.

Nuevamente por la Av. Santa Cruz, y al llegar donde la limosnera le doy un billete de 10 soles y, en retribución, recibo otro piropo y una sonrisa. Lo que me hizo recordar aquella ocasión pre pandemia cuando caminando rumbo a casa observé que la gente, especialmente las chicas que venían en sentido contrario me miraban y sonreían. Por supuesto que eso me llenaba de satisfacción, pues era una clara señal de que todavía conservaba algo del sex-appeal de años ha. Hasta que llegué a casa y a la hora de cambiarme de ropa me di cuenta de que no me había subido el cierre de la bragueta. Todo el sex-appeal que me quedaba se me vino al suelo y di gracias a que ninguna dama me hubiera denunciado por exhibicionista.

Lo que me convenció de que ya había llegado a la tercera etapa de la vejez. (Para los que no lo saben, la vejez tiene cuatro etapas: en la primera se te olvidan los nombres, en la segunda te olvidas los rostros, en la tercera no te subes el cierre de la bragueta y en la cuarta ni siquiera te lo bajas, ¡así, nomás! ¡Ni te das cuenta!

Bueno. Proseguí mi caminata y en la esquina de Pardo y Aliaga no pude encontrar el Restaurante Paseo Colón de San Isidro.. Tuve que ir al frente, comerme una hamburguesa, pagar una burrada de plata y regresar a mi casa. Mal negocio.

¿Día de miércoles? No.  Un día como cualquier otro en estos tiempos de pandemia, cuarentena, fin de proceso electoral, aceptación forzada de los resultados, incertidumbre e incongruencias de los dos partidos y candidatos que han disputado la segunda vuelta.

Pero, al menos, todavía hay motivos para darle gracias a la vida y alegrarse, por ejemplo, de un trabajo bien hecho por un grupo de adultos mayores que siguen creyendo en el futuro.

Jaime Sandoval Espinoza                                    Jueves, 22 de julio de 2021

SEND IN THE CLOWNS

 

¡QUE SALGAN LOS PAYASOS!

Fueron mis amigos. Los conocí, aunque tal vez no lo suficiente. Ahora ya no están con nosotros y por eso puedo contar su historia.

Yo terminaba de ser un niño cuando ellos se conocieron al fragor de las luchas por forjar un mejor destino para nuestro país. Eran jóvenes idealistas como muchos de su generación. Ella era una muchacha alegre por naturaleza y conservó esa alegría hasta el final de sus días. Él también lo era; pero además tenía un talento especial para el arte y una fértil imaginación que le permitió componer canciones de todo género, algunas de las cuales aún se pueden escuchar por la radio.

Pero su especialidad fueron las marchas. Compuso varias. Una sirvió de fondo para una campaña presidencial y otra quedó como emblema musical para identificar al grupo de muchachos de un barrio de Breña. El coro que la interpretaba, numeroso al principio, fue raleando con el correr del tiempo y en años recientes era patético escuchar a los pocos que quedaban entonarla con sus voces desgastadas cuando se juntaban para despedir a uno más que se iba.

Para todos los que los conocieron ellos eran la pareja ideal, aunque nunca formalizaron su relación. Catorce años duró, hasta el día en que abruptamente terminó. Él se casó y formó una familia. Los motivos de la ruptura nunca los supe o tal vez no me quise enterar. Quedaron, al parecer, como buenos amigos. Tampoco tuvieron hijos, aunque ella, convertida en obstetra trajo muchos niños al mundo, compensando de este modo los hijos que nunca tuvo.

La vida siguió su curso y ellos las suyas, sin que al parecer quedaran huellas visibles de la traumática separación. Sólo muchos años después, cuando los rudos golpes de la vida, aquellos de los que hablara el poeta y me enseñaran que no todo es un lecho de rosas, me puse a pensar y tratar imaginar el momento en que él le dijo que su larga relación había llegado a su fin; que no iba más. Catorce años de mutua confianza, de intimidades, de compartir sueños y alegrías y de soportar juntos penurias e infortunios, se esfumaron como pompas de jabón en un instante. ¿Qué palabras habría escogido él para ese momento? ¿Cómo las habría recibido ella? Seguramente él las habría meditado mucho; pero ella no. ¿Qué emociones profundas habrían despertado? Difícil imaginar la escena y los sentimientos surgidos en esta pequeña tragedia tan común y tan frecuente. ¿Pequeña?

Por esos años, no puedo precisar cuándo, mi afición por la música me puso en contacto con una obra que me impactó, primero por su melodía y luego por su letra. Se trataba del tema Send in the Clowns (Que Salgan los Payasos) del musical de Broadway A Little Night Music (Una Pequeña Música Nocturna) de Stephen Sondheim y Hugh Wheeler. Parecía haber sido escrita para describir el drama de mis amigos. En la obra, una pareja veterana con una relación amorosa de largos años llega a su fin cuando una noche, él le confiesa: Perdóname; pero lo nuestro no va más. Y ella se pregunta: ¿Somos una pareja? Después de tanto tiempo, tu sigues arriba en el aire y yo estoy tirada en el suelo. ¿Dónde están los payasos? Frase críptica que alude a la escena que se repite cuando un trapecista de circo cae al vacío y los payasos salen a la pista para bajar la tensión del público, mientras el cuerpo del artista es retirado apresuradamente. Ella también ha caído del trapecio de la vida. Los brazos que siempre estuvieron al otro extremo del salto mortal no estuvieron ahora para recibirla y brindarle seguridad. Y con toda razón se pregunta: ¿Por qué no salen los payasos? Estoy mortalmente herida y no los veo. Y su mente le proporciona una respuesta: los payasos son ellos dos. Y, en un último esfuerzo por mantener la cordura y aceptar con resignación la dura realidad, se dice: Bueno; tal vez el próximo año.

¿Sintió algo así mi amiga? Tampoco hubo payasos en esa ocasión; pero sí la resignación que a veces nos vemos obligados a aceptar para seguir adelante con el drama de nuestra existencia.

André Rieu - Send In The Clowns - YouTube

Judy Collins - Send In The Clowns - YouTube

Dame Judi Dench sings "Send in the Clowns" - BBC Proms 2010 - YouTube







Petronio                                                            6 de enero de 2019

domingo, 1 de agosto de 2021

LA CIUDAD INMÓVIL

 

LA CIUDAD INMOVIL

La alarma del reloj despertador sonaba estrepitosa cuando finalmente Luís Alberto abrió los ojos y de un manotazo la apagó. Eran las 4:30 de la madrugada de aquel día que sería inolvidable, aunque él en ese momento aún no lo sabía.

De mala gana se levantó de la cama y se dirigió al baño como un autómata mientras cruzaba por su cabeza una idea cada vez más persistente. Si las cosas continuaban así tendría que ajustar la alarma más temprano para poder llegar a tiempo a su trabajo en el centro de la ciudad.

Apresuradamente se duchó, cambió de ropa y preparó un magro desayuno consistente en un jugo, un café y unas tostadas. El tiempo no le daba para más. El huevo frito y el tocino quedarían para otra ocasión. Se le estaba haciendo tarde mientras en la radio escuchaba una información que por falsa y rutinaria ya sonaba ridícula: Congestión vehicular entre las avenidas tal y cual, tome la ruta alterna”. ¡Como si realmente existieran rutas alternas! renegaba él.  Guardó unos papeles en su maletín, echó llave a la puerta y accedió a la cochera disponiéndose a salir en su carro. Abrió la puerta levadiza con el control remoto y fue entonces cuando se dio cuenta de que algo raro estaba sucediendo. La salida estaba bloqueada por un automóvil. Molesto, salió a la calle dispuesto a llamarle la atención al intruso cuando al fijarse mejor no pudo contener su estupor. No era un solo carro el que bloqueaba la salida. Eran varios, muchos; mejor dicho, parecía que todos los carros del mundo se hubieran agolpado en la puerta de su casa y los alrededores.

Incrédulo y con los ojos desorbitados Luís Alberto contemplaba un paisaje surrealista. Toda su calle y las aledañas hasta donde su vista podía alcanzar, estaban colmadas de vehículos de todo tipo que pugnaban inútilmente por avanzar, retroceder o salir de cualquier manera del descomunal atolladero. Hasta las veredas habían sido invadidas por algunos vehículos en su afán de encontrar una salida. Y la quietud de la noche se había quebrado por un endemoniado concierto de bocinas.   

Pero no sólo había vehículos en las calles. A medida que comenzaba a clarear el día, regueros de hormigas humanas comenzaban a divisarse serpenteando en medio de las unidades vehiculares. Pequeños riachuelos de gente iban engrosando hasta formar verdaderos ríos humanos cruzando calles, plazas y parques en distintas direcciones con rumbo a sus lugares de destino. Convencidos de que los vehículos no podían moverse y que ni ellos ni la policía serían capaces de deshacer los nudos ya formados, los choferes optaban por echar llave a sus vehículos y abandonarlos donde estaban con la vana esperanza de que horas más tarde podrían recogerlos y movilizarse.

Luís Alberto no tuvo más remedio que imitar al resto. Dejó su carro en el garaje. Bajó la puerta levadiza y salió a la calle incorporándose a una de las caravanas. Aunque su centro de trabajo quedaba a varios kilómetros de distancia, calculó a groso modo que caminando llegaría mucho más rápido que por cualquier medio de transporte. En realidad, recién se percataba de que debió hacer eso hace tiempo y no insistir en salir en su carro cada vez más y más temprano.

A medida que avanzaba lentamente le entró la curiosidad por saber la verdadera magnitud de la congestión vehicular de ese día. En algún lugar, se decía, en la periferia de la ciudad la congestión debería ser menos densa, permitiendo el movimiento de los carros y poder empezar a desentrampar el descomunal embrollo.

Luís Alberto cedió a su curiosidad y, en lugar de encaminarse a su trabajo en el centro, se dirigió en dirección opuesta por la avenida principal. Caminó varios kilómetros sin encontrar variación. El panorama era el mismo y la congestión total y compacta. Siguió caminando cada vez con mayor curiosidad y cuando ya se encontraba bastante alejado pudo darse cuenta de la magnitud del problema. Muchos carros ya habían agotado su combustible y era imposible moverlos. Las grúas y los vehículos de emergencia no podían entrar ni salir del océano de carros detenidos. Los vehículos, tanto de carga como de pasajeros llegados del exterior no podían retroceder para intentar escapar del congestionamiento o evitar incrementarlo. Y, además, ¿a dónde podían ir si su destino era la capital?

Pequeñas hordas de delincuentes en bandas organizadas o improvisadas empezaban a formarse causando destrozos y desmantelando los carros abandonados. Y, de paso, dedicándose a saquear las casas adyacentes mientras en ciertas zonas de la ciudad, policías en helicópteros arrojaban gases lacrimógenos para intentar controlar la situación, causando mayor confusión y caos entre la gente.

Luís Alberto optó por retornar a su casa deseoso de escuchar las noticias por radio, TV y las redes sociales para saber qué hacer. Mientras caminaba, comenzó a divisar columnas de humo en algunos lugares; no sólo en la periferia sino también en el centro de la ciudad. Apresuró su marcha y cuando llegó a su casa pasado ya el mediodía las primeras explosiones empezaron a sentirse. No podía precisar si provenían de armas de fuego, bombas caseras o los motores incendiados por las turbas. Probablemente eran de las tres fuentes. Luís Alberto echó llave y trancó puertas y ventanas, encendió las alarmas y revisó su congelador para ver las provisiones que tenía. Temía que la anómala situación podía prolongarse por tiempo indeterminado y no quería ser tomado desprevenido.

Lo cierto era que el caos vehicular había llegado a donde tenía que llegar. Las horas punta se habían extendido a todo el día y las zonas de congestión cubrían ahora casi toda la ciudad. Las autoridades encargadas habían demostrado su total ineptitud para encontrar la solución a un viejo problema que había hecho metástasis. La paralización del parque automotor era total y absoluta; con todas las consecuencias derivadas de esta.

Luís Alberto sacó la pistola que tenía guardada en su escritorio, la aprovisionó y tensamente se dispuso a esperar. Pronto llegaría la noche y las cosas podrían empeorar. Algunas emisoras ya habían dejado de funcionar y en las redes las noticias eran cada vez más alarmantes. Oleadas de mensajes mencionando al terrorismo, el Armagedón, el Día del Juicio, Nostradamus, el Anticristo y otros presagios agoreros cruzaban el ciberespacio invitando o conminando al arrepentimiento.

Las primeras sombras de la noche empezaron a extenderse por toda la ciudad; pero en ciertas zonas el alumbrado público no se encendió. Los faros de los carros suplieron por un tiempo esa ausencia; pero con el transcurrir de las horas se fueron extinguiendo.  

Las últimas noticias que Luis Alberto pudo escuchar se referían al toque de queda y la ley marcial decretadas por el gobierno y la salida a las calles de miembros del Ejército y de la Marina para tratar de controlar la situación. Apagó todas las luces de la casa y se acercó a la ventana de la sala para atisbar por una rendija el exterior y un escenario alucinante se ofreció ante sus ojos: Luchando contra las tinieblas subsistían aún las menguantes luces amarillentas de los carros y las provenientes del interior de algunos edificios; pero otras rojizas empezaban a iluminar la noche. Cimbreantes lenguas de fuego, cada vez más numerosas, empezaban a aparecer en diferentes puntos de la ciudad elevándose al cielo creando un dantesco espectáculo que lo estremeció. 

Revisó y reforzó nuevamente puertas y ventanas y en un determinado momento comenzó a prestar atención a un creciente y ominoso rumor; una rara mezcla de voces, gritos, golpes y sonidos indescifrables se iba acercando por la calle. Luís Alberto se preparó para lo peor.   

Lima se había convertido no sólo en una Ciudad Inmóvil sino en algo mucho peor, una ciudad siniestra, violenta y peligrosa: una ciudad que alguien premonitoriamente había llamado La Horrible.

Petronio                                              12 de agosto de 2019                                                       

ALGÚN DÍA

 

ALGÚN DIA

Algún día volveremos a estar juntos

y tomados de las manos

o con el brazo sobre el hombro,

saldremos otra vez a recorrer las calles

a recordar sus olvidados nombres.

Algún día…

 

Algún día volveremos a abrazarnos

a mirarnos a los ojos dulcemente

a decirnos cosas tiernas al oído

sin máscaras que cubran nuestros rostros

sin el temor que ahora nos embarga.

Algún día…


Algún día, desde algún acantilado

Cuando mueran las tardes del estío

contemplaremos juntos a la hora del crepúsculo

al dorado disco del sol

hundirse en el horizonte.

Algún día…

 

Algún día volveremos como antes

a visitar los camposantos

a dejar flores y oraciones en las tumbas

de aquellos que se fueron en silencio

a quienes ni siquiera pudimos darles un adiós.

Algún día…

 

Algún día nos despertaremos

con una nueva sonrisa entre los labios

Y nos preguntaremos si aquello que vivimos

no fue otra cosa que una horrible pesadilla

que no queremos repetir jamás.

Algún día…

 

Algún día volveremos a vivir.

Algún día volveremos a salir al mundo,

a recuperar nuestra libertad perdida

y llenos de esperanza en el futuro

algún día volveremos a soñar.

Algún día…

 

                   Petronio                                                                                             21 de mayo de 2021

sábado, 31 de julio de 2021

 

EL SINDROME DEL LLANERO SOLITARIO

 

Hay una forma de pensar muy extendida entre la población, que gravita en su razonamiento y en la formación de sus ideas básicas sobre variados asuntos, importantes o triviales. Esto se hace más evidente cuando se trata de asuntos controvertidos en los que hay que tomar una posición definida con relación a estos asuntos o a las personas que lo exponen, o cuando es necesario hacer juicios de valor.  El problema es que esta forma de pensar pasa desapercibida o de contrabando, no sólo para los que sostienen una posición sino también para los que sostienen la posición contraria; de manera que ambas partes llegan a posiciones irreductibles y las discusiones resultan estériles.  

 

Hace algún tiempo, para mi propio beneficio, elaboré una metáfora explicativa que a falta de otro nombre denominé Síndrome del Llanero Solitario o, para ponernos más a tono con la época actual, Síndrome del Superhéroe.  Sin embargo, prefiero la primera porque ilustra mejor el asunto que quiero tratar, aunque el personaje ya no sea tan popular como antes.  Asumo que los que leen esto, sepan quien fue el Llanero Solitario; sin embargo, creo conveniente hacer un pequeño repaso.

 

Este personaje, tuvo su auge a mediados del siglo pasado en las tiras cómicas y luego en los westerns que eran la delicia de los muchachos de esos tiempos, entre los cuales me cuento.  El personaje del cine era alto y apuesto; blanca era no sólo su piel sino también su vestimenta y, para que no hubiera duda alguna, su caballo también era blanco y se llamaba Plata.  Pero allí no terminaba la cosa. Su característica más sobresaliente era que también era blanco de corazón:  siempre hacía el bien, siempre defendía a los pobres y a las viudas indefensas,  siempre estaba del lado de la justicia y siempre triunfaba sobre el mal.  En cambio, los bandidos a los que enfrentaba eran generalmente oscuros de piel y de vestido, de aspecto patibulario y si tenían una cicatriz, mejor.  Y, por supuesto, siempre hacían el mal, quitándole sus tierras o su ganado a los pobres rancheros indefensos hasta que, cual remoto antecesor del Chapulín Colorado aparecía en el momento oportuno el Llanero Solitario para imponer la justicia, la ley y el orden y, de paso, rescatar a la muchacha y poner a buen recaudo a los bandidos.  Finalmente, acabada su tarea, partía en su caballo para perderse en lontananza, mientras el fondo musical del Guillermo Tell nos hacía cabalgar a su lado hasta salir del cine, convencidos de que el bien siempre triunfa sobre el mal.

 

De manera que no había pierde, uno sabía de antemano quien era el bueno y quien el malo, ya sea por su aspecto externo o por las acciones que realizaba.  Los productores de Hollywood nos habían vendido para siempre un modelo, un estereotipo que ha sido repetido hasta la saciedad y lo tenemos residente en nuestro cerebro:  El bueno, siempre es bueno y siempre hace cosas buenas; el malo, siempre es malo y siempre hace cosas malas[1]  Con este modelo, las cosas se facilitan enormemente.  Ya no hay que devanarse los sesos, con el riesgo de un fuerte dolor de cabeza, para saber la verdad de las cosas.  Basta saber quien es el bueno y quien es el malo, para saber de que lado está la verdad, la justicia, la virtud y de que lado está el error, la maldad o la injusticia.

 

Por eso, muchas veces, cuando discutimos sobre asuntos polémicos, nos aferramos a nuestros ídolos o superhéroes particulares y los defendemos a capa y espada porque ellos son los “buenos” y de la gente buena no puede surgir nada malo y por lo tanto, filtramos, rechazamos, minimizamos, o ignoramos las acusaciones o las evidencias en su contra.  En cambio, cuando esas acusaciones o evidencias se dirigen al contrario somos proclives a creer, admitir, sospechar y magnificar las acusaciones porque ese es el “malo” de la película y el malo sólo puede hacer cosas malas.

 

De este modo podemos dilucidar polémicas inacabables e inútiles como en el caso de los héroes de la Operación Chavín de Huantar o las declaraciones de una dama sobre su Cholo Sagrado.    

 

Pienso que deberían regresar a la TV, las películas del Llanero Solitario para ilustrarnos un poco más sobre este asunto[2] o, al menos, para recordarnos viejos tiempos en los que las cosas eran mucho más simples y nosotros mucho más inocentes. ¿No es cierto?

 

Petronio                                                                                 Algún día del año 2010



[1] El siempre se ha utilizado para poner énfasis; puede ser reemplazado por generalmente.

[2] Aunque pensándolo bien creo que no es necesario pues las telenovelas, que son tan populares, cumplen muy bien la misma función.

 

RECUERDOS DE LA INFANCIA PARA ESTOS TIEMPOS DUROS

Estuve a punto de enviarles un artículo serio sobre un asunto de actualidad, pero dos cosas me lo impidieron: por un lado, el colapso de mi PC, lo que me complicó la mañana y, por otro lado, el video enviado por mi amiga Norma que me sigue encantando y yo sigo reenviando. Lo mío quedaba fuera de lugar y ya no tenía ganas de malograrles el día a mis amigas con mis cosas. Lo dejaré para mañana.

Ahora estoy celebrando, luego de dos horas de lucha por teléfono y asesorado y supervisado por el técnico especialista del Touring Club a quien logré localizar, pudimos derrotar a la PC y ahora está funcionando como antes; es decir, mal. Pero; por lo menos, funciona.

De manera que, durante el día, mi cerebro, sabe Dios porqué razón, me recordó algunas escenas de mi infancia en los años cuarenta, cuando todo era felicidad y no había virus como ahora. ¡Mentira! Claro que había, y entre todos me agarraban todos los años y me tumbaban a la cama. Lo que no había, eran unos tan malos como este. ¿Qué cosas recordé? Los juegos de esos tiempos y uno en especial, el lingo.

Era un juego para hombrecitos y, en esencia, consistía en saltar sobre un chico puesto en cuclillas, apoyándose con las manos sobre su lomo o espalda. Eso se hacía corriendo y una vez en el otro lado se seguía corriendo y era el turno de otro chico. Ese era el juego básico, pero las variantes eran ilimitadas y regidas por reglas que se seguían al pie de la letra; y no como ahora que nadie sigue las reglas, reglamentos, leyes, protocolos o el nombre que se les quiera dar. Es por eso por lo que la gente se contagia y se muere.

Volviendo al lingo; una de las variantes era saltar y, en medio del salto ingeniárselas para aplicar un puntapié en las posaderas del muchacho “chantado” o en cuclillas.  Se requería mucha habilidad para realizar este salto y caer al otro lado de pie. Pero se hacía.

Cada variante tenía su nombre. Ya no los recuerdo, salvo uno que era muy descriptivo. Antes de iniciar la carrera, el chico que iba a saltar anunciaba el nombre en voz alta:

¡Uno al rojo!

En esta variante ya no interesaban la carrera ni el salto. Lo importante era la patada (para lo cual algunos chicos usaban zapatos especiales) aplicada con varios kilotones de potencia que dejaban las nalgas de las víctimas hechas mazamorra y sin poder sentarse una semana.

Pues bien. Termino y, fiel a mi manía, me pregunto ¿Por qué entre los miles de recuerdos que uno va acumulando, vino éste a mi memoria en este día de perros (para mí)?

Y me pongo a pensar que tal vez sea por lo que viene ocurriendo en esta época en donde reina el caos, nada parece funcionar bien (no sólo parece) y uno quisiera tener al frente a un presidente, congresista, ministro, alcalde, banquero, empresario, comerciante o autoridad de cualquier nivel e institución, corrupto,  delincuente o sinvergüenza y darse el gusto de pedir:

!UNO AL ROJO!

En estos días he estado teniendo sueños vívidos y estrafalarios, y tal vez esta noche sueñe con el lingo.

Por si las moscas, esta noche dormiré con chimpunes.

Petronio                                                                                 8 de agosto de 2020

viernes, 30 de julio de 2021

 RENACIMIENTO

Hoy, Viernes 30 de Julio de 2021, reinicio la publicación de este blog tantas veces anunciada y otras tantas postergada. Estoy en deuda conmigo mismo, y con estas líneas pretendo empezar a saldarla.

Este artículo debió publicarse hace dos días con ocasión de la celebración de nuestro aniversario patrio y en especial del Bicentenario de la Proclamación de la Independencia del Perú. No es el caso explicar o justificar ahora el porqué no ocurrió. Lo haré más adelante.

Lo importante, lo trascendental, es que por fin ocurrió, luego de tres años de silencio y de promesas incumplidas; y tengo el firme propósito de que esta publicación se mantenga con vida hasta que Dios o el destino lo decidan.

Suscribo lo que declaré en el artículo titulado Necesaria Introducción y que recomiendo lo lean, antes de avanzar con los otros artículos que encontrarán en este blog. Resumo a continuación las razones.

Como podrán fácilmente observar, la presentación y el contenido de este blog al momento, es extremadamente simple, casi exclusivamente texto sin mayores adornos ni agregados.  La razón es igualmente simple: no demorar su publicación, que ha sido precisamente lo que ha motivado su congelamiento durante estos tres años. La intención de presentar una edición impecable en contenido multimedia ha dado por resultado su no publicación o actualización.

La decena de artículos que encontrarán en esta edición son los que hace tres años coloqué, algunos de los cuales fueron escritos tiempo atrás. Es necesario o conveniente tener esto en cuenta para entender el contexto en el que fueron escritos. La mayoría de ellos tienen fecha; de tal manera que se podrá apreciar mejor su contenido.

A partir de ahora agregaré material procedente de dos grandes fuentes. La primera corresponde al material ya escrito anteriormente. Son miles de artículos misceláneos escritos desde los años ochenta, cuando tuve acceso a mi primera computadora. Sí. No exagero, son dos o tres mil artículos que iré dosificando su publicación a partir de ahora. La segunda contendrá los artículos nuevos, a partir del primero de enero de este año 2021 y los que vendrán. Habrá de todo, como en botica, de conformidad con los acontecimientos, mis recuerdos y mi imaginación.

Pero, tan importante como eso, es que día a día iré modificando la presentación hasta convertirlo en un blog mucho más atractivo y ameno tanto en su presentación como en su contenido. Lo podrán constatar con el correr del tiempo.

Espero que aquellos que me lean, gocen de su contenido y hagan los comentarios que crean pertinentes. Son esos comentarios los que me han estimulado a seguir escribiendo en forma esporádica y aislada, en las redes sociales que frecuento. Ahora, mayormente, será en este blog, con un mayor alcance y audiencia. Gracias.

 Petronio                                                                                            30 de julio de 2021