El escritor que creó el futuro.
El pasado 2 de enero se conmemoró el primer centenario del nacimiento de
uno de los genios de la literatura de ciencia ficción, que allá por la década
de los años cincuenta encendiera la imaginación de un joven que iniciaba su
carrera profesional de ingeniero.
Al lado de otros gigantes del género como Ray Bradbury (Crónicas
Marcianas), Arthur C. Clarke (2001 Odisea del Espacio) o Robert A Heinlein
(Stranger in a Strange Land)) Asimov se adelantó a su época, con obras que han
quedado marcadas como clásicas, uniéndose así al exclusivo club de escritores de
anticipación como Julio Verne o H. G. Wells.
Los robots son ya una realidad en nuestros días. Su presencia en las
diversas actividades humanas se extiende y profundiza cada vez más en forma
indetenible generando, como toda nueva tecnología, esperanzas y temores. La amenaza
de que los humanos seamos desplazados por las máquinas es uno de las más temidas
y extendidas. Y es cierto que lo harán, porque las máquinas son cada vez más
inteligentes, más hábiles, más rápidas y, además, más económicas. Esto no es
nuevo. Ya ha ocurrido antes con la introducción de cada nueva tecnología. Los
escribas, encargados de copiar una y otra vez los manuscritos hechos en
material deleznable, desaparecieron con la aparición de la imprenta. Los
cocheros igualmente se quedaron sin chamba con la aparición del automóvil. Y en
la Inglaterra del siglo XIX los luditas destruían los telares automáticos que
les quitaban puestos de trabajo.
Los robots, ya lo dijimos, son una realidad para quedarse. Y desplazarán
a los humanos en actividades rutinarias eliminando no sólo puestos de trabajo
sino actividades completas. Pero, al mismo tiempo, generarán otras nuevas y más
enriquecedoras. Los seres humanos no debemos convertirnos en modernos luditas.
Lo que debemos hacer es adaptarnos al cambio; como siempre lo hemos hecho y hacer
que la transición sea lo menos traumática posible. Oponerse a esta realidad es
oponerse al progreso. Es detener la historia. Es algo inútil y es un absurdo.
El mundo futuro, que ya empezamos a transitar, estará gobernado por robots
y máquinas inteligentes. Qué duda cabe. Pero siempre bajo el control humano.
Esperamos que así sea. Sin embargo, una gran duda nos asalta. Las máquinas no
tienen conciencia, no tienen alma, no tienen principios, ni valores, ni ideales.
¿Verdad? ¿Estamos seguros? Bueno. Lo cierto es que ya hay varios proyectos en
marcha para dotarlas de estas cualidades, o algo parecido. Y, curiosamente, Isaac Asimov es citado
frecuentemente en revistas serias cuando se habla de estos temas.
En su novela Yo Robot y en otras de la
saga de Fundación, Fundación e Imperio y Segunda Fundación, establece
sus famosas tres Leyes de la Robótica implantadas en los cerebros positrónicos
de los robots. ¡Todo un código de ética!
1)
Un robot no puede hacer daño a un ser humano o,
por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
2)
Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los
seres humanos, excepto si estas órdenes entran en conflicto con la primera ley.
3)
Un robot debe proteger su propia existencia en la
medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o la segunda
ley.
Netflix, acaba de revelar que este año lanzará en streaming la saga Fundación.
¡Vaya! Ya era tiempo de que se le hiciera justicia a su creador. Constará de 10
capítulos; pero me atrevo a pronosticar que luego vendrán más. Al fin veremos
por TV la historia del Imperio Galáctico y a sus inolvidables personajes;
en especial al matemático Hari Seldon guiando a la humanidad a través de los
siglos.
Petronio

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