sábado, 16 de octubre de 2021

 

ÑOMEÑAMOÑEMEÑON

Era el primer día de clases del curso de Botánica. Los chicos recién empezábamos la Secundaria y cada cosa constituía para nosotros una novedad. Algunos ya teníamos cierta idea de cómo era ese nuevo nivel de instrucción por lo que escuchábamos en casa comentar a nuestros hermanos mayores; pero la mayoría no.

El bullicio y la expectativa crecían en el salón de clases cuando repentinamente se hizo el silencio. Por la puerta delantera acababa de asomar una persona de edad, alta,  pelo entrecano, con lentes e impecablemente vestido con terno azul verdoso y corbata. Los alumnos, como movidos por un resorte, nos pusimos de pie (como se puede notar, eran otros tiempos).

-          Buenos días, muchachos -dijo con una voz sonora y amigable el recién llegado. -Soy su profesor de Botánica -continuó.

-          Buenos días, profesor -respondimos todos a coro.

-          Pueden sentarse -nos dijo dirigiéndose al pupitre y sentándose en la silla.

El profesor, siempre con la cabeza erguida, recorrió con una mirada divertida a ese grupo de cuarenta muchachos que lo observaban con curiosidad y luego de esa mirada de reconocimiento, se presentó:

-          Mi nombre es Alexis Lanatta y soy su profesor del curso de Botánica durante este año.

Y, con cierto aire teatral, continuó.

       -   Pero también soy primer violín en la Orquesta Sinfónica Nacional.

Nos quedamos sorprendidos ante esa información que no la esperábamos. Y también ante ese “arroz con mango” del que nos acabábamos de enterar: Botánica y Música. ¡Y clásica, todavía!

No sería la única sorpresa de este singular profesor. Con el correr de los días nos enteraríamos de otras cosas como la de su reloj de oro Omega de 18 kilates que, además de la hora, marcaba las fases de la luna y otras cosas más.

-          Y ahora -nos dijo luego de su presentación -cada uno de ustedes me va a decir su nombre. Vamos a empezar por la fila delantera y de izquierda a derecha.

-          A ver tú -dijo, señalando al primero.

-          Yo me llamo Alberto Zamudio -dijo el primero, aclarándose la voz.

-          Yo me llamo Antonio Montealegre -prosiguió el siguiente.

Así, uno por uno y con la misma fórmula, se iban parando y diciendo su nombre los cuarenta alumnos.

Cuando ya íbamos por la mitad y la cosa se iba poniendo monótona le tocó el turno a un muchacho esmirriado con claros signos de haber sufrido de desnutrición en sus primeros años. Dijo su nombre, pero nadie le entendió. Tampoco el profesor.

-          A ver, repite tu nombre -ordenó el profesor.

El alumno repitió su nombre, pero con el mismo resultado anterior. El resto de los muchachos empezó a murmurar y a cruzar diversos comentarios divertidos. El profesor mandó guardar silencio y poniéndose de pie se dirigió al asustado muchacho que no podía pronunciar bien su nombre.

-          Repite tu nombre lentamente y en voz alta –le dijo, poniéndose la mano en la oreja para escucharlo mejor.

Y el muchacho, más asustado que nunca, pronunció con voz gangosa su nombre y el profesor, quien sí lo había entendido esta vez, nos sorprendió a todos remedándolo:

-          Ñomeñamoñemeñón.

-          ¡Habla bien! hijo -lo conminó, retornando a su pupitre.

Todos soltamos una sonora carcajada -mirando al profesor y luego al susodicho que se moría de vergüenza.

Lo que nuestro compañero había estado diciendo infructuosamente todo el tiempo era:

-          Yo me llamo Jefferson -pero un problema de sus órganos vocales le impedía pronunciar bien.

Y el muchacho se quedó para siempre con ese apelativo puesto por el profesor y celebrado por el resto de la clase. Al año siguiente no se matriculó con nosotros y no lo volvimos a ver.

Con el correr de los años, para los que seguimos reuniéndonos ya de adultos, esa no fue sino una de las tantas anécdotas divertidas que repetíamos una y otra vez sin darnos cuenta de lo que, en algunos casos como este, podrían haber significado para el agraviado.

Poner “chapas” en esos tiempos era moneda corriente entre los muchachos; pero en algunos casos esos apodos podrían ser hirientes y sumamente mortificantes. En esos tiempos, el importado término bullying no había arribado a estas costas, aun cuando su equivalente criollo se practicaba a diestra y siniestra.  

De vez en cuando acuden a mi memoria recuerdos de esas épocas y suelo preguntarme ¿Qué habrá sido de la vida del amigo… Jefferson?  ¿Habrá podido superar su problema fonético y el trauma que tal vez le causara el hecho de que sus compañeros de clase no lo conocieran por su verdadero nombre sino como Ñomeñamoñemeñon?

Dondequiera que te encuentres, amigo Jefferson, perdóname.  

Petronio                                                                                     22 de marzo de 2020

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