MI AMIGO JUAN
O
SETENTA AÑOS DESPUÉS
Fulano
de Tal se conmocionó al recibir un mensaje por el WhatsApp. No lo podía creer. Después
de una eternidad Juan García, su mejor amigo de la infancia, daba señales de
vida. El mensaje era escueto y sólo daba cuenta de su llegada al aeropuerto al
día siguiente, los datos del vuelo y la hora de arribo. Llegaba con cuatro
maletas y le solicitaba encarecidamente que por favor lo fuera a recibir. Ya le
contaría luego los detalles de su viaje, su largo periplo por el extranjero y
las razones de su retorno.
Y
mientras Fulano de Tal se apresuraba a responder confirmándole su ayuda, un
cúmulo de atropellados recuerdos acudían a su mente, y miles de preguntas
también.
¿Cómo
había conseguido contactarlo? ¿Dónde había estado estos largos años? ¿Por qué
motivo regresaba? ¿Cómo es que nunca pudieron reencontrarse? ¿Qué aspecto
tendría ahora luego del tiempo transcurrido? ¿Cómo lo reconocería? Y muchas
otras más.
Allá
por los años cuarenta, tres amigos compartían una amistad que parecía sólida y perdurable;
uno de ellos era él, Fulano de Tal, otro era Juan García y del tercero sólo
recordaba su apelativo, Chelo. Compañeros de juego y de correrías en un barrio
periférico de Breña, Juan fue el que lo cargó en hombros un día en que el niño
Fulano de Tal retornó de una malhadada estancia en una institución que se
suponía ser el Paraíso. No lo fue y por eso, cuando la pandilla del barrio lo
levantó en hombros vitoreando ¡Fulano ha
vuelto! ¡Fulano ha vuelto!, sintió una alegría indescriptible que le duraría
toda la vida.
Su
amigo Juan era la persona más sencilla del mundo y su educación era más de la
calle que de la escuela o de su casa. No le preocupaba en absoluto hablar bien.
Decía las cosas como las escuchaba y entendía. Canillita durante sus vacaciones
no decía periódicos sino “perióricos”. Al Ratón Aerodinámico o Super Ratón lo
llamaba “El Ratón Adromónico” y al marciano protagonista de una película futurista
de la época lo llamaba “Marte invade la Tierra”, título de la película. A
Batman lo llamaba El Hombre Murciégalo y las estatuas eran estuatas. Nunca se hizo
problemas con el lenguaje.
Un
espacioso solar con piso de tierra y paredes de adobe fue el ambiente donde
Fulano de Tal y sus amigos pasaron los días más felices de sus vidas; aunque
eso lo sabría muchos años más tarde. Y también el escenario en el que, de
cuando en cuando, dos vecinas se decían vela verde sabe Dios por qué razones. Y
el lugar en donde Fulano de Tal casi se queda tuerto por una piedra lanzada con
una honda o resortera que le rompió el pómulo izquierdo con mucha sangre de por
medio. O la estampa, que se quedó grabada en su memoria, de una anciana
acompañada siempre de una perrita igual de vieja, que arrastraba los pies todos
los días para salir a buscarse el sustento. Juan la llamaba “la viejita ’e
Pela”. Ironías de la vida; se sabía el nombre de la perra Perla; pero no el de
la anciana. Alguien contó alguna vez que en su juventud fue una mujer muy agraciada
y que fue la amante de un presidente de la república. Vaya usted a saber.
Todo
iba sobre ruedas para las familias del solar y en especial para los tres
amigos, hasta que un día recibieron una notificación para que desocuparan sus
viviendas. Se había vendido la propiedad y en su lugar se construiría un moderno
condominio con casitas de cemento y ladrillo. El plazo para desocupar las
viviendas era perentorio. Apresuradamente, cada familia buscó donde reubicarse
y fue mudándose una a una. Los amigos inseparables se vieron por última vez a
fines de los 40s. Se separaron sin dejar rastro, hasta esa mañana en que Fulano
de Tal recibió el mensaje de su amigo Juan, ¡setenta años después!
¿Cómo
sería el reencuentro? ¿Emotivo? Fulano de Tal pensó que tal vez no. Al cabo de
tanto tiempo los íntimos amigos de la infancia serían unos adultos mayores desconocidos,
sin mayor vínculo que unos dispersos y lejanos recuerdos compartidos.
¿Se
reconocerían? Fulano de Tal era consciente de cuanto había cambiado él, por las
fotografías que conservaba en un enmohecido álbum familiar. ¿Pero Juan?
Seguramente no lo reconocería a primera vista y el único indicio que tenía para
identificarlo era que vendría con cuatro maletas: una de cuero naranja, otra de
color beige, otra de tela con colores típicos y un carryall plomo. No podría
equivocarse.
¿Qué
se dirían? ¿Cuáles serían las primeras palabras que intercambiarían? No lo
podía imaginar.
Un Hola ¿Cómo estás? le parecía demasiado prosaico.
Un Hola, ¿Qué me cuentas del Ratón Adromónico? podría
tal vez romper el hielo acumulado en tantos años de silencio. Pero ¿se
acordaría él?
Y, fue
entonces cuando una frase muy antigua, pero nunca olvidada, se abrió paso hasta
llegar a los labios de Fulano de Tal.
¡Juan ha vuelto! ¡Juan ha
vuelto!
Aunque
ahora ya no estaría la pandilla para vitorearlo y Fulano ya no estaba en
condiciones para alzarlo en hombros.
Petronio 16
de mayo de 2018