Acaba de terminar oficialmente el verano, pero por estas latitudes el calor no cesa, lo que nos obliga a dormir sin ropa de cama e incluso, a veces, sin ropa alguna. Lo que tampoco cesa al parecer es la presencia de hormigas que, dibujando sinuosas líneas por las paredes, ejercitan su diaria labor de procurarse alimento y de paso, de fastidiarnos la vida. Las hormigas van y vienen a lo largo de esas líneas tropezándose a menudo y dando la impresión de no saber adonde van, en un aparente desorden que uno pronto descubre que no lo es, cuando en un vano intento por desorientarlas se pasa la mano por la pared y arroja al piso a decenas de ellas deshaciendo la línea. Por un momento la pared queda libre, pero al poco tiempo se reconstruye con nuevas hormigas ¡por el mismo camino que la fila original! Las feromonas hacen bien su papel.
Las hormigas gozan la merecida fama de ser unos animalitos inteligentes; pero aún así no deja de sorprenderme la siguiente experiencia personal ocurrida hace algunos años.
Fue un
verano de mucho calor en Lima y en particular por esta zona de El Sol de
También, hace algunos días, se ha celebrado en todo el mundo el cumpleaños número ochenta de Gabriel García Márquez, Gabo. Quien haya leído su obra cumbre Cien años de Soledad, recordará que la mítica Macondo, ciudad signada por la inacabable estirpe de los Buendía, sucumbe al final víctima de la canícula, de sus innumerables pecados y de las hormigas coloradas.
Esta visión apocalíptica de una ciudad carcomida por las hormigas me trajo a la memoria otra de una novela de ficción menos conocida pero igualmente sugerente y cautivante escrita por Clifford Simak allá por los años 50 y titulada simplemente Ciudad. Título anodino que no presagia nada interesante ni despierta la menor curiosidad, salvo cuando por casualidad uno logra leer la contratapa en donde se nos informa que se trata de un libro ¡escrito por perros, para perros y sobre perros!
El
libro está compuesto de un conjunto de mitos que hablan de personajes y lugares
de leyenda. Historias que han sido
contadas una y otra vez durante generaciones por los adultos a los cachorros reunidos
alrededor del fuego antes de dormir. Los seres humanos, a los que los perros se
refieren simplemente como websters, son personajes inexistentes que alguna vez
poblaron
Cual moderna Mil y una Noches, la novela va desplegando a lo largo de sus páginas una amplia colección de prodigios: los viajes espaciales, los robots, los mutantes, los mundos paralelos, las otras dimensiones, la teleportación, el mundo de los duendes (tan caro a los perros), el metafórico mundo de las drogas y los paraísos artificiales, y el misterioso e incomprensible mundo de las hormigas. En una época remota, un mutante humano les da a las hormigas el estímulo necesario para que su sociedad casi perfecta, pero excesivamente rígida, pueda romper el ciclo estacional que les ha impuesto la naturaleza impidiendo su desarrollo; y luego, las abandona a su suerte. A medida que la presencia del hombre se va reduciendo, seducido por la tecnología, el hedonismo y el afán de poder; los perros van creando su propia sociedad por un camino alterno al de sus antiguos amos mientras que las hormigas van construyendo misteriosas edificaciones entrecruzadas de túneles que van cubriendo poco a poco toda la superficie del planeta y desalojando de paso a sus antiguos moradores, entre ellos los perros y los hombres. Estos van cediendo al avance de las hormigas, casi voluntaria y resignadamente; pues saben que de otro modo volvería a repetirse el eterno ciclo de luchas que ha signado la historia de los hombres. El principio de No Matarás debe extenderse a toda especie viviente.
En el
postrer relato Jenkins, el robot, recibe las instrucciones con el deseo expreso
del último de los Websters para destruir el mecanismo que eventualmente podría
abrir la ciudad abovedada de Ginebra, en donde los últimos humanos que no han seguido
el camino de la evasión se han recluido y duermen en estado de hibernación el
sueño eterno. El mensaje es sutil; pero
claro, la especie humana no debe interferir con la canina, para que ésta tenga
su oportunidad.
Hay un cierto paralelismo o trasfondo que creo no es casual entre estas dos novelas que a simple vista son tan diferentes por su origen, contenido y ambientación. Ambas tratan, al fin y al cabo, sobre el problema del hombre y su destino, a través de los avatares de dos familias emblemáticas que se prolongan en el tiempo: los Buendía y los Webster. La primera hunde sus raíces en el pasado y la segunda se proyecta hacia el futuro, aunque ese futuro no sea ya humano sino perruno. Pero en ambos casos, son las hormigas las que tienen la última palabra. ¿Visión pesimista del hombre y su futuro?
En los
no tan lejanos días de la guerra fría, la amenaza de una hecatombe nuclear se
cernió sobre la humanidad generando, entre otras cosas, una literatura
apocalíptica casi asfixiante que se extendió al cine y la televisión. Y fue en la ceremonia inaugural de
Se dice que un meteorito, hace 50 millones de años, acabó con el reinado indiscutible de los dinosaurios, dando la oportunidad a que una clase nada peculiar, la de los mamíferos, pudiera desarrollar y cambiar el curso de la historia. Cualquier factor, cataclísmico o no, fuera del control humano, puede volver a repetir la historia y dar la oportunidad a las hormigas, a las cucarachas o a cualquier otra especie sin mayor relevancia hoy en día, incluidos los perros.
Nuestras vidas son largas en términos humanos y las medimos en decenas de años, pero de vez en cuando resulta provechoso hacer un esfuerzo de imaginación y contemplar el universo del que formamos parte, desde una perspectiva mayor. Somos seres frágiles y contingentes, pero con una asombrosa capacidad para concebir la totalidad (¿) de este vasto universo y su evolución, que se mide en miles de millones de años. Por esos azares del destino y sólo por algunos instantes, el ocio, la memoria y el capricho de un humano, ha hecho converger forzadamente la imaginación de dos de sus mejores representantes literarios en torno a unos incómodos bichos de seis patas, uno de los cuales se asoma por la esquina de la mesa en donde se escriben estas líneas.
Petronio 29 de marzo de 2007