martes, 2 de noviembre de 2021

 

LA CIUDAD Y LAS HORMIGAS

Acaba de terminar oficialmente el verano, pero por estas latitudes el calor no cesa, lo que nos obliga a dormir sin ropa de cama e incluso, a veces, sin ropa alguna.  Lo que tampoco cesa al parecer es la presencia de hormigas que, dibujando sinuosas líneas por las paredes, ejercitan su diaria labor de procurarse alimento y de paso, de fastidiarnos la vida.  Las hormigas van y vienen a lo largo de esas líneas tropezándose a menudo y dando la impresión de no saber adonde van, en un aparente desorden que uno pronto descubre que no lo es, cuando en un vano intento por desorientarlas se pasa la mano por la pared y arroja al piso a decenas de ellas deshaciendo la línea.  Por un momento la pared queda libre, pero al poco tiempo se reconstruye con nuevas hormigas ¡por el mismo camino que la fila original!  Las feromonas hacen bien su papel.

Las hormigas gozan la merecida fama de ser unos animalitos inteligentes; pero aún así no deja de sorprenderme la siguiente experiencia personal ocurrida hace algunos años.

Fue un verano de mucho calor en Lima y en particular por esta zona de El Sol de la Molina.  Surgida sobre un inmenso arenal y conservando aún ciertas características rurales,  la zona resulta propicia para la proliferación de algunos insectos como las hormigas, las que en épocas calurosas invaden las viviendas, empezando por la cocina y el comedor y terminando incluso por los dormitorios. Un día, en un arranque de desesperación por librarnos de su incómoda presencia, limpiamos escrupulosamente la casa y aplicamos los productos del caso por los posibles puntos de acceso.  Para mayor precaución utilizamos dos mata-hormigas, uno en polvo y otro líquido, esparciéndolos por el piso de la cocina, por debajo de la mesa del comedor y por las patas de sillas y mesa.  Convencidos de que esta vez le habíamos ganado la partida, dejamos confiados una bolsa de pan sobre la mesa.  Al cabo de poco tiempo vimos con sorpresa que algunos de estos bichos se paseaban impunemente alrededor del pan.  Revisión escrupulosa, doble ración de insecticida y vuelta a limpiar.  Al cabo de un tiempo, el mismo resultado.  Heridos en nuestro amor propio, decidimos investigar sistemáticamente el asunto y averiguar por donde se infiltraban las porfiadas hormigas.  Habiendo descartado la ruta del piso, alzamos los ojos hacia el techo y logramos distinguir una imperceptible huella que saliendo de una alejada caja de distribución de luz subía por la pared, enderezaba por el techo y terminaba justo encima de la mesa. ¡El enemigo había utilizado lo último en tecnología militar: su cuerpo de élite de paracaidistas!

También, hace algunos días, se ha celebrado en todo el mundo el cumpleaños número ochenta de Gabriel García Márquez, Gabo.  Quien haya leído su obra cumbre Cien años de Soledad, recordará que la mítica Macondo, ciudad signada por la inacabable estirpe de los Buendía, sucumbe al final víctima de la canícula, de sus innumerables pecados y de las hormigas coloradas.

Esta visión apocalíptica de una ciudad carcomida por las hormigas   me trajo a la memoria otra de una novela de ficción menos conocida pero igualmente sugerente y cautivante escrita por Clifford Simak allá por los años 50 y titulada simplemente Ciudad.  Título anodino que no presagia nada interesante ni despierta la menor curiosidad, salvo cuando por casualidad uno logra leer la contratapa en donde se nos informa que se trata de un libro ¡escrito por perros, para perros y sobre perros!

El libro está compuesto de un conjunto de mitos que hablan de personajes y lugares de leyenda.  Historias que han sido contadas una y otra vez durante generaciones por los adultos a los cachorros reunidos alrededor del fuego antes de dormir. Los seres humanos, a los que los perros se refieren simplemente como websters, son personajes inexistentes que alguna vez poblaron La Tierra en asentamientos llamados ciudades.  Cada historia, comentada y discutida por sesudos analistas caninos, es independiente una de otra y se desarrolla a lo largo de siglos en un remoto pasado del cual no se tiene referencias ciertas; sin embargo hay, si se quiere, un hilo conductor a lo largo de los relatos: un robot al parecer inmortal llamado Jenkins y algunos humanos ligados a la familia Webster.  En conjunto, el libro describe algunos eslabones en la larga Caída del Hombre, según la tradición perruna, y la extinción de algo que los perros no pueden concebir ni entender: la ciudad. 

Cual moderna Mil y una Noches, la novela va desplegando a lo largo de sus páginas una amplia colección de prodigios: los viajes espaciales, los robots, los mutantes, los mundos paralelos, las otras dimensiones, la teleportación,  el mundo de los duendes (tan caro a los perros), el metafórico mundo de las drogas y los paraísos artificiales, y el misterioso e incomprensible mundo de las hormigas.  En una época remota, un mutante humano les da a las hormigas el estímulo necesario para que su sociedad casi perfecta, pero excesivamente rígida, pueda romper el ciclo estacional que les ha impuesto la naturaleza impidiendo su desarrollo; y luego, las abandona a su suerte.  A medida que la presencia del hombre se va reduciendo, seducido por la tecnología, el hedonismo y el afán de poder; los perros van creando su propia sociedad por un camino alterno al de sus antiguos amos mientras que las hormigas van construyendo misteriosas edificaciones entrecruzadas de túneles que van cubriendo poco a poco toda la superficie del planeta y desalojando de paso a sus antiguos moradores, entre ellos los perros y los hombres.  Estos van cediendo al avance de las hormigas, casi voluntaria y resignadamente; pues saben que de otro modo volvería a repetirse el eterno ciclo de luchas que ha signado la historia de los hombres. El principio de No Matarás debe extenderse a toda especie viviente.

En el postrer relato Jenkins, el robot, recibe las instrucciones con el deseo expreso del último de los Websters para destruir el mecanismo que eventualmente podría abrir la ciudad abovedada de Ginebra, en donde los últimos humanos que no han seguido el camino de la evasión se han recluido y duermen en estado de hibernación el sueño eterno.  El mensaje es sutil; pero claro, la especie humana no debe interferir con la canina, para que ésta tenga su oportunidad.  La Tierra original en donde reposan los últimos vestigios de la especie humana está sellada para siempre y las misteriosas e incomprensibles hormigas reinan sin limitaciones sobre ella. Los perros, trasladados a las Tierras paralelas empoderados de una filosofía ajena a la humana han emprendido su propio camino, libres de la influencia que por milenios ejerció el hombre sobre ellos, y libres incluso de su propio recuerdo. Nada debe interferir en su camino y por eso tanto el hombre como sus ciudades deben quedar reducidos a leyendas.

Hay un cierto paralelismo o trasfondo que creo no es casual entre estas dos novelas que a simple vista son tan diferentes por su origen, contenido y ambientación.  Ambas tratan, al fin y al cabo, sobre el problema del hombre y su destino, a través de los avatares de dos familias emblemáticas que se prolongan en el tiempo: los Buendía y los Webster.  La primera hunde sus raíces en el pasado y la segunda se proyecta hacia el futuro, aunque ese futuro no sea ya humano sino perruno. Pero en ambos casos, son las hormigas las que tienen la última palabra.  ¿Visión pesimista del hombre y su futuro? 

En los no tan lejanos días de la guerra fría, la amenaza de una hecatombe nuclear se cernió sobre la humanidad generando, entre otras cosas, una literatura apocalíptica casi asfixiante que se extendió al cine y la televisión.  Y fue en la ceremonia inaugural de la Conferencia Mundial de Ixtapa en 1986 que el consagrado Gabriel García Márquez pronunciara esa pieza oratoria magistral titulada El Cataclismo de Damocles, ante los máximos gobernantes del mundo,   Decía Gabo, que si por desgracia se producía el holocausto nuclear, una de las pocas especies sobrevivientes sería probablemente la de las cucarachas.  Me atrevo a pensar que en su mente también estaban presentes las hormigas.

Se dice que un meteorito, hace 50 millones de años, acabó con el reinado indiscutible de los dinosaurios, dando la oportunidad a que una clase nada peculiar, la de los mamíferos, pudiera desarrollar y cambiar el curso de la historia.  Cualquier factor, cataclísmico o no, fuera del control humano, puede volver a repetir la historia y dar la oportunidad a las hormigas, a las cucarachas o a cualquier otra especie sin mayor relevancia hoy en día, incluidos los perros. 

Nuestras vidas son largas en términos humanos y las medimos en decenas de años, pero de vez en cuando resulta provechoso hacer un esfuerzo de imaginación y contemplar el universo del que formamos parte, desde una perspectiva mayor.   Somos seres frágiles y contingentes, pero con una asombrosa capacidad para concebir la totalidad (¿) de este vasto universo y su evolución, que se mide en miles de millones de años.  Por esos azares del destino y sólo por algunos instantes, el ocio, la memoria y el capricho de un humano, ha hecho converger forzadamente la imaginación de dos de sus mejores representantes literarios en torno a unos incómodos bichos de seis patas, uno de los cuales se asoma por la esquina de la mesa en donde se escriben estas líneas.

 

Petronio                                                            29 de marzo de 2007